En las garras de la noche

en las garras de la noche

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

(Originalmente publicado, e inmediatamente censurado, en el periódico mural de la Facultad de Filosofía y Letras de la UACh, cuando yo tenía como 21 años)

La gaya ciencia, el placer etílico, las más desenfrenadas expresiones del sexo: todo ello se puede encontrar turisteando por los bares y demás antros de la ciudad.

El día estaba lluvioso, la noche fresca y joven, con ese olor vivificante de recién llovido. Fue entonces que el doctor Ángeles propuso hacer una visita a esos templos erigidos a Diónisos. Un poco de tabaco picante, el dinero ardiendo en nuestros bolsillos, el tanque de la gasolina lleno, y ya estábamos equipados para comenzar la parranda.

La variedad es mucha, querido lector, aunque la ciudad de Chihuahua no es un sitio turístico usted podrá encontrar lugares tranquilos y burgueses como El Coporo, en donde es posible conectar a alguna de esas adorables damitas de modales afectados a las que comunmente denominamos “fresas”; si usted prefiere satisfacer sus gustos alternativos dese una vuelta por el Bar-Bar, lugar en el que se dan cita todos los chicos gay de estas norteñas tierras.

Nuestra elección fue sencilla y decidimos encaminar nuestros pasos hacia una tradicional cantina, ubicada en la calle Doblado, todo ello con el mero afán de conocimiento antropológico que nos impulsaba al doctor Ángeles y a mí. Un compañero, Daniel Terrones, nos acompañó un brevis lapsus abandonándonos bruscamente al suscitarse una violenta discusión con el doctor Ángeles en torno a un tema tan profundo como averiguar si el tono de la Pantera Rosa era rosa subido (valga la rebuznancia) o rosa bajito.

El ambiente era totalmente tabernesco: catarrines pidiéndonos una copa, un par de vaqueros hablando de sus últimas y espectaculares hazañas sexuales, compadres vociferando en contra de las “viejas” o presumiéndose mutuamente un descomunal e imaginario tamaño de sus respectivos miembros.

Un acapulqueño se jactaba, pese a sus ropas raídas y sucias, de trabajar en la Comisión de Derechos Humanos, donde supuestamente le pagaban alrededor de tres millones de pesos, más viáticos y gastos de viaje, o a lo mejor no estaba mintiendo, ya se sabe cómo son los antropólogos, a quienes disgusta tomar una ducha.

El viejo paria que dormitaba se nos acercó a “gorrearnos” un cigarrillo, y luego nos contó su conmovedora historia:

—Ya llevo tres largos años aquí, lo que pasa es que estoy “agüitado” porque me dejó mi señora… me la ganó mi hermano.

Le dio una calada a su cigarrillo y se alejó rengueando, al tiempo que murmuraba algo ininteligible.

Dos cholos hablaban, mientras tanto, de la belleza de las chicas que trabajan en las maquiladoras:

—¡N’ombre, ése!, hace un restorán de chinos que no veía a la Olivia, se está poniendo re “güena”.

Mientras los cholos hacían sus “pininos” de esteta nosotros observábamos nuestro entorno inmediato: sillas y mesas de Carta Blanca, hombres curtidos por el sol, el cantinero con sus característicos vellos en el brazo y esa panza que sería capaz de sostener una jarra.

Como a las doce de la noche nos corrieron de la cantina debido a que iban a cerrar según las sagradas disposiciones de los gobiernos neo victorianos que nos hemos estado cargando los chihuahuenses. El cantinero nos recomendó una cantinucha llamada Plaza Jardín y hacia allá nos dirigimos, pero dado que es de dos pisos el edificio en el que se encuentra nos confundimos y entramos al Cat House: una música sórdida era vomitada por las bocinas del antro y entre las ruidosas notas el doctor Ángeles y yo nos pusimos a analizar los íconos que abundaban en las paredes, plasmados con pintura fluorescente, lo que les daba una apariencia fantasmal, a esto se sumaba la luz negra que hace resaltar los colores claros.

Entre libación y libación conocimos a un curioso personaje, una especie de rocker, cholo, chero y chico sport, quien dijo llamarse Manuel, Menny para los compas. Él ofreció una botella en su casa y después de echarnos rollo nos convenció.

Al hogar de este individuo se llegaba entrando a la colonia industrial así que entre callejones y callejones arribamos unas chozas macabras.

—“Pérenme” —dijo—. Voy por la botella a la casa del Chuy.

Un tipo gordo, de pelo largo, de unos treinta y cinco años de edad, bigotón, tez blanca, estuvo hablando largo y tendido con nuestro recién conocido. Debido a la tardanza decidimos bajarnos del carro.

—¡Súbanse hijos de la..! —gritó, y como así por las buenas ni quien diga nada volvimos a asentar nuestras posaderas en los asientos del automóvil. El gordo golpeó a Menny y comenzó a perseguirlo.

—¡Vámonos, vámonos! —dijo, pero en vez de acercarse al vehículo y treparse por una ventana mantenía una distancia imprudente.

—¡Acelera! —propuso el doctor Ángeles.

—¡Lo van a matar! —le respondí.

—No, no lo matan.

Un tipo salió de entre las chozas y arrojó una piedra tamaño familiar al Volkswagen, que pegó en la puerta y no contra el vidrio, a donde iba dirigida, y como el muchacho huyó hacia otra parte el automóvil no corría, pero volaba. Afortunadamente había salida en esa calleja sin pavimentar, pues los puntos muertos abundan en dicha colonia.

—Elko —propuso el Doctor Ángeles—, vamos a conocer el Bareta.

El Bareta es un antro de mal gusto al cual se dirigen los frustrados, con sus honrosas excepciones, por supuesto. Ahí bailan mujeres que hacen streap tease, y se gasta por una copa de licor la mitad del precio de una botella.

—Debe ser una profesión cara —observó el doctor Ángeles—, a veces se han de sentir mal.

—¿Tú crees?

Abandonamos el lugar meditando en ese mundo ruidoso que para mucha gente no vale nada mientras que otra le vende su alma.

 

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