Los pistoleros

pistoleros

A Western Story

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Gabriel Ávila y Juan Campos bajaron del vehículo para encargar unas hamburguesas en un puesto callejero.

—Dos hamburguesas con mucha salsa —encargó Gabo mientras lucía una pistola fajada en la cintura. El hamburguesero se apresuró a servir la orden al ver el arma y el rostro de sargento mal pagado de Gabriel: nervioso envolvió el pedido mientras Juan Campos, quien vestía una cazadora de piel negra, lo vigilaba hierático detrás de sus gafas oscuras.

Poco después llegaron a la casa que El Chumba ocupaba, donde este último y yo los esperábamos bebiendo whisky con agua mineral y hielo.

—¡Por Crom! ¿A qué se debe que lleguen tan tarde? —pregunté mientras El Chumba, preparaba dos vasos para los recién llegados.

—¡Señor! ¡Señor! ¡Hábleme con respeto porque vengo armado! —dijo Gabo mientras blandía su escuadra: se trataba de una pistola de plástico que lanzaba balines del mismo material y cuyo cañón color naranja había sido pintado de negro para que no se notara que era de juguete.

—Usted puede meterse su pistola por donde…

Gabo me disparó a las piernas, cubiertas por un delgadito pantalón de vestir.

—¡Ahhh! —grité. Los balines salían con fuerza y dolían un demonial.

—¡Apúrese con esos whiskies! —ordenó Gabo a Chumba—. ¿No ve que venimos sedientos?

Y como así por las buenas ni quien diga nada El Chumba les acercó sus vasos, raudo y veloz como una gacela.

Gabriel le dio un trago a su whisky, gruñó de satisfacción y se sentó a la mesa, sobre la que arrojó una bolsa llena de balines.

—Jonás y yo somos el terror de la ciudad —se jactó Gabo mientras dejaba la pistola encima de la mesa y me indicaba con señas que le diera un cigarrillo de los  míos, encendido y rapidito.

—Como les iba diciendo, señores… —continuó Gabo, exhalando una bocanada de humo azulado, y procedió a relatarnos la aventura con el hamburguesero. En lo más animado de la anécdota Gabo abrió los ojos, aterrorizado: subrepticiamente Jhonny se había apoderado de la pistola:

—Ahora mismo me va a pagar los balinazos que me metió —dijo Juan y comenzó a dispararle a Gabo, quien se encogía de dolor y corría por toda la sala.

El poder es embriagador: Jhonny se volvió loco y también nos disparó a Chumba y a mí. La puerta de salida estaba cerrada con llave y en lo que Chumba conseguía abrirla una ráfaga de balines nos atormentaba en las piernas, en las nalgas y en la espalda.

Conseguimos salir al frente de la casa: Jhonny se quedó como amo y señor indiscutible de la plaza, recargó el arma y buscó los cigarrillos: para su mala suerte yo los traía en la bolsa de la camisa.

—¡Ya estuvo! ¡Ya estuvo! —nos dijo Jhonny mientras seguíamos luchando con los candados de la reja que daba la calle y, como muestra de buena voluntad dejó la pistola en la mesa, salió desarmado y me pidió un cigarrillo.

Entramos juntos y servimos otra ronda de whisky mientras hablábamos mal de todos los políticos y reporteros que nos venían a la mente.

Transcurrieron los minutos, la pistola era una tentación. Junto a la puerta vi al Diablo a la vez que creía escuchar una melodía con armónica, silbidos melancólicos y guitarra acústica, como esas que salen en las películas del Viejo Oeste.

—Hey, son! —me dijo el Diablo con un gangoso acento yankee al tiempo que se servía un vaso de whisky y sostenía un cigarrillo con los labios. El Diablo llevaba botas con espuelas, un par de colts en el cinto, gabardina vaquera y sombrero tejano, todo de negro:

—My old man used to tell me, when I was a little boy: “Hey, Lou, don´t play with fire”. Da´ ya´ think I listened the old man? Of course not, son: that would have been a real boring shit.

El Diablo acarició su barba recortada en perilla, chupó con deleite su cigarrillo y continuó:

—Those friends you have are fucking assholes. Shoot ‘em all, son! Shoot ‘em all!

Con la mano izquierda me apoderé de las llaves, que Chumba había dejado sobre la mesa luego de cerrar la puerta de salida, y con la diestra empuñé la pistola. Comencé a disparar: se sentía tan bien.

Gabo gritaba como una damisela del siglo XVIII y de un ágil salto alcanzó la puerta del baño, donde se encerró. Jhonny se arrastraba por el suelo entre los vasos, el whisky y los hielos derramados, recibiendo el castigo de los balines en las posaderas. Por su parte Chumba estaba hecho un ovillo, contra la pared.

Los balines se terminaron, Chumba me arrebató la pistola, tomó la bolsa de balines de la mesa y señaló, muy enojado:

—¡Signore! ¡Signore! ¡Signore! ¡Parece niño chiquito! ¿No tuvo infancia?

Gabo salió del baño y Jhonny se levantó del piso. Ambos desaprobaban mi comportamiento, negando con la cabeza y chasqueando la lengua.

—¿Y usted qué, Gabo? ¿Cuántos años tiene… cuarenta? —Gabo bajó la cabeza, avergonzado.

—Usted que es el más centrado debería ponerle el ejemplo a estos úrdalos —agregó Chumba dirigiéndose a Jhonny–. ¿Es que quiere convertirse en un completo animal como ellos? —preguntó mientras nos señalaba a Gabo y a mí. Jhonny contestó:

—No-no-no-no-no-no-no-no-no-no-no.

—Ahora levantan esos vasos y trapean la sala —sentenció Chumba.

—Perdón, no sé qué me pasó —me disculpé y me dispuse a recoger los vasos desechables del suelo y a trapear.

Chumba alzó la pistola en su cuarto. Una vez restaurada la calma nos sentamos y seguimos bebiendo. Una hora más tarde nos encontrábamos bastante achispados:

—¡Demonios! —exclamó Gabo—. Se terminó el agua mineral y, lo que es peor, los cigarrillos. —Sacó una moneda y le preguntó a Jhonny:

—¿Águila o sello?

—Águila —respondió Jhonny y cayó águila. Gabo se volvió hacia mí y preguntó:

—¿Águila o sello?

—¿Y qué nos estamos jugando? —pregunté.

—Estamos decidiendo quién manda a Chumba por más agua mineral, cigarros, hielo y unas papas –contestó Gabo.

—Siendo así, águila.

Gabo se disponía a lanzar la moneda al aire cuando Chumba, quien se había deslizado silenciosamente a su cuarto, apareció pistola en mano:

—¡Vayan por las provisiones! ¡Y me traen un té de limón! —ordenó al tiempo que le lanzaba las llaves a Jhonny, quien las atrapó en el aire.

Chumba disparaba con infernal puntería mientras nos afanábamos, desesperadamente, en abrir las cerraduras. Billy the kid no tenía nada que hacer, a su lado.

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