La botella encantada del satánico abuelo del pobre de Jaimito

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Rosalinda abrazó por séptima vez a su hijo y volvió a recomendarlo al abuelo.

—Se lo encargo mucho.

—Ve sin pendiente, hija —contestó el anciano con una sonrisa maliciosa—, el chamaco sabe las reglas de la casa y no creo que dé mucha lata.

—Papá, se lo suplico, no vaya a ser demasiado severo. —Anda, anda, hija, qué mujer tan “preocupona” te has vuelto.

Rosalinda le dio un beso apurado al viejo y subió al autobús, presa de mil pensamientos encontrados. Finalmente se leería el testamento de su esposo, muerto cinco años atrás y cuyas disposiciones había tergiversado su cuñado. Milagrosamente había aparecido una copia del documento que les aseguraría a ella y a Jaimito —de salir todo bien— una vida decorosa. Suspiró con alivio, pues ya consideraba el caso ganando. Podrían irse de la casa de su amargado padre, al que llevaba soportando dos meses y que en cualquier descuido trataba de imponer duras disciplinas al niño.

—Dios mío —musitó— no permitas que papá vaya a lastimar a mi pequeño.

Los apuros económicos la habían obligado a refugiarse en la casa de su progenitor, donde siempre vivía con el sobresalto de las explosiones emocionales del viejo, y con los malos recuerdos de su infancia atormentada.

Rosalinda no podía quitarse de la cabeza el episodio en el que su hijo rompió un botellón para sacar el hermoso barco que yacía dentro. Su padre quería matar al niño con el fuete, pero después de muchos ruegos y amenazas ella logró apaciguarlo.

—Jesús, no te olvides de mi pequeñito —y persignándose trató de apartar sus negros pensamientos.

Esa mañana Jaimito fue a la playa a recoger conchas y corales bajo la sombra siniestra de la casa del abuelo. Incluso tuvo el valor necesario para bajar al arrecife y recoger unos ostiones con los cuales mitigar el hambre, pues el anciano no le daba más que dos rebanadas de pan con una mezquina porción de crema de cacahuate.

—Mamita linda, no tardes mucho —pensó en voz alta e inició el ascenso del arrecife. Una vez arriba se sentó a la sombra de una palmera y comenzó a sorber los viscosos animales. Ya saciado, Jaimito regresó a la casa en busca del libro lleno de ilustraciones e historias fantásticas que con tantos sacrificios le había comprado su madre como regalo de cumpleaños. Aunque abrió cuidadosamente la puerta, ésta rechinó: lo mismo hicieron las duelas de la casa. De puntillas, Jaimito siguió hasta llegar a su habitación, tomó el libro y se disponía a salir, cuando vio a su abuelo en la puerta.

—Otra vez haciendo ruido —dijo agriamente—. Le pedí a tu madre que te comprara unos tenis o unas sandalias, mas no me hizo caso.

—Pero abuelo —respondió Jaimito con una voz asfixiada—, si no le hice ruido.

—¿Qué? ¡Mocoso malcriado! ¡Respondón! ¡Hereje! ¿Qué no respetas a tu abuelo?

—Sí, pero…

—¡Cállate! No me obligues a tomar una medida drástica. No vayas a salir de tu cuarto: estás castigado.

El viejo aporreó la puerta y Jaimito se derrumbó en su cama, apretándose contra la almohada para ahogar los sollozos de su desesperación e impotencia, y así se fueron las horas hasta que acudió un sueño compasivo.

Jaimito despertó desnudo y en posición fetal dentro de un botellón, similar al que había roto para sacar el barco que tanto le había fascinado y que terminó hecho pedazos: el vejete, que era un mago muy malo, lo había hechizado.

—Jaimito, ¿estás cómodo? —se burlaba el anciano, para en seguida soltar la carcajada.

—¡Abuelo! ¡Sáqueme de aquí! ¡Mi mamá se va a enojar mucho con usted!

—Tu madre ya no vuelve, hijo. ¿Qué no te diste cuenta de que se estaba despidiendo de ti?

—¡Es mentira!

—¡Ay, hijo! Tu madre es una golfa ansiosa por la carne de su abogado.

—¡Es mentira! ¡Mentira! —protestó Jaimito, aunque no sabía de qué hablaba el abuelo, y el hechicero reía en voz baja, para luego volver a la lectura de sus libros de magia negra.

Eso sí —hay que decirlo— todos los días el anciano le quitaba el polvo a la botella y cada tanto la llenaba de agua mientras que Jaimito aguantaba la respiración, luego la volteaba para vaciarla —después de sacudirla a conciencia—con lo que el niño quedaba limpio. Además, el abuelo le pasaba a Jaimito sus alimentos en forma líquida a través de una pajuela. Incluso le leía ocasionalmente:

En las aguas negras del caos habitan los tenebrosos dews o lilths, que obedecen al antiguo Krun, padre de Ruha, también conocida con los nombres de Namrus y Hewath, espíritu de mentira y madre del mundo. Con su hijo Ur, Ruha engendró veinticuatro monstruos para combatir a Ptahil, el demiurgo.

O bien:

Después de lamer un sapo, el rey sabio rasgó el velo que cubría sus ojos y vio a la madre de los lilín, demonios que atacan a los niños y que gustan de los sueños bestiales del fuego.

Cuando el abuelo terminaba de leer sus historias y sus recetas para convocar a los muertos, llamar a la sequía y a las enfermedades, echaba una larga mirada a su nieto, como pensando, y después de unos minutos, preguntaba:

—Jaimito, ¿estás cómodo? —y casi se moría de risa, y si a Jaimito se le ocurría ponerse a llorar, el vejete brincaba, batía las palmas, se daba una maroma y hacía mil desfiguros impropios para su edad y su aspecto de patriarca.

Una tarde en que el anciano se emborrachó Jaimito se dio cuenta de que había perdido mucho peso, lo que le permitió oscilar dentro de la botella hasta que ésta cayó de la repisa en que se encontraba, con lo que el pequeño quedó libre, aunque lleno de cortaduras. Rápidamente tomó uno de los pesados volúmenes de su abuelo y pronunció un encantamiento que ni siguiera comprendió: el abuelo se elevó por los aires hasta ser chupado por el retrete, quedando a la vista únicamente la cabeza.

—¡Demonio! ¡Hereje! ¿Qué has hecho?

—¿Abuelo? —preguntó Jaimito, tímidamente.

—¿Sí, hijo?

—¿Estás cómodo?

Y luego la risa del niño y las amenazas del viejo, que en seguida cambiaron por súplicas melosas.

—Jaimito, deja salir a este pobre viejo. Pronuncia el hechizo de la siguiente página. Mira que a mi edad es muy difícil estar dentro del retrete. Todo fue una broma, hijo. Además, ya viene tu mamá. Yo pensaba sacarte de la botella. Ten en cuenta que te voy a regalar muchos dulces, libros bonitos y juguetes.

—Abuelito…

—¿Sí, hijo?

—¿Estás cómodo? —y de vuelta a lo mismo, con lo que el viejo se ponía de todos colores, vomitaba las peores blasfemias y luego suplicaba hasta las lágrimas.

Rosalinda llegó a la mañana siguiente, con una gran sonrisa y muchos regalos, pero quedó horrorizada con la historia de Jaimito, con los libros que estaban sobre la mesa y con la visión imposible de su padre atrapado en el retrete. Sin pensarlo dos veces tomó en brazos a Jaimito y huyó de la casa del viejo, quien murió de inanición. Aún ahora los pescadores evitan pasar cerca del caserón que se alza por encima de los negros riscos, pues aseguran que es morada de demonios y etcétera, etcétera.

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