¡Callate Lalo!

callate lalo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

A Lalo Domínguez le había dado por ponernos apodos y sacarnos la garra, y como tenía un indudable talento para burlarse de los demás estábamos mosqueados con él.

Sabíamos que el profe Héctor ya no lo aguantaba porque Lalo no paraba de hablar, y eso que el profe era terrible: acostumbraba caminar despacio por los pasillos que se formaban entre dos hileras de butacas y si estabas haciendo los deberes sólo te tocaba, suavemente, la oreja; pero si te descuidabas por estar platicando, jugando o haciendo dibujos terminabas con dos jalones de pelos y tres cocos: Lalo se los llevaba casi todos.

Una tarde Enrique y yo visitamos a Omar Orozco y todos coincidimos en que Lalo nos había hecho blanco de sus burlas, así que se nos ocurrió grabar un casete en una grabadora portátil para obsequiar al profe Héctor, por lo que nos turnamos repitiendo la misma frase durante una hora.

Al día siguiente le llevamos al profe la grabadora y el casete y le explicamos de qué iba la cosa: el profe estaba muy complacido.

De pronto una maestra mulata cuyo nombre no recuerdo y que traía locos a todos los maestros tocó a la puerta del salón y vimos cómo se transformaba el tremendo y barbudo profe Héctor en un cachorrito retozón.

Naturalmente todos comenzamos a platicar, pero volvimos a callarnos cuando el profe y la maestra entraron al salón, todos excepto Lalo.

—Tengo una solución a ese problema —dijo el profe Héctor señalando a Lalo y oprimió la tecla play del reproductor, donde se escuchaba claramente:

—¡Cállate Lalo! ¡Cállate Lalo!

Todos soltaron una carcajada.

—¡Pero qué modernidad! —exclamó, admirada, la maestra. El profe, que por alguna desconocida razón le buscaba los ojos a la maestra debajo del cuello, se puso rojo.

Durante el recreo Lalo me citó en el solar que se encontraba detrás de los salones de sexto.

—¡Se van a pelear Elko y Lalo! ¡Se van a pelear!

Lalo, más grande y pesado que yo me lanzó los primeros golpes al rostro con una puntería endemoniada.

Intenté una patada al pecho de Lalo, pero él consiguió pillarme la pierna para alzarla y tirarme al suelo, donde fui arrastrado como el desgraciado Héctor por el bárbaro Aquiles. ¡Burlaban del héroe los dioses la victoria!

Desesperado comencé a patalear y conseguí zafarme. Con una agilidad nacida de pasar horas y horas trepado a las bardas, disfrazado de apache, salté a un bordillo de concreto adosado al muro de las aulas.

—¡Bájate, cobarde!

—Sí, ahí voy —contesté mientras recuperaba el aliento y paseé la mirada alrededor del público que había conseguido reunir gracias a mis dotes artísticas. Ahí estaban Gaby y Annel como dos vestales sedientas de sangre. Definitivamente tenía que mejorar el espectáculo.

Todos estábamos enamorados de Gaby y Annel, la rubia y la pelinegra de tez blanca, la tierna y la arrogante, las musas de Bécquer o bien, Bety y Verónica (con la diferencia de que Annel no era precisamente la hija de un millonario pero sí que se apellidaba del Valle, como Verónica en los cómics de Archie traducidos al español).

Sorpresivamente pegué un salto y conseguí abrazar a Lalo por el pescuezo, derribándolo. Ya en el piso y montado a horcajadas sobre él le devolví algunos de los golpes que había tenido la gentileza de propinarme en la cara.

Lalo se revolvió y consiguió liberarse, ambos nos levantamos y nos miramos, jadeando y en guardia.

—¡Golpea! —dijo Lalo.

—¡Tú primero!

—¡Tú!

No teníamos muchas ganas de continuar el pleito.

—Ya estuvo, dense la mano —dijo César.

Enemigo que huye, ¡puente de plata! Lalo y yo aprovechamos la ocasión y nos dimos la mano.

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