Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Encendí el ventilador. El aire artificial daba de lleno en mi rostro, las luces de la ciudad brillaban fuera. Bebía un poco de café acompañando un cigarrillo, los compases de una música deslizaban por mi pecho secretos sueños del ayer que despertaron en un instante. Vacilé: era el miedo a la locura, a destrozarlo todo. El corazón amenazaba con volar hecho resortes, necesitaba respirar —era preso de la angustia—.
Recorriendo las calles de la ciudad: luces de neón, vida nocturna; una vieja discoteque semioculta abre sus puertas y vomita mujeres pintarrajeadas, como fantasmas de un teatro.
Una prostituta se acerca, sus ojos poseen un dejo de infancia. Hay algo de soñador en sus ademanes —ilusiones aplastadas por la bota de la gran ciudad—. Me alejo, ella se vuelve con una mueca de fastidio.
De pronto, un vehículo frena con violencia.
—¡Épale! ¿Qué te habías hecho? —y bla, bla, bla…
Amigotes: me voy con ellos en el carro, mis pies descansan en la ventanilla, la cerveza se desliza en mi garganta. La fiesta empieza, la fiesta de la gran ciudad.
A mitad del desenfreno la policía nos detiene: discusiones, ruegos, billetes —angustia—.
Una vez que se van miramos alrededor. ¿No era ése el vecino? Respiran hondo. Ellos tienen miedo de que todo se haga añicos, de que la locura destruya sus vidas. Le temen al viento y a los espacios inmensos, pero a mí ya no me aterroriza la demencia —¡estoy loco!—. El viento arrastra sonidos confusos y lejos, entre cuatro paredes, el ventilador sigue trabajando.

Pulsar imagen

