El sapo de William S. Burroughs

 el sapo de william s burroughs

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

William S. Burroughs despertó con una resaca terrible. Unos días, o una eternidad atrás, había vendido una de sus pistolas para procurarse algo de droga, que finalmente se había terminado, por lo que su amante en turno, un magrebí más enganchado a la heroína que él mismo —si es que eso era posible— lo había abandonado.

William rezó a los dioses de la jeringa hipodérmica para recibir noticias de su agente a la brevedad posible: otra vez los dioses, que lo apadrinaban, volvieron a escucharlo ya que al asomarse por el ventanuco de su horrible cuchitril vio que el hombre del correo aéreo del Tánger se acercaba con su raído morral evadiendo los arroyuelos de aguas negras que corrían libremente por las callejuelas del barrio miserable que habitaba últimamente.

—¡Correo! —dijo el cartero y como era su costumbre se abstuvo de entregarle el paquete, esperando una propina. William buscó en sus bolsillos, sin éxito; entonces recordó que le quedaban algunos billetes escondidos en un libro de poemas. William abrió el volumen, sacó uno de entre cinco billetes y se lo entregó al mensajero.

El yonqui encontró una botella que aún tenía algo de licor y una cajetilla con varios cigarrillos: encendió uno y abrió el paquete, que consistía en un sobre y en una caja pequeña con agujeros.

William abrió el sobre y se encontró un cheque por una cantidad menor a la que esperaba, si bien suficiente para sobrevivir un tiempo, así como una carga de su agente, quien le comunicaba:

Queridísimo William:

La compañía ha tenido algunos tropiezos y no hemos podido enviarte la cantidad que nos solicitaste, pero confiamos que en un mes podamos cubrir lo que falta y enviarte dinero adicional; mientras tanto he encargado al copiloto que alimentara al sapo de caña peruano, un rhinella marina (comen insectos, croquetas de perro, carroña, plantas y todo tipo de desechos) y lo refrescara con agua.

El sapo te ayudará a resistir este inconveniente en caso de que te quedaras sin “material” toda vez que despide una toxina llamada “bufotenina”, con la que podrás obtener un buen viaje.

La carta terminaba con las fórmulas habituales de cortesía.

William abrió la cajita y encontró al sapo junto a varios escarabajos y croquetas para perro, y el sapo hizo:

—¡Prrrrrr!

—¡Demonios! —exclamó William—. Si es verdad lo que se cuenta de este muchacho habría que forrar su cajita con seda escarlata y procurarle una cadenita dorada así como todos los insectos, no precisamente escasos, de mi hermoso departamento.

William puso al sapo en la bañera, en la que dejó caer algo de agua y, luego de beber un par de tragos y fumarse un cigarrillo, se dio a la tarea de capturar algunos insectos y de llevarle restos de comida, que el sapo devoró con avidez. Hasta eso que era muy educado y agradeció tan soberbio banquete haciendo:

—¡Prrrrrr!

—¡Además es cantante! —se felicitó William—. ¡Imita perfectamente a un motorcito!

William tomó al sapo con veneración y le pasó la lengua sobre la piel. Se quedó mirando a unos de sus ojos.

—¡Prrrrrr! —dijo el sapo y su ojo comenzó a transformarse en una laguna de aguas verdes que se encontraba en medio de un pueblo mexicano donde se bañaban varios adolescentes morenos y canijos, como a él le gustaban.

Para su mala suerte tres vehículos llenos de federales armados hasta los dientes irrumpieron en el pueblecito, levantando nubes de polvo en las calles sin pavimentar.

William sacó de su impermeable negro su Smith & Wesson y abrió fuego con una puntería endemoniada, abatiendo a varios federales, que decidieron pertrecharse detrás de sus vehículos.

—¡William! ¡Pinche gringo! ¡Date preso! —le gritaban los federales. William, cubierto detrás de un ruinoso muro de adobe, encontró en los bolsillos de su impermeable un paquete de cigarrillos y una caja llena de balas. Encendió un cigarrillo, recargó el arma y decidió hacer una sorpresiva salida sosteniendo el arma con ambas manos y con trágicos resultados para los federales, que caían como moscas.

Uno de los federales se quejaba, lanzando borbotones de sangre y mirando al cielo. William se acercó lentamente, volvió a recargar su revólver, apuntó la pistola a la cabeza del policía y lo remató de dos tiros; en seguida volvió sus pasos para buscar a los muchachos de la laguna verde, pero ya no estaban; en cambio flotaba sobre sus aguas un demonio que tenía en lugar de rostro un vórtice de una sustancia purpúrea y que se reía de una manera espantosa.

La laguna volvió a convertirse en el ojo del sapo, que hizo:

—¡Prrrrrr!

William soltó al sapo en la bañera y comenzó a vomitar en la taza del baño: todo le daba vueltas, tenía escalofríos y sentía la lengua escaldada.

—¡Maldita sea! —dijo mientras se dirigía a su cuarto por un poco de licor y un cigarrillo. Sobre la cama vio la carta de su agente y notó que había una segunda hoja que por alguna desconocida razón no había leído. Tomó el documento en sus manos y leyó:

P.D. Ni se te ocurra lamer directamente al sapo como en los cuentos de hadas ya que además de la bufotenina el bicho excreta sustancias terriblemente tóxicas que podrían causarte un gran malestar y en caso extremo hasta matarte.

—¡Carajo! Lo mejor será que vaya por algo más saludable: un poco de heroína me vendrá bien— se dijo a sí mismo, se abrochó la funda de su Smith & Wesson en bandolera, a la altura del pecho, tomó su impermeable, se caló el sombrero y salió a las calles del Tánger, silbando alegremente una tonadilla mexicana.

 

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