Leyendo a Lopez Velarde

Lvelarde

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Los poemas de Ramón López Velarde (1888-1921) nos trasladan a la provincia mexicana, a esos pueblos encantados que se recortan en la distancia, siempre mirando hacia el pasado.

Plaza de Armas, plaza de musicales nidos,
frente a frente del rudo y enano soportal;
plaza en que se confunden un obstinado aroma
lírico y una cierta prosa municipal;
plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido
hogar en que nacieron y murieron los míos;
he aquí que te interroga un discípulo, fiel
a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos.

El vate jerezano idealiza a la mujer casta, devota y melancólica de los pueblos pequeños y teme que se vea contaminada por las complejidades de la ciudad:

Para que no se manche tu ropa con el barro
de ciudades impuras, a tu pueblo regresa;
y sólo pido, en nombre de tu tristeza extática
que oyó tu voz ingenua, que en la nocturna plática
hagas de mí un recuerdo jovial de sobremesa.

López Velarde es maestro en retratar esas tardes de lluvia transidas de fantasmas, con mujeres mirando en la ventana los sueños fugitivos, en un ambiente lleno de tristeza, como los cirios que arden débilmente en la penumbra de una antigua iglesia Católica.

Tarde de lluvia en que se agravan
al par que una íntima tristeza
un desdén manso de las cosas
y una emoción sutil y contrita que reza.

(…) Divago entre quimeras difuntas y entre sueños
nacientes, y propenso a un llanto sin motivo,
voy, con el ánima dispersa
en el atardecer brumoso y efusivo,
contemplándote, Amor, a través de una niebla
de pésame, a través de una cortina ideal
de lágrimas, en tanto que tejes de dicha y luto
en un limbo sentimental.

Los versos a su musa y primer amor, Josefa de los Ríos (Fuensanta), muerta en 1917 y con la que nunca se casó, son especialmente conmovedores:

Fuensanta:
¿tú conoces el mar?
Dicen que es menos grande y menos hondo
que el pesar.

Que no extrañe a nadie que el poema menos interesante de López Velarde, Suave Patria, de esos que lee cualquier día festivo del calendario oficial un enano horrible con grado militar, voz chillona y ademanes acartonados (en algún monumento barato de cemento, con los pobres niños de primaria obligados a escuchar las trompetas y los tambores del ejército) le haya valido ser considerado un poeta nacional: tampoco es que el Estado se distinga por derrochar buen gusto.

No obstante lo anterior dicho texto, que por supuesto no citaremos aquí, es de un patriotismo castizo y no una barata apología patriotera.

Por otro lado la infancia y los recuerdos familiares tienen un gran peso en la obra del poeta:

Fuérame dado remontar el río
de los años, y en una reconquista
feliz de mi ignorancia, ser de nuevo
la frente limpia y bárbara del niño.

En Ramón López Velarde conviven el católico devoto y sufrido con el hombre sensual que anhela un mundo de placeres:

Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma
de todos los voraces ayunos pordioseros;
mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma
del mar y al simulacro azul de los luceros.

O en el poema La mancha de púrpura, con el que cerramos:

Me impongo la costosa penitencia
de no mirarte en días y días, porque mis ojos
cuando por fin te miren, se aneguen en tu esencia
como si naufragasen en un golfo de púrpura,
de melodía y de vehemencia.

Pasa el lunes, y el martes, y el miércoles… Yo sufro
tu eclipse, ¡oh criatura solar!, mas en mi duelo
el afán de mirarte se dilata
como una profecía; se descorre cual velo
paulatino; se acendra como miel; se aquilata
como la entraña de las piedras finas;
y se aguza como el llavín
de la celda de amor de un monasterio en ruinas.

Tú no sabes la dicha refinada
que hay en huirte, que hay en el furtivo gozo
de adorarte furtivamente, de cortejarte
más allá de la sombra, de bajarse el embozo
una vez por semana, y exponer las pupilas,
en un minuto fraudulento,
a la mancha de púrpura de tu deslumbramiento.

En el bosque de amor, soy cazador furtivo;
te acecho entre dormidos y tupidos follajes,
como se acecha un ave fúlgida; y de estos viajes
por la espesura, traigo a mi aislamiento
el más fúlgido de los plumajes:
el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento.

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