El regalo de Lovecraft

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

el regalo de lovecraft

Mientras me encontraba realizando un viaje de placer por el Rin le encargué a Alfred, mi mayordomo, que revisara mi correspondencia con el propósito de que no se retrasaran mis asuntos, sobre todo los relacionados con “Voluptuosidad es la palabra”; no obstante creo que haberle confiado tanta responsabilidad fue un error, como verá el lector al enterarse de los aterradores hechos que narramos a continuación:

Llegué de Europa al atardecer, en pleno verano; como de costumbre nadie atendió a la puerta y tuve que usar mi llavín. Una vez en mi estudio me serví un vaso de whisky y me puse a revisar la correspondencia.

Parecía ser lo habitual: propuestas de matrimonio de algunas casas reales europeas, ruegos desesperados por parte de los principales sellos editoriales del mundo para que los dejara publicar mis relatos y poemas, solicitudes de entrevistas de periódicos, revistas y programas televisivos; en fin, lo de siempre.

En eso lo vi: ¡Dios mío! Era el colmo de la mala suerte: en un rincón había un paquete vacío que todavía mostraba su envoltura de papel marrón en la que podía leerse:

“Remitente: H. P. Lovecraft. 598 Angell St. Providence, Rhode Island”.

¡Alfred había abierto un paquete de Lovecraft! ¡Demonios! Lo llamé en el acto.

—Alfred —le dije una vez que estuvo frente a mí—. ¿Qué venía en este paquete?

—Señor, el paquete contenía una semilla llena de pinchos y una carta de mister Lovecraft en la que recomendaba sembrarla y regarla con agua abundante, y como usted me dio instrucciones para que me hiciera cargo de sus asuntos la enterré en el área norte del jardín, junto a Stonehenge.

—Muéstrame esa carta.

Alfred recuperó el documento, que se encontraba entre la pila de cartas, y procedí a leerla:

“Mi querido Algol Ordak Von Ero, hermano en el Signo Amarillo, Guardián de la Llave de la Perrera de Tíndalos, Comendador de la Orden de los Jinetes de los Pájaros Shantak, Imperial Consejero de…”

Y bla, bla, bla. Lovecraft se había pulido en su fantástico y ceremonioso saludo; pero en seguida iba al grano:

“Repasando las páginas del Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred, decidí abrir un portal para dar un paseo por las costas de Hali donde encontré un árbol muy curioso lleno de semillas erizadas de pinchos, así que tomé varias y de regreso a Providence sembré una en el jardín de mi tía con asombrosos resultados.

Como sé que te gusta estudiar estas cosas te envío una semilla. Si lo que buscas es una experiencia aterradora puedes sembrarla y regarla con mucha agua. Ja, ja, ja.

En este momento voy de salida, luego te platico con más detalles el resultado de mis experimentos.”

El resto era una barroca despedida, muy al estilo de Lovecraft.

—¡Alfred! ¡Aquí dice claramente que sólo el que busque una experiencia aterradora debía sembrar esa semilla!

—Al señor le gusta el terror —respondió Alfred, flemático.

Uf, decidí salir a investigar, armado con un hacha. Años atrás y con el permiso de la reina decidí trasladar a mi jardín el monumento de Stonehenge para evitar que los turistas lo desgastaran y dejé en su lugar una réplica. Y ahí estaba, junto a mi monumento megalítico: un árbol que emanaba un aura siniestra de alienación y espanto.

El árbol percibió mis intenciones y sus ramas se agitaron con furia en dirección mía. Afortunadamente no me había acercado bastante y esa blasfema entidad, que provenía de más allá de las estrellas, no pudo alcanzarme con sus ramas impías.

De pronto el árbol se sacudió y una solitaria hoja comenzó a caer, suavemente. Una vez en el suelo eso sacó unas largas patas retráctiles armadas de púas, como las extremidades de una cucaracha, y me mostró sus fauces infectas mientras emitía un agudo chillido, semejante a la música demencial que los demonios entonan con sus flautas en torno a Azathoth, el dios ciego y estúpido que babea en el centro del vacío final.

Arrojé mi hacha y partí al bicho-hoja, que en el acto se convirtió en una pulpa de légamo verdoso; entonces el árbol volvió a sacudirse y un montón de bichos-hoja sacaron sus patas y comenzaron a acercarse, amenazantes.

Decidí emprender la graciosa huida, cerré dando un portazo tras de mí mientras gritaba:

—¡Alfred! ¡Rápido! ¡Pásame mis escopetas!

Subí al tercer piso y abrí uno de los balcones: los bichos-hoja se acercaban a la mansión por millares. Alfred me acercó algunas escopetas, entre ellas la que me había regalado Allan Quatermain y otra que me obsequió Juan Carlos I de España, muy enojado porque el chisme le había costado un escándalo por el asunto del elefante.

Comencé a disparar: los bichos-hoja estallaban, dejando una mancha gelatinosa en el jardín. Alfred volvía a cargar las armas, una y otra vez; pero después de un rato Alfred se fastidió y dijo:

—Quizá el señor debería volver a intentar con los video juegos. Hace unos días llegó Age of Conan, para sustituir el que rompieron sus amigotes.

Continué disparando, pero los bichos-hoja eran demasiados, así que cerré el ventanal y en el acto los malditos engendros cubrieron el vidrio, como ya habían hecho con todas las ventanas de la Mansión Vázquez.

—¡Diablos! —exclamé— ¿Cómo no se me había ocurrido? Tengo que preguntarle a Lovecraft cómo detener este horror cósmico.

Tomé el teléfono y marqué el número de H.P.L. Me contestó su tía Annie E. Phillips Gamwell.

—¡Señor Vázquez! ¡Qué gusto saludarlo! ¿Cuándo nos visita? Tengo una nueva receta de pay de manzana que sin lugar a dudas le encantará.

—Señorita Phillips…

—¡Lillian! ¡Apresúrate! ¡Tengo a Elko Vázquez en la línea! ¡Corre para que lo saludes! Uf, está en la planta alta y ya ve cómo se mueve con lentitud mi hermana.

Luego de saludar a Lillian, quien pasó revista a todos sus achaques, la tía Annie volvió a tomar el teléfono y dijo:

—Querido, ¿buscaba a Howard? Lamentablemente partió para Nueva York en compañía de Sonia.

—¿Tendrá el número telefónico de Sonia? Howard me envío una semilla de un árbol que está dando algunos problemas y quería consultarlo para…

—¡Ya le dije a Howard que deje de estar enviando a sus amigos esas semillas! Sabe que son unas plantas muy perniciosas y ensucian la casa con hojas. Lamentablemente Sonia tiene el teléfono suspendido; pero no se preocupe, señor Vázquez, con los primeros fríos esa maleza se secará por sí sola. Le recomiendo que recoja las semillas y las eche al fuego para que no vuelvan a brotar.

Agradecí a la señorita Phillips sus atenciones y colgué el teléfono.

—Alfred, me informa la señorita Phillips que tendremos que esperar hasta el invierno para que el árbol se seque: a la primera oportunidad suspenda todos mis compromisos sociales.

—Con mucho gusto, señor. ¿Desea que le traiga un puro y su coñac?

Alfred sí que sabe cómo tenerlo a uno contento.

—Excelente idea, Alfred. Trae una copa y un puro adicionales para que me acompañes.

—Como disponga el señor —dijo Alfred y se alejó en dirección a la cava.

 

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