Furia dionisiaca

El Ratón Malvado no posee ni pretende poseer los derechos sobre esta imagen del maestro Cocker, misma que se sube como mero homenaje a su persona, cualesquier reclamación me lo dicen y pido que me hagan una caricatura, lo mismo me da.

El Ratón Malvado no posee ni pretende poseer los derechos sobre esta imagen del maestro Cocker, misma que se sube como mero homenaje a su persona, cualesquier reclamación me lo dicen y pido que me hagan una caricatura, lo mismo me da.

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Como es muy fácil que el Ratón Malvado se deprima y se suba a los tejados a pensar, el Ratón Malvado se subió a los tejados y se puso a pensar, haciéndose las ilusiones de que fumaba con su cigarrillo de vapor mientras atisbaba la distancia.

El Ratón Malvado estaba triste y se decía cosas como:

—¡Dios! ¡Todo se ha terminado en mi vida! Además cada día que pasa me pongo más ruco y más feo, con menos oportunidades, más jodido, pues.

En esas estaba cuando un ruco, ¡un ruco, señores! ¡Se los juro!, me dijo con su voz aguardentosa:

—¡Elko! ¡Está hecho usted una señorita absoluta y total, de esas que se desmayaban en el siglo XVIII ante cualquier contrariedad!

Lo anterior, claro está, se traduce del inglés, con el propósito de brindar mayor comodidad a los muy distinguidos lectores de Voluptuosidad es la palabra (ante quienes nos quitamos el sombrero por su buen gusto).

Se trataba ni más ni menos que de Joe Cocker, quien sacó una botella de whisky y le pegó un trago. Luego de resoplar y echar tamaño eructo, señaló:

—Hijo, la tarde es joven, no está hecha para tristezas sino para emprender la siempre renovada aventura del rock.

El maestro comenzó a danzar con una furia endemoniada, como si fuera el mismísimo Diónisos y luego de pegar un tremendo “yeeeaaah!”, saltó al tejado de la casa vecina.

Yo quería un trago así que, y eso que me lo pensé, me decidí a saltar al otro tejado, diciéndome:

—¡Bah! Si el viejo ese pudo saltar, ¿por qué no podré yo?

Con menos gracia que él aterricé en el techo del vecino donde, por fin, el maestro me ofreció un trago.

—Hijo, ¿qué te pasa?

—Es que no me comprenden, maestro.

—Ñoñadas. Yo ando en esto del rock & roll desde los 15 años de edad, participé en Woodstock y sigo en el ajo. Como diría Jesús Chávez Marín, a quien leo con mucho placer, no seas Yolandita. ¿Tanto la quieres? ¡Pues aplícate, huevón! ¡Vence al tiempo y la distancia!

Los músicos comenzaron a tocar (un día les explico, merced a la física cuántica, cómo es que los músicos comenzaron a tocar), el caso es que el maestro y yo, compartiendo esa maravillosa botella de whisky nos pusimos a bailar mientras cantábamos, a todo pulmón:

And her heart said: “fire it up!”
and her soul said: “fire it up!”
and her mind said: “fire it up!”
Let love live again.

Lo estábamos pasando chévere pero al parecer los vecinos, esos insufribles filisteos, le hablaron a la policía, y luego de orinarnos en ellos y de que se desplegara todo un operativo de los grupos especiales que sería muy enojoso consignar aquí consiguieron someterme (mera superioridad numérica), me bajaron del tejado y me metieron a la patrulla, esposado.

Los muy pendejos no podían ver a Joe Cocker, quien me cerraba el ojo mientras los dos cantábamos, en complicidad:

And her heart said: “fire it up!”
and her soul said: “fire it up!”
and her mind said: “fire it up!”
Let love live again.

No queda más que dejaros la melodía del maestro: https://www.youtube.com/watch?v=o3ZdSla6KPY

 

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