La maldicion de la loteria

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Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Desde que Casanova organizara la Lotería Estatal Francesa en 1757 este sorteo ha ejercido una gran fascinación entre el público de todos los países, incluidas grandes figuras históricas, y es que todo jugador tiene su corazoncito y en cualquier momento uno podría volverse millonario.

Se sabe de fortunas que han tenido sus orígenes en la correcta administración de un premio; pero como toda actividad humana resplandece con luces, también proyecta sombras y situaciones chuscas; hecha esta aclaración procedemos a analizar los casos menos felices de esta actividad apasionante que también a nosotros nos gusta.

Durante años tuve un kiosco para la venta de boletos de lotería, sitio que me permitió realizar una serie de observaciones antropológicas que me llevaron a un par de conclusiones aterradoras: el que nace para jodido, jodido se queda y; Cindy Lauper tenía razón: money changes everything.

El observador casual de un puesto de lotería se dará cuenta de que alrededor del pequeño localito siempre hay uno o dos ociosos que de alguna manera se las arreglan para jugar diariamente, sin trabajar.

No falta el desocupado que trae una enorme lista de números y comenta:

—¡Maldita sea! ¡Estuve a punto de volverme millonario!

—Ajá —contestará automáticamente el dependiente.

—Mira, anoche metí el número 54329 con 100 pesos y cayó el 53429, si únicamente hubiera cambiado el orden de ese par de números, el cuatro y el tres, en este momento me estaría yendo a Las Vegas con la muchacha del banco y te compraría el auto que te he prometido.

—Ajá.

—¿Cuánto se iba a ganar? —preguntará probablemente un jugador de nuevo cuño y el antiguo vicioso estará encantado de explicarle sus teorías: los números son mágicos y los jugadores deben descifrar el lenguaje de los dioses para pegarle al premio gordo.

La diosa Fortuna puede enviar señales con las placas de un taxi que pasa por ahí, un número que se ha soñado, una frase dicha al acaso.

Otras estrategias mágicas de probada inutilidad son: elegir los números basándose en las fechas de nacimiento de los hijos, pedirle a un niño que llene el boleto con su mano santa (con lo que únicamente retrasará la fila) meter papelitos numerados en un sombrero que se sacudirá a conciencia, etc.

Pero es al preguntar a la gente qué haría en caso de verse favorecido con el premio mayor cuando vemos la naturaleza de las cosas.

—Bueno, yo ayudaría a mis hermanos, le compraría casa a todos mis hijos, viajaría por el mundo y pondría un negocio.

—Yo pondría un negocio.

—Un negocio.

—Viajar y un negocio.

Son las respuestas de la gente más simplona que definitivamente nació para tener un yugo en el pescuezo. Digo, ganar millones y estar pensando en poner un negocio en lugar de hacer que el dinero trabaje por uno; en fin, el que por su gusto es buey hasta la coyunda lame.

También están los cínicos, que hacen reír a toda la gente en la fila del kiosco… menos a su cónyuge, quien nos hace comprender el significado de la frase: “si las miradas mataran”.

—Yo le dejaría una nota a mi mujer: “vieja, te encargo a los muchachos”, luego tomaría mis cosas y me compraba un yate que llenaría de cubanas y de mujeres de Europa del este, así como de exquisitos licores.

—¿No se despediría usted de sus compañeros de trabajo? ¿De su jefe?

—¡Claro! ¡Me presentaría en completo estado de ebriedad al trabajo para cantarle unas cuántas frescas a ese viejo insufrible!

Las miradas relampaguean, la gente discute qué hacer con tanto dinero, miran una y otra vez la bolsa acumulada, hacen alguna anotación, piden la calculadora para estimar el costo de las acciones que emprenderán en el futuro. Todos quieren su boleto, todos quieren participar, todos prometen generosos regalos para el dependiente (quien ya sabe que ningún jugador volverá en caso de pegarle al gordo), todos sienten una corazonada.

Aunque se dan casos de personas que invierten con sabiduría el dinero que han ganado en los juegos de azar la vida suele ser pródiga en horribles ejemplos, como en el caso de Martín, un hombre pacífico que se dedicaba a vender pollos rostizados para sacar adelante a su numerosa familia.

Martín se compró un boleto siguiendo el consejo de su compadre Remigio y, por obra y gracia del Maligno, le pegó al gordo.

—¡Compadre! ¡Somos ricos! —gritaba Martín, cerró el negocio e invitó a todo el barrio a una comilona que incluía licores, música en vivo y que duró una semana.

Cuando terminó la bacanal Martín decidió remodelar su casa, ubicada en un barrio popular. Ni por la cabeza se le pasó cambiar de residencia.

Había que mirar las columnas dóricas que se alzaban en la terraza, audazmente mezcladas con detalles góticos rematados en fantásticas cúpulas bizantinas, todo ello rodeado por estatuas griegas, un Chac-Mool, una fuente con ninfas y caballos, un despliegue delirante de estilos arquitectónicos.

Martín estaba irreconocible: utilizaba botas vaqueras terminadas en pico que se curvaban hacia arriba y que estaban hechas con pieles exóticas, un pantalón finísimo, una camisa con un estampado en tonos metálicos que representaba una manada de caballos salvajes, un sombrero carísimo.

La camisa se abría casi hasta la altura del ombligo para que la gente pudiera ver que Martín era un hombre de pelo en pecho y, entre el leonado e hirsuto follaje de sus pectorales destacaban cadenas de oro que representaban cosas diversas como rifles de asalto AK-47, una bota vaquera, la silueta voluptuosa de una mujer, la efigie de algún santo.

El patio de la casa de Martín, que se había ampliado comprando y demoliendo algunas de las fincas de los alrededores, estaba llena de camionetas de lujo. La gente entraba y salí de la extraña mansión, constantemente.

—Así que se enojó la comadre —le soltó Remigio a Martín mientras acunaba una vasito de tequila reposado, cosecha especial.

—Así son las viejas, compadre, nunca se les puede dar gusto —contestó Martín muy enojado—. Ya la mandé con su mamá para que no me esté mal vibrando.

—Más vale, compadre, más vale.

—Además, y aunque es la madre de mis hijos, pues como que ya está muy descuidada, compadre. Ya le estoy echando el ojo a una hembra de categoría.

—¡Pues claro, compadre! ¡Faltaba más! ¿Por qué no nos vamos a Las Vegas a buscar una mujer de las meras finas, como corresponde a un caballero de su posición? Ya bien acompañado podría comenzar a figurar en sociedad.

—¿Usted cree, compadre?

—¡Por supuesto! ¿Para qué están los amigos? Ya verá que con su dinero y mis consejos usted llegará lejos. ¡Hasta podría volverse diputado, una de las metas más elevadas a las que se puede aspirar en esta vida!

—¡Dios mío!

—Por cierto, en lo que se refiere al dinerito que me iba a prestar…

 

Seis meses más tarde se podía ver a Martín afanándose en su pequeño local de pollos rostizados, que consiguió recuperar vendiendo la última camioneta que aún tenía (hasta le quedó para comprarse un Volkswagen) y la estatua de Chac-Mool.

Martín está seguro de que volverá a atinarle al premio gordo, mientras tanto piensa ampliar su local con el dinero que le prestó a su compadre quien, sin lugar a dudas, le pagará un día de estos.

 

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