El pajarito

el pajarito

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi papá comenzó a levantarse a las seis de la mañana para hacer ejercicio en la Ciudad Deportiva, enorme superficie arbolada anexa al viejo campus de la Universidad Autónoma de Chihuahua, así que muy pronto mi mamá y yo nos animamos a acompañarlo.

Yo dejaba que se fueran por su lado y caminaba por los senderos menos concurridos a fin de evitar a los corredores, jugadores de fútbol americano y demás gente escandalosa mientras me hacía las ilusiones de que paseaba por el bosque.

Ocasionalmente me encontraba a mi mamá, quien caminaba sola algunos tramos ya que mi papá utilizaba los aparatos empotrados cada tantos metros.

En una de esas ocasiones mi mamá se fijó en un señor que se encontraba parado en una sola pierna sobre el tocón de un árbol, moviendo las manos con una lentitud deliberada.

—¿Ya viste, hijo? —dijo mi mamá con una voz que de discreta tenía lo que yo de corredor de bolsa en Wall Street—. ¡Ese señor se cree pajarito!

—¡Dios mío! —pensé—. ¡Qué bochorno!

Apresuré el paso con la esperanza de que el practicante de taichí no reparara en mi persona ya que se trataba del doctor Arturo Rico Bovio, director de la Facultad de Filosofía y Letras (donde yo estudiaba) y conocido poeta.

—¿No me escuchaste? ¡Te digo que ese señor se cree pajarito!

Apreté más el paso. Afortunadamente ya tenía a Rico Bovio a mis espaldas.

—¡Elko! ¡Te estoy hablando! ¡Elko!

Una de las desventajas de tener un nombre poco común.

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