Los pueblos remotos

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

los pueblos remotos

La tarde es apacible, la tía Concha y la abuela Esperanza murmuran, mientras beben el té con las vecinas, doña Meche y doña Clara.

La lluvia repiquetea en las ventanas y los objetos silenciosos se iluminan con la intermitente luz de los relámpagos.

El hijo pecoso de doña Clara —que sueña con manejar un tractor— pide un pan lleno de miel, así que doña Concha le dice a la criada Florencia que se lo sirva, con un enorme vaso de leche fría.

La amplia casona —como amplias son las casonas de provincias— huele a pan recién horneado.

Me hubiera gustado quedarme, pero siempre me llamaba lontananza: los besos de las reinas del infierno, las luces desdibujadas de un puerto en la distancia.

Me hubiera gustado quedarme, pero creo que mi destino es la tormenta y el naufragio —amores desgraciados— lágrimas disimuladas por la lluvia.

Los pueblos remotos duermen —apacibles y aburridos—: algunas veces se les puede ver a orillas de la carretera.

Los pueblos remotos son hermosos, tranquilos, llenos de flores y de gente sana —pero también pueden ser mezquinos— y tan crueles.

Desde antiguo los filósofos corrieron a los poetas de las ciudades: quizá por eso los filósofos escriben tan mal —igual hicieron los aldeanos— pero todos ellos se aburren y, de vez en cuando, invocan el granizo.

Las promesas destrozadas duelen —como las ansias insatisfechas por el aire cuando sientes que te ahogas— cuando todo se vuelve tan hostil.

Y sus palabras se vuelven perros que me arrancan la piel cuando ella dice: lo he elegido a él: así pasan las cosas.

De mi vocación de payaso he rescatado la capacidad de reír una vez que mis sueños han sido destrozados —amor es un latigazo que desgarra— el plomo fundido que sobre los ojos de los vencidos vaciaba Genghis Khan.

La supervivencia, decía Wilde, pertenece a los más vulgares: belleza es aplastada.

Quizá por ello el corazón se desmorona, como al viento se deshacen los árboles alcanzados por el rayo, condenados a ser ceniza.

¡Oh, Morrigan! ¡Diosa terrible! Concédeme, señora, el exilio; concédeme, señora, la distancia.

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