El jardin secreto

jardin secreto

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Luego de ausentarse durante todo el semestre el licenciado Antonio García trataba de explicarnos, a través de una serie de tics y tartamudeos que lo hacían semejarse a un payaso mecánico descompuesto, que debíamos sacar copias al juego de hojas engrapadas que blandía ante los ojos atónitos del grupo.

—¡Dios mío! ¡Alguien debería darle una palmada en la cabeza a ese imbécil a ver si de esa manera sintoniza como las teles viejas! —comenté.

—Les apuesto que el examen va a estar muy difícil, como si hubiera dado la clase. Acuérdense del semestre pasado —afirmó Víctor Marrufo.

—De hecho… —agregó Luis Enrique Armenta, con una sonrisa irónica que mostraba con generosidad su blanca dentadura.

Finalmente el idiota balbuceante que se decía catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras terminó su “clase” de 12 minutos, muy parecida a las otras dos que había impartido a lo largo de todo el semestre, y se alejó convulsionándose como una lavadora coja.

—¡Por Thor! ¿Qué clases nos quedan, Vick?

—Todas: ésta es la primera por si no lo había notado –intervino Luis.

—¡No me diga esa barbaridad! —me quejé, desesperado. Víctor sacó un papel arrugado en el que había guardado un chicle que había mascado previamente y consultó el horario:

—A ver: la siguiente toca con Juana Dominga.

—¿Hicieron la tarea? —pregunté. Ambos negaron con la cabeza.

—Yo tampoco, así que es hora libre.

—Luego tenemos clase con Fernández —continuó Víctor.

—No tenemos exposición así que también es libre —decidió Luis.

—Posteriormente nos toca con Holly Hole.

—¿Con Santoyo? No… qué flojera —comenté.

—Ándele pues, todas son libres porque la última clase es con Perea y nadie hizo el ensayo.

De común acuerdo salimos al Jardín de Epicuro donde Flor y Lorena conversaban despreocupadamente sentadas en posición de flor de loto, en el pasto.

—Muchachas, este día ha terminado con nosotros y hemos decidido tomarnos un descanso. Vamos a Carrefour por vino. ¿Ustedes gustan? —propuso Víctor.

Abordamos el vehículo de Víctor y poco después llegamos a Carrefour donde Luis nos dio a entender que éramos unos nacos insufribles sin una mínima noción acerca del vino y nos mandó por las botanas y los vasos desechables. Una vez en la caja de cobro descubrimos que el muy miserable había traído únicamente ocho botellas de vino.

—¡No manches, Luis! Eso no nos va a dar —lo regañó Flor y en compañía de Lorena fue a por más botellas. Cinco minutos después las Florenas nos alcanzaron blandiendo cada una de ellas, con total desparpajo, dos botellas de vino, una en cada mano.

—Pero que femineidad —murmuró Víctor.

—¡Cállate, baboso! ¿Dónde nos las vamos a tomar? —preguntó Lorena.

—Luis conoce un jardín secreto que descubrió hace un par de años y al que se accede tomando una vereda que sale del Periférico de la Juventud —contestó Víctor, quien siguió las instrucciones de Luis conduciendo el automóvil por un camino de mulas flanqueado por raquíticos huizaches.

De pronto un tipo bajito, panzón y de bigote, quien lucía un sombrero tejano que sin lugar a dudas perteneció al lustrabotas del general Francisco Villa salió de entre los matorrales.

—¡Señor! ¿Por aquí hay un claro rodeado de árboles? —preguntó Luis.

—Sí, van bien: es todo derecho.

—Gracias.

—Son 20 pesos por persona —afirmó el sujeto, que seguramente pasaba por ahí y acababa de adueñarse del terreno. Le dimos unas monedas que nos habían sobrado (mucho menos de la cantidad que nos pidió) y seguimos adelante.

El camino terminó abruptamente en un claro lleno de basura y escombros cuyo único atractivo era un árbol de mezquite que daba sombra y otro que había crecido casi horizontal, por lo que podía servir de asiento.

—Ya sabía que Luis nos iba a salir con algo así —se quejó Lorena.

—Cuando vine estaba muy bonito y muy verde —afirmó Luis.

—Y había una cascada y aves tropicales —ironizó Flor.

—Ya perdimos mucho tiempo. Ni modo, aquí nos quedamos —decidió Víctor y bajamos del vehículo.

—Páseme el saca corchos —le pidió Luis a Víctor, quien buscó en la guantera para luego informarnos:

—Ahora que me acuerdo lo bajé del carro durante una fiesta.

Decidimos sumir los corchos con un desarmador y terminamos bebiendo el vino francés con trocitos de madera esponjosa que flotaban en la roja y fragante superficie.

Víctor nos contó de aquella ocasión en la que Daniel Terrones fue a su casa a las seis de la mañana de un sábado, para despertarlo:

—¡Maestro! ¡Vámonos al Festival de Rock de Lago Colina! —había dicho Daniel.

—¡”Tá” loco! ¿En qué nos vamos a ir?

—¡De aventón maestro! ¡Por supuesto! ¡Por supuesto!

—No tengo dinero.

—¡Yo traigo! ¡Pa’ lo que se ofrezca! Total en Lago Colina nos acoplamos con quien se deje —contestó Daniel mostrándole a Víctor una reluciente moneda de cinco pesos.

Y es que Daniel era capaz de entrar a una reunión de Alcohólicos Anónimos y contar una historia con tal de tomar café y comer galletas de gorra.

Seguimos bebiendo hasta agotar el vino, unos más ebrios que otros, y decidimos volver a la ciudad.

Una vez de regreso al Periférico de la Juventud vimos un anuncio espectacular de la Secretaría de Educación Pública que leí en voz alta:

—Todos los días un triunfador va a la escuela… ¡tu hijo!

Los muchachos voltearon a verme.

—¡Demonios! —exclamé—. ¡Hasta que nos hizo justicia la Revolución!

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