El Club

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Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Vivíamos en un fraccionamiento nuevo, rodeado de lotes baldíos que constituían el escenario de nuestros juegos. Cierto día encontramos un camper de esos que se montan en las cajas de las camionetas pick-up, aparentemente abandonado, y decidimos acondicionarlo como nuestro punto de reunión, así que llevamos un poster del Hombre Araña, una caja llena de cómics, una bolsa con golosinas y un termo de limonada.

Cuando nos encontrábamos debatiendo graves asuntos un viejo panzón de bigote comenzó a golpear la puerta del camper.

—¿Qué hacen ahí? ¡Sálganse malditos mocosos!

—¿Es suyo el camper? Perdón, pensamos que lo habían tirado.

—¡Largo de aquí, enanos infernales!

Apresuradamente cargamos nuestras valiosas pertenencias y huimos del horrible energúmeno: fue el primer intento de fundar El Club.

Afortunadamente unos días más tarde mi papá, que trabajaba como ingeniero agrícola en la desaparecida Secretaría de Recursos Hidráulicos (SARH) bajó unas tablas que le estorbaban en su camioneta y las dejó en el patio de la casa, para desesperación de mi mamá.

Rápidamente mi hermano Ricardo y yo nos dimos a la tarea, martillo en mano, de construir la sede del club, una chabola bastante espaciosa que tenía por puerta una cortina vieja. Los asientos eran unas sillas y unas cubetas de pintura vacías, dispuestas alrededor de un banco rectangular que hacía las veces de mesita; de las paredes colgaba el mencionado poster del Hombre Araña, al que se le sumaron las imágenes de Batman, Superman y, cómo no, el adorable rostro de nuestra musa Yayita, la novia de Condorito (o eso creía él porque en realidad era mi novia).

En una caja de zapatos guardábamos las golosinas y en un cofrecito el tesoro del club, consistente en billetes de juguete, fondos de botellas que hacían las veces de gemas y trozos de mármol que, con mucha imaginación, eran lingotes de oro.

La biblioteca se componía de un extenso surtido de cómics de la colección “Domingos Alegres” de Editorial Novaro, con títulos clásicos como “El llanero solitario”, “Turok”, “Morgan el guerrero audaz” (Warlord), además del acervo prohibido, conformado por cómics para adultos: “El libro rojo”, “El libro vaquero”, “La novela policíaca” y nuestra bibliografía de ciencias ocultas y ufología representada por varios ejemplares de la revista “Duda Semanal”.

Siguiendo una larga tradición antidemocrática, propia de los países hispanohablantes, asumí el cargo de presidente vitalicio; mi hermano Ricardo se volvió el despensero (encargado de custodiar las golosinas), César el tesorero (para mantener a salvo el tesoro ya mencionado, si bien una vez trató de robarlo), mientras que su hermano Eleazar era el secretario general (que nos recordaría los asuntos discutidos).

La orden del día generalmente consistía en analizar cuestiones tan relevantes como las siguientes: ¿Cuál sería el resultado de un enfrentamiento entre Batman y Superman? ¿Cuántas comidas al día hacía Lorenzo Parachoques? ¿Existían los pitufos?

Se acordó no admitir en El Club a Lalo y a Chito ya que, cuando les prestábamos “El libro vaquero” o “El libro rojo” sus mamás arrancaban la contraportada, en la que aparecía una mujer en bikini, privándonos de la gracia femenina.

Los días de lluvia contábamos historias de terror, todas ellas verídicas ya que nos las habían referido personas confiables que las escucharon a su vez del primo de la tía de un testigo de los hechos.

Así nos enteramos que rumbo a Ciudad Juárez el vehículo de unos recién casados se había descompuesto, por lo que el galante marido se fue a pedir ayuda dejando a su mujer encerrada en el auto; poco después un tío con pasamontañas le tocaba el vidrio, mostrándole una bolsa. Finalmente la policía pasó por ahí, se entrevistó con la mujer y los agentes se ocultaron: cuando el tío del pasamontañas regresó los paladines de la justicia le  dispararon y el sujeto arrojó la bolsa en la que se encontraba la cabeza del marido.

Supimos que en la carretera a Ciudad Madera una mujer vestida de blanco hacía autostop y si el incauto automovilista la recogía ambos platicaban parte del trayecto, pero la fémina terminaba por desvanecerse y el conductor quedaba majareta.

Poco a poco El Club se volvió famoso y recibimos a algunos invitados especiales, incluyendo a Gaby y Annel, las niñas más bonitas de la escuela. Mi mamá nos compraba refrescos y papas y todos lo pasábamos muy bien.

Un día nuestra vecina Tania nos preguntó por qué había tanto movimiento en casa y le respondimos que teníamos un club.

—Quiero formar parte de El Club —afirmó Tania y nosotros quedamos fascinados: un toque femenino nos vendría bien: seríamos como Blanca Nieves y los cuatro enanos.

Tania se portaba encantadora con nosotros: se robaba galletas de la alacena de su casa y nos contaba historias truculentas ya que era uno o dos años mayor que nosotros y tenía más “mundo”.

El problema era que poco a poco en lugar de discutir sobre los poderes de Hulk el tema giraba en torno a la incomparable señorita Cometa.

Un día mi mamá nos dijo:

—Niños, ya que tienen un club, ¿por qué no hacen una actividad para reunir dinero? Podrían vender sándwiches a los albañiles que están trabajando en la construcción del nuevo fraccionamiento.

Era una idea excelente y corrían otros tiempos, más decentes y menos peligrosos. Fijamos una cuota para cada miembro de El Club y una vez que juntamos una cantidad razonable adquirimos pan, jamón, mayonesa, lechuga, tomate, cebolla, una lata de chiles jalapeños encurtidos, servilletas y refrescos.

—Con nuestras ganancias podríamos visitar Disneylandia —comentó Eleazar.

—O comprar unas bicicletas —dijo César, con ojos soñadores. Tania nos miraba con una sonrisilla burlona.

Finalmente preparamos los bocadillos, cada uno de ellos bellamente empaquetado en una servilleta.

—Voy por una cesta a la cocina para transportar los sándwiches y vendérselos a los albañiles —comuniqué a los miembros de El Club sin saber que la traición se había gestado a mis espaldas. Nunca me di cuenta de los vientos revolucionarios que corrían en El Club: los días de mi presidencia vitalicia habían concluido.

Cuando regresé de la cocina Tania sacó un sándwich y le dio una mordida. Ricardo, César y Eleazar la imitaron.

—¡No! ¡Deténganse! ¿Y nuestro negocio?

Los sándwiches se terminaban a vertiginosa velocidad. Como Julio César, al ver a Brutus acercarse puñal en mano, exclamé:

—¿Tú también, Ricardo?

Ante el hecho consumado decidí unirme al enemigo y comer algunos emparedados.

Ahí terminó nuestro imperio financiero en ciernes. Desde entonces comprendo la razón por la que Tobi tenía un anuncio en la puerta de su club, que rezaba:

No se admiten mujeres.

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