Alejandro Lee y el bullying

Los extraños objetos que aparecen en la imagen no son los testículos petrificados de un rinoceronte albino, sino un par de guantes de box (nota del editor).

Los extraños objetos que aparecen en la imagen no son los testículos petrificados de un rinoceronte albino, sino un par de guantes de box (nota del editor).

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Desde que entré a la Secundaria 3015 la mayoría de los estudiantes me odiaron, sentimiento que, por mi parte, terminó siendo ampliamente correspondido. La rabia que me dedicaban probablemente se debía a una de las siguientes explicaciones:

a)    Casi todos mis condiscípulos se conocían de la escuela primaria y me consideraban un extraño.

b)    Le caí mal a un lidercillo.

c)    Me tenían envidia porque mis papás eran dueños de varios video clubes y creían que éramos muy ricos.

d)    El conserje de su escuela anterior había abusado de ellos y querían desquitarse con alguien.

e)    Fueron mis esclavos en una vida anterior y se me había pasado la mano.

f)     Formaba parte de mi carta astral…

En fin, el diablo se los lleve. Lo cierto es que era un verdadero infierno acudir a esa escuela. Dijera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, todo era burlas, patadas en el trasero y violentas palmadas en la cabeza amparados, eso sí, bajo el pretexto de que bromeaban y detrás de su abrumadora, cobarde mayoría.

Finalmente me enteré de que Alejandro Lee, un tipo nefasto tres dedos más bajo que yo, pero con fama de matón, había decidido ponerme una paliza toda vez que yo era un fantoche (ése era mi apodo) que se creía la trompa del tren, además de ser un chico raro que usaba peinados “punk” y ropa de mezclilla, deslavada (moda que todavía no se animaban a utilizar, pero que abrazaron con entusiasmo una vez que dejó de ser una rareza).

Otro de mis graves pecados consistía en ser un “fresón”, hablar como libro (“se cree muy diplomático”, decían) además de tener la cara de un mamón absoluto y total.

—Alejandro Lee es muy bueno para pelear —dijo uno de mis “amigos”—. Si te agarra del pescuezo ya no te suelta.

—Una vez dejó todo ensangrentado a un estudiante de bachillerato —afirmó otro.

El profesor entró a dar su clase: por las ventanas se podía ver a Alejandro Lee, quien se encontraba recargado contra el muro de contención del pasillo (estábamos en un segundo piso) cruzado de brazos y rodeado de sus fans.

Finalmente la clase terminó, el profesor se retiró y Alejandro Lee no se iba. Mi amigo Fernando Medina (quien fue el único que no huyó) se quedó conmigo en el salón. Cuando salíamos Alejandro Lee me dijo:

—¿Qué onda, pinche pelos parados? —evidentemente no era lo que se llama un fanático de la Iliada y la Odisea, se refería a mi bello peinado y sus discursos bélicos dejaban mucho que desear.

—¿Qué traes, peinado de librito abierto? —le contesté. Bueno, ¿qué quieren?, ¿a poco esperaban una frase célebre al puro estilo de Ricardo Corazón de León o Bertran de Born?

Entonces todo ocurrió tan rápido: Alejandro Lee se acercó a mí amenazadoramente. Yo no sabía pelear en aquel tiempo ya que todavía no entraba a estudiar con el maestro Coria (pero ésa es otra historia); no obstante había aprendido una patada voladora en un libro de Kung-Fú que compré en una tienda de autoservicio OXXO (que me dieron como bono al comprar un comic de “Morgan, el guerrero audaz”).

Apliqué la patada voladora y le atiné en el pecho al terror de la secundaria, quien retrocedió sorprendido, para volver a la carga. Nuevamente lancé mi superpatada “Shaolin” y Alejandro Lee cayó en el suelo de cemento, ante mi sorpresa. Me apresuré a agarrarlo del cuello y a pesar de que lanzaba golpes a diestra y siniestra, no se pudo zafar.

—¡Suéltalo! —gritaba su séquito, encabezado por un flacucho de aspecto enfermizo, rostro siniestro y mezquino, al que sólo conocía por “El Neto”.

—¡Suéltalo! ¡Está chiquito!

De matón Alejandro Lee había pasado a convertirse en una tierna y desvalida criatura y que además sólo pasaba por ahí.

Terminé liberándolo: la veintena de marrulleros me empujó de vuelta al salón, acompañado por Fernando Medina. Ambos quedamos arrinconados contra el pizarrón; uno de los amigos de Alejandro empujó por la espalda a Fernando, quien cayó entre los pupitres, estrepitosamente.

—¡Vámonos! —le dije a Fernando y como no nos dejaban salir por la puerta huimos utilizando la ventana; pero luego esa bola de maricones volvieron a envalentonarse y nos persiguieron escaleras abajo y por toda la explanada.

Fernando y yo trepamos la malla que cercaba la secundaria y llenos de moretones, humillados, vapuleados, con sangre en la nariz, decidimos pedir ayuda a mi amigo César Alonso González Caballero, quien estudiaba en la Secundaria 46, con fama de ser una escuela de “cholos”.

Gracias a César, quien hizo honor a su segundo apellido (como siempre lo ha hecho) llenamos un camión de puros chicos banda, cuyo auxilio pagué con dos sesiones de películas de uno de los video clubes de mis padres, acompañados de refrescos y botanas.

Poco después rodeamos la Secundaria 15 donde los estudiantes huían aterrorizados, si bien algunos no pudieron escapar a tiempo. Uno de los cholos agarró del pescuezo a un fan de Alejandro Lee (este último había desaparecido milagrosamente) y me preguntó:

—¿Es uno de ellos, Elko?

El jovenzuelo dijo, con lágrimas en los ojos y mojando los pantalones:

—¿Verdad que yo no fui, Elko? ¡Dile que me suelte! ¡Por favor!

¡Dios! ¡Era imposible seguir odiándolo! Sólo me dio pena. ¡Maldito corazón de pollo! Definitivamente de tirano me hubiera muerto de hambre y recibiría una justa patada en el culo por parte del  maestro Nietzsche.

—No, no fue.

La escena se repitió varias veces. Al parecer nadie nos había agredido y todo ocurrió en nuestra imaginación.

Lo cierto es que no volvieron a molestarme; pero debo reportar que nunca fui lo que se dice amado en la Secundaria 3015, cueva de matones.

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