La decima musa

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

la decima musa

I

Despertó, en medio de sus súbditos muertos, como hacen las avispas reina. Ella era toda de nieve, blancura sin mancha con tenues giros de rocío.

Abrió los ojos entre los raídos cortinajes de su lecho y desde las sombras rojas de su pelo gritaron mitológicos amantes.

Al principio todo era confusión: paseaba la mirada por los vacíos galerones de su ruinoso castillo feudal, por los huesos de guerreros enfundados en armaduras llenas de orín y telarañas.

Se sentía extraviada pues habían pasado los siglos, y escuchaba desplazarse carruajes de fantasmas que le recordaban festines, requiebros de amor, combates lejanos.

Se levantó con lentitud, como si no reconociera sus propios miembros arropados de grises y crujientes harapos que se deshacían al movimiento más ligero.

Sólo resonancias, y una cascada de imágenes desordenadas que se empujaban las unas a las otras.

Sólo humedad: en algunas áreas del espacioso salón se filtraba el agua junto con sonidos irreconocibles. Entonces las imágenes se fueron aclarando y una sonrisa iluminó su rostro: ¡cuántas emociones la aguardaban!

Luego se preguntó si el mundo no se había convertido en un páramo desértico sembrado de ruinas y despojos de innombrables batallas, pero sólo fue una idea breve, un relámpago escarlata que fue a desvanecerse sobre los restos de su corte pretérita.

Recorrió un entramado de galerías y pasillos hasta llegar a una puerta de roble que terminó cediendo a la presión de sus manos en medio de una serenata de estridencias y una lluvia de polvo, esquirlas y lodo.

Y por primera vez en mucho tiempo, después de sueños incontables en abismos de oscuridad, percibió el reflejo de un sol moribundo que podía adivinarse a través de las nubes de la tormenta.

 

II

Las notas escaparon del violín y fueron a enredarse, voluptuosas, entre los festones que adornaban las paredes y el techo del palacio.

El clavicordio habló con el lenguaje de las hadas, dejando su huella de gélido cristal. Mientras… las damas paseaban con languidez.

Phillipe Dubiar, vigesimosexto marqués de la casa de Laffir, sabía que en su recepción se encontraba lo más distinguido de toda la sociedad europea.

El motivo de la reunión era que al día siguiente su protegido, el maestro Giovanni Gozzi, intentaría sobrevolar los Cárpatos con una máquina basada en los diseños de Leonardo da Vinci: la aventura y el marco del exótico paisaje se habían vuelto irresistibles para la aristocracia, los diletantes, la comunidad artística e intelectual.

Mientras tanto el marqués, que se las daba de poeta sin pasar de filósofo, charlaba sobre sus obsesiones particulares:

—Estoy convencido de que existen verdades inmutables en el signo grosero de la idolatría —señaló con un dedo didáctico, no exento de petulancia—. Bajo el concepto de las musas yace la clave de la belleza, pero falta un arquetipo: la décima musa, la quinta esencia del arte.

—¿No será el amor? —propuso una dama rubia con expresión soñadora.

—El amor —respondió el marqués— se sobreentiende en todos y en cada uno de los arquetipos conocidos (las musas). Incluso el odio no puede existir si antes no hubo amor.

—¿Y el miedo? ¿No puede el miedo engendrar al odio?

—El miedo amenaza lo que amamos; ergo, el amor sigue inmiscuido —remató el marqués con una sonrisa de sabihondo victorioso.

—Su excelencia —dijo un italiano con fama de alquimista—, creo que nos alejamos del tema. Usted busca una llave para adueñarse de la eterna belleza.

—Quiero crear un arte irresistible —contestó el marqués—, deliciosamente perverso para que los ángeles caigan seducidos, postrados a los pies del artista.

—¡Oh! —murmuraron las damas fingiendo escandalizarse.

Envalentonado al saberse objeto de toda la atención continuó con ese tema que, como ya hemos dicho, lo obsesionaba, al punto de que corría el peligro de aburrir a sus invitados, quienes le disculpaban esa manía pues fuera de ella el marqués era encantador y siempre sorprendía a sus amigos cuidando que en sus fiestas no faltasen personajes célebres como Voltaire, Casanova y otros:

—Repasemos el significado de los nueve arquetipos que ya conocemos: Calíope, quien preside la poesía épica representa el valor, pues todo artista debe tenerlo si desea luchar con el Ángel Universal para arrancarle sus secretos; Clío, musa de la historia, nos habla de la memoria; Polimnia, quien rige la pantomima, sugiere el silencio y la imitación; Euterpe, la música licenciosa de la flauta; Terpsícore, el dulce abandono de la danza; Erato, ama y señora de la lírica coral podría interpretarse como la capacidad del poeta para armonizar voces e imágenes que de otra manera se desbandarían, cada una por su lado; Melpómene, la tragedia, que no requiere mayor explicación; Talía, la comedia, el buen humor y la alegría de vivir; y por último Urania, que protege la astronomía, representando las relaciones celestes del poeta.

—Marqués —dijo el alquimista—, las vías simples son la única manera de llegar a la Verdad.

—Sabio consejo, pero dejemos de mortificar a las damas con esta plática enmarañada —contestó el marqués para luego volverse a uno de sus criados—. Llama a los músicos…

 

III

A pesar de que se encontraba desnuda no le importaba la lluvia ni el viento helado. Ella espiaba a través de una ventana el palacio que había alquilado Phillipe Dubiar, vigesimosexto marqués de la casa de Laffir.

En el rostro de la mujer, transfigurado por una dicha infantil, podía leerse un asombro infinito, un deseo sin nombre.

Ella comenzó a prestar atención a las voces y poco a poco éstas fueron adquiriendo sentido. Había conocido esa lengua, tal vez en un sueño, en una corte o en una tierra distante.

¡Cómo le gustaban los trajes! ¡Las joyas de las damas! La risa, y ese aire, mezcla de inocencia y de pecado.

Y supo que debía lucir como aquellas mujeres que bailaban con hermosos caballeros, casi femeninos, por lo que rodeó subrepticiamente el edificio hasta encontrar una puerta pequeña que, al parecer, llevaba muchos años sin utilizarse, y luego de forzar la cerradura entró al palacio.

 

IV

El marqués se había retirado a un rincón cansado de bailar, pero contemplaba el espectáculo que ofrecían sus invitados mientras se dejaba acariciar voluptuosamente por la música. Luego sacó su cajita dorada de rapé, donde estaba grabado su escudo de armas, y tomó una pizca del excelente tabaco al que se había vuelto tan afecto desde su primera juventud.

Al volver de nuevo la mirada hacia los bailarines descubrió a una mujer a la que no recordaba entre sus invitados, aunque por otra parte eran tantos que fácilmente podía pasar por alto a más de uno.

—Pero no —se corrigió a sí mismo. La beldad que danzaba con Auguste Salligny, barón de Arville, no podía haberle pasado desapercibida. En sus ojos grises adivinaba un universo que tal vez llegaría a saciarlo de esa hambre de belleza y exóticos pecados.

Al terminar la pieza el marqués se hizo presentar a la dama, quien dijo llamarse Elena.

Estuvieron charlando y por el acento de ella, además de su pésimo francés extrañamente arcaico, el aristócrata pensó que era natural del país, pero no quiso indagar mucho por miedo a cometer una descortesía y ahuyentar al objeto de su profundo embeleso.

Repentinamente ella miró un cuadro con una escena romana, donde podía apreciarse el templo de Vesta y a sus sacerdotisas, hábilmente plasmadas por el pintor.

La mujer miró estupefacta el templo circular de la diosa y sin previo aviso echó a correr, abrió la puerta y desapareció bajo la lluvia, pese a las súplicas del marqués.

Elena continuó con su huida hasta llegar al ruinoso castillo que le había servido de morada durante tanto tiempo. Atravesó salones derruidos, muchos de los cuales se habían quedado sin techo y en cuyo suelo crecía la hierba. Subió por una desgastada escalinata y en lo alto de las almenas se derrumbó.

Mares y mares de angustia fueron emergiendo de sus más recónditas memorias: Elena rompió en llanto…

 

V

—El fuego no debe apagarse jamás, pues de lo contrario grandes males azotarán al imperio —le había dicho el gran pontífice cuando ella apenas tenía seis años.

El gran pontífice la había escogido, como se hacía con todas las sacerdotisas de la diosa virgen, porque carecía de defectos físicos y en su linaje no se contaba ningún esclavo.

Con gran devoción Elena cuidaba el fuego, llevaba las ofrendas al altar de Vesta y se unía, cada mañana, a los ritos de purificación.

Era una vida dulce, de grandes privilegios, aunque a veces, algunas tardes impregnadas con la fragancia de las flores, la invadía una tristeza abstracta: las vestales más viejas decían que era el precio de su virginidad sagrada, y que una vez transcurridos treinta años de servicio se podía regresar al mundo y tomar esposo, aunque casi ninguna de las sacerdotisas utilizaba esa facultad.

Elena se repetía constantemente que estaba dispuesta a ofrecer a la diosa del hogar no sólo treinta años, sino toda su vida.

La extasiaban los cánticos, el gran aparato de las ceremonias, y que la precediera un lictor cuando recorría las calles, donde cónsules y pretores le cedían el paso y hacían bajar ante ella los haces.

Hasta que un día acudió al inviolable santuario el senador Vitelius para depositar su testamento en manos de las vestales. Lo acompañaba un joven patricio llamado Druso.

Y los ojos de la doncella se encontraron con los ojos del guerrero.

VI

A pesar de que el marqués se encontraba muy contrariado por la desaparición de la bella Elena, consiguió distraerse admirando la máquina voladora, que semejaba las alas de un murciélago gigantesco.

El maestro Giovanni Gozzi se ajustó las gafas para inspeccionar, ante los ojos alucinados de los espectadores, el artefacto.

Unos minutos después el científico anunció que todo estaba listo para el experimento, así que los criados del marqués comenzaron a servir vino y bocadillos que habían llevado en cestas para el brindis en lo alto de las montañas.

El maestro ordenó a sus asistentes que lo ayudaran a colocarse el aparato, hecho lo cual extendió las alas y se arrojó a un precipicio.

Fue un instante de esplendor puro: diríase un Ìcaro redivivo —el hombre había vencido a los dioses del cielo—. Más que un ángel parecía un demonio presto a poner en jaque el trono del Altísimo.

El hombrecillo realizaba increíbles piruetas en el aire mientras que toda la aristocracia le rendía pleitesía: era un concierto de aclamaciones y murmullos, de risa y esperanza.

Entonces irrumpió la tragedia con su manto de púrpura: una ráfaga de viento, del viento helado que anunciaba nieve en las nubes rojas, convirtió al osado Prometeo en una brizna de paja que fue a estrellarse contra los riscos.

El científico reventó como lo haría un huevo dejando una mancha obscena de sangre y excremento que resbalaba, con una lentitud casi amorosa, por las paredes de los Cárpatos.

Las risas se transformaron en gritos de horror y más de una dama cayó desvanecida ante el espectáculo…

 

VII

Con sus dedos de rosa la Aurora acariciaba a los amantes que yacían dormidos en el lecho, ignorantes de su destino.

De pronto un estruendo que presagiaba la desdicha acompañó a la destrucción de la puerta, que saltó en pedazos para abrir paso al gran pontífice, el cual se hacía acompañar de un grupo de soldados.

—¡Herejes! —gritó el sacerdote con el rostro contorsionado por la ira.

Después todo ocurrió tan rápido: los guerreros apresaron a Druso y lo sacaron a empujones a la calle, donde lo azotaron ante una muchedumbre enardecida que los esperaba para ver en acción la mano de la justicia.

Elena fue testigo de la ignominiosa ejecución de Druso, quien pereció bajo la persistente mordida de los látigos.

Sin que le importase el llanto histérico de la vestal en desgracia, el gran pontífice ordenó que la vistieran con un sudario, y luego la metieron en una litera cubierta con negros cortinajes.

En seguida realizaron las ceremonias de su funeral en vida, y condujeron la litera al Campus Sceleratus, cerca de la Puerta Collina, donde la aguardaba una tumba abovedada que habían excavado en la roca.

Sólo se escuchaba el llanto, el hipo de la muchacha, pues incluso la grosera y burlona muchedumbre se mantenía en silencio, impresionada por el terrible castigo que se infligía a las vestales que rompían su voto de castidad.

El verdugo la hizo bajar por una escala que retiró rápidamente, y los esclavos colocaron una losa en la boca de la cripta.

Profiriendo un alarido espeluznante Elena se arrancó el sudario y se encontró con una cama y una mesita que contenía alimentos suficientes para tres días, una lámpara encendida y un espejo cubierto con un paño, en señal de luto.

Todo se le antojaba irreal: la muerte de Druso, el hecho de que ya no vería la luz del sol, pues la habían abandonado al suplicio del hambre.

Entonces sus piernas dejaron de sostenerla y cayó de rodillas en el suelo, donde lloró desconsoladamente.

Jamás sabría cuánto tiempo había transcurrido hasta sentir una mano en su hombro: escuchó una voz femenina que le hablaba por su nombre.

Al voltear Elena vio a una mujer muy blanca, de cabellos negros y profunda mirada, que llevaba ricas vestiduras:

—No llores, pequeña.

—¿Cómo entró aquí? —preguntó la muchacha, y la misteriosa mujer le contestó:

—Para los inmortales no existen límites: soy Hécate, señora de la magia, a quien los hebreos llamaron Lilith.

“Escúchame: te encuentras fuera de la gracia de los dioses luminosos, pero yo puedo ofrecerte una senda al otro lado del espejo”.

Y descorrió el velo que cubría al óvalo de cristal y plata.

 

VIII

El marqués se encontraba en la orilla de un río furioso, cercado por altas paredes de roca. El viento gemía arrastrando nieve y figuras de fantasmas desdibujados.

Él echó a andar entre los despojos de antiguos combates, entre los restos de caballos, armaduras y carros de guerra semienterrados por la alfombra inmaculada del invierno.

Entonces vio una barca desde la cual una mujer lo miraba a través de una máscara trágica al tiempo que sostenía un cetro en la mano derecha y un puñal ensangrentado en la izquierda.

Ella usaba un vestido blanco y encima de éste un manto púrpura de rebordes adornados con grecas.

—Melpómene —susurró el marqués, reconociendo en el tocado de la fémina los atributos de la musa de la tragedia.

Ella se quitó la máscara y el marqués vio unos ojos grises… de acero.

El sueño terminó abruptamente y el aristócrata se vio a sí mismo en su lecho: afuera caía la nieve, que había comenzado como por ensalmo unos minutos después de la muerte del maestro Gozzi.

—La tormenta no fue obstáculo para que mis invitados huyeran, con excepción del barón de Arville —recordó con amargura.

Entonces miró hacia la ventana. Detrás del cristal acechaban unos ojos grises… los ojos de Elena.

 

IX

La tormenta arreciaba: frente a la chimenea el marqués de Laffir hablaba con el barón de Arville, en cuya compañía había vaciado más botellas de vino de las que podía recordar.

Desde temprana hora el tema de la conversación había girado alrededor de múltiples frivolidades, pero el vino se impuso y el barón se decidió a preguntar:

—Phillipe, ¿por qué sigues escondiéndote en este rincón del mundo olvidado por Dios? No fue tu culpa que el maestro Gozzi pereciera durante su fallido experimento.

Hubo un momento de incómodo silencio, pero al fin contestó el marqués:

—Auguste, desde el día en que entró Elena a este palacio no he podido arrancármela del pensamiento.

—¿Quién?

—Elena, la mujer con la que bailaste un día antes de la tragedia.

Un estremecimiento sacudió al barón.

—Phillipe… no se lo he dicho a nadie, pero cuando bailaba con ella yo no era dueño de mi espíritu… me acompañaba un extraño abandono… lascivo.

El marqués soltó una carcajada:

—Auguste, no creí que te hubiera impresionado tanto como a mí.

—¿Calla! Estoy hablando en serio: ¿no lo notaste? Cuando ella entró en la habitación ésta se tornó helada.

—¿También lo percibiste?

—Como todos los presentes, aunque nadie se atrevió a confesarlo. No dudo que haya sido una razón, además del accidente, para que tus invitados huyeran.

—Auguste —dijo el marqués— esto es demasiado.

El rostro del barón se volvió lívido y con una mirada de terror y fascinación continuó, bajando la voz como si temiera que el viento lo escuchara:

—La he visto entre la nieve con el ligero vestido que llevaba en el baile… la he visto deambular por el hielo, entre los cristales donde reina La Parca.

—¡Auguste! —protestó el marqués.

—¡No me interrumpas! ¡Préstame atención! Tú buscabas el último arquetipo de la belleza…

—Y lo he encontrado en sus ojos…

—El arquetipo siempre estuvo ahí, casi a la vista, agazapado detrás del puñal de Melpómene… porque la décima musa es la muerte.

El marqués se levantó bruscamente, cubriéndose el rostro con las manos mientras murmuraba:

—¿No escuchas?

—¿Escuchar qué? —se exasperó el barón, con la expresión de un loco.

—¡Esa música! Suave y dulce… tan triste. Es una melodía que siempre quise escribir.

Fuera de sí el marqués apretó la copa que sostenía hasta reventarla, sin que le importasen las filosas esquirlas que se enterraban en su mano; luego corrió buscando la puerta de salida, pero el barón se interpuso en su camino:

—¡Detente, loco! ¿No ves que le vendes el alma a los demonios?

Por toda contestación el marqués le propinó un puñetazo en el rostro y corrió a través de la nieve como hacen los condenados, abrazando el abismo, sediento de locura y disolución.

 

X

Phillipe Dubiar no detuvo su carrera hasta llegar a una antigua fortaleza parcialmente derruida. Traspasó los restos del muro exterior y se introdujo en el castillo, en cuyos corredores deambuló, presa de un ansia febril; sin embargo no dejó de notar que en los antiguos salones, muchos de los cuales carecían de bóveda, quedaban vestigios de su mobiliario original, cosa que resultaba prácticamente imposible luego de siglos y siglos de abandono en los que no faltaría ocasión para el pillaje.

Entonces se topó de frente con un mural que mostraba, a través de una maraña de espinas bañadas con copos de nieve, el rostro de Elena.

Y en esos ojos grises, que el artista había plasmado con un realismo sobrecogedor pudo leer un desamparo casi infantil.

—Phillipe —escuchó una voz femenina a sus espaldas. Al volverse el marqués se encontró con la esbelta figura de Elena.

—Te he buscado con desesperación —exclamó el aristócrata—. Tenía tantas cosas que decirte, pero no sé en qué momento las olvidé.

Con un sólo gesto ella le pidió que callase y con una mano fría le acarició el rostro: fue un beso de olvido, algo como la desolada expresión de los mares helados que gimen eternos en el norte.

Elena entreabrió los labios: carámbanos de marfil, largos, agudos y crueles… fascinantes.

—Un instante… ¡Sólo un instante de este amor! Una chispa del placer que gozan los dioses, un papel en esa historia que siempre termina igual —pensó el marqués, y todo se volvió oscuro a su alrededor.

Nota de Voluptuosidad es la palabra: Este relato forma parte del libro “Historias de humo y viento”, que puedes descargar en el siguiente enlace:

https://voluptuosidadeslapalabra.com/2016/08/04/descarga-historias-de-humo-y-viento/

 

 

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Un comentario en “La decima musa

  1. Pingback: Descarga “Historias de humo y viento” | Voluptuosidad es la palabra

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