Las visiones del árbol del espanto

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

I

La clase estaba conformada por gente vario pinta: la mayoría de los ahí reunidos éramos personas más bien extravagantes: borrachos, pendencieros, poetas con pinta de astrólogos, nerds y marineros que habían venido, a través de las brumas y de las tormentas, desde las regiones de los sueños olvidados.

El salón de clases se encontraba en lo alto de un promontorio que desafiaba a la tempestad del mar circundante y formaba parte de un viejo barco apuntalado chapuceramente a un islote con árboles resecos y con escombros de antiguos templos paganos.

El profesor Fjölnir era un anciano tuerto que fumaba como una fábrica de cemento y usaba un sombrero que parecía un trozo de chicharrón, de tan desgastado y remendado.

Los relámpagos silbaban y su luz intermitente se colaba por las escotillas de la antigua embarcación; el decano, quien sostenía sus raídos pantalones con una cuerda de cáñamo nos explicaba, en un maltrecho pizarrón, el origen de las runas, mismas que iba trazando alrededor de un dibujo, hecho con gises de colores, de El Colgado, la carta número XII del Tarot de Marsella.

—Cuando este barco aún surcaba los mares —dijo el profesor Fjölnir— yo viajaba como polizonte; el capitán, un tal Cristian Monge, se dio cuenta de mi condición irregular entre la tripulación así que decidió fastidiarme llevando a un niño a mi asiento: el niño no hacía otra cosa más que tocarme la cara y jalarme de las barbas, así que lo tomé de la mano, bruscamente, y le dije que subiera al camarote del capitán, escaleras arriba.

—¿Quién permitió a este mocoso que subiera a mi camarote? —Gritaba, enfadadísimo, el capitán Cristian, para enseguida tomar un antiguo arcabuz, y tras dejar al niño en el área de pasajeros, comenzaba a perseguirme, disparando sin ton ni son.

“El pobre viejo tenía muy mala puntería y yo siempre conseguía escabullirme hacia el cuarto de las máquinas donde el capitán no se atrevía a disparar; ágilmente yo subía de nuevo hacia la cubierta sirviéndome de una escalerilla de hierro que llevaba a una escotilla, tomaba al niño y lo volvía a dejar en el camarote del capitán, y la escena se repetía una y mil veces” —concluyó el profesor Fjölnir mientras señalaba con su vara el dibujo de El Colgado.

Al concluir la clase el profesor Fjölnir mandó traer una barrica llena de cerveza, que comenzó a repartir entre el alumnado: todos bebíamos con agrado mientras el decano fumaba su vieja pipa, tallada con runas; yo me rebusqué entre los bolsillos de mi cazadora hasta encontrar media cajetilla de cigarros, Marlboro Light, toda arrugada y con el encendedor adentro; encendí uno de esos cilindros y me puse a inspeccionar los corredores del barco, que hacía las veces de escuela.

A través de las escotillas podía contemplar las olas furiosas golpeando contra los peñascos, contra los árboles resecos que apuntalaban el antiguo barco cuyos corredores olían a madera, y a algún producto hecho a base de petróleo para curar la madera de la maltrecha embarcación.

De trecho en trecho era posible admirar antiguas litografías que representaban batallas navales: Temístocles contra los persas en Salamina, cubierto por una muralla de madera que estaba conformada por trirremes y que acabaría con la poderosa flota de Jerjes, quinto gran rey del Imperio Aqueménida; la Batalla de Accio, cuando se desvanecieron los sueños de los grandes amantes, Cleopatra y Marco Antonio, ante la estrategia de su enemigo, Octavio Augusto; la Batalla de Lepanto, cuando la Liga Santa destrozó las naves del Imperio Turco-Otomano, y muchas más.

También era posible recorrer con la mirada litografías de marineros con una pipa, piratas en pleno abordaje; criaturas mitológicas tales como el Kraken, dragones, sirenas y tritones.

Mientras divagaba por la nave me llamó la atención una escotilla, misma que despedía una luz azul, así que la abrí y cambié de sueño.

II

Camino por las calles empedradas de una ciudad mediterránea; alrededor mío todo es fiesta y jolgorio y desde los balcones sonríen las mujeres. Seguro se celebra el día de algún santo ya que por todos lados la gente, que lleva sus galas domingueras, forma corrillos para beber, cantar, bailar y reír.

Soy un personaje de chiste español, con boina, una pañoleta atada al cuello y al parecer tengo una esposa repugnante: esa mujer, o demonio, o lo que sea, me pide que la bese y se quita un aparato que lleva conectado a la boca, algo así como un respirador de una película de ciencia ficción, de alguna distopía, artefacto que le sirve para beber alcohol constantemente: su boca es hedionda y desdentada y me pregunta que si es bella; luego se pone a vomitar una sustancia amarilla, semejante a yema de huevo.

Es una mujer horrible y salgo corriendo por las calles mientras que ella me persigue, implacablemente; en mi huida alcanzo a percibir las casas medievales, los callejones estrechos, la iglesia de tipo español con sus altos campanarios; salgo de esa villa y sigo corriendo, entre matorrales, entre espinos, resbalando ocasionalmente con las raíces de algún árbol o con piedras sueltas del campo a través.

A lo lejos veo una silueta que alcanzo a reconocer: se trata de nuestro viejo y ruinoso castillo ancestral.

Nuestro viejo criado, José, me abrió las puertas del castillo y me tendió una lámpara de aceite. ¿Qué no había muerto el viejo José cuando yo apenas era un niño? Sentí un poco de confusión al respecto; pero no me importó, así que me dirigí a la cocina y me serví una gran jarra de cerveza de la barrica.

Pasé un rato reconociendo las desoladas habitaciones del castillo, las nobles y vetustas vigas del techo, los vaporosos cortinajes, así que acudieron a mí los antiguos recuerdos de mi niñez, las noches bajo un cielo lleno de estrellas, el aire fresco del campo.

—Elko —me dijo mi prima Laurentina, quien vestía un camisón de dormir y que dejaba al descubierto gran parte de sus turgentes pechos —no te esperábamos.

—Te extrañaba un montón —respondí, y no me pude aguantar, así que comencé a acariciar sus senos, mientras la besaba.

Recordé una tarde lejana, un verano perdido en los días azules de mi niñez, cuando yo le pedía a Laurentina, tras echarse un clavado en una de las tinajas del arroyo, que volviera a lanzarse, y ella salía del agua, con pantaloncillos cortos y una camiseta mojada que me permitía contemplar sus pezones; en eso irrumpió Morgana, mi tía, y Laurentina y yo nos separamos. Mi tía hizo como que no había visto nada.

—¿Van a ir a la feria del pueblo? —preguntó Morgana.

—Sí, claro —dijo Laurentina— solamente me cambio y nos vamos.

Poco después Laurentina salió de su habitación con sus rubios cabellos recogidos y un poco de maquillaje que realzaba sus ojos azules; llevaba una blusa blanca, escotada y anudada a la cintura, unos jeans ligeramente desgarrados a la altura de las rodillas y unos botines estilo vaquero. Ella me tomó de la mano y nos dirigimos a la villa.

III

Laurentina me dejó debajo de un fresno que se ubicaba en un parque y me dijo que regresaría más tarde, así que yo me dediqué a beber cerveza bajo el árbol. La gente seguía festejando, formando corrillos de borrachos que recorrían las calles empedradas, débilmente iluminadas.

Encendí un cigarrillo y en eso me cayó una sustancia hedionda, parecida a un moco; abrí un grifo que se encontraba cerca, me quité el suéter y procuré limpiarme; a prudente distancia comencé a mirar el árbol, del que comenzaron a caer trastos viejos (ollas, sartenes, cucharas) y pollos podridos.

Entre las ramas alcancé a ver a un grupo de auras, aves carroñeras que se defecaban entre las patas, para refrescarse. Tomé una piedra y alcancé a golpear a una de las auras; pero estas comenzaron a chillar, como pidiendo auxilio.

En seguida dos lobos enormes me acorralaron y desperté debajo del árbol, ya que estaba soñando; respiré con alivio, pero me duró poco, toda vez que lo único que había hecho había sido despertar de un sueño a otro: los lobos seguían ahí, así que me di a la fuga.

Nuevamente corrí por las calles empedradas hasta alcanzar un parque todavía más grande que el anterior, donde tenía lugar una de esas ferias, típicas de los pueblos.

Sobre un caballito de carrusel y cerveza en mano Laurentina paseaba mientras se fumaba un cigarrillo; abordé el caballito que se encontraba a su lado y le grité, para hacerme escuchar por encima de la música del festival:

—Debajo del fresno había unas auras.

—Las valquirias.

—Me persiguieron dos lobos.

—Los lobos del profesor Fjölnir.

—Siento como si esto ya lo hubiera vivido antes.

—Es parecido, sólo que la vez pasada jugabas con hachas, lanzas y espadas, y ahora juegas con una lira.

Las luces del carrusel eran demasiado luminosas y sentí que yo era como una estrella; a la orilla del carrusel una silueta se recortaba: era mi amigo, Pedro Chávez Marín, quien había fallecido antes.

—¿Tienes un cigarro? —me preguntó Pedro Chávez Marín. Bajé del carrusel y le ofrecí uno; mientras se lo encendía noté que algo no estaba bien en él: tenía un rostro ausente, como un espectro:

—¿No sabes? —me preguntó.

—¿Qué cosa, Pedro?

—Que tú eres uno de los que ha regresado.

Me tocó la cara y sentí que me ardía; en las brillantes molduras de la base del carrusel miré el reflejo de mi rostro y vi que no lo tenía, que era simplemente una superficie lisa, de piel.

Corrí aterrorizado, la gente escapaba al verme y me abría paso. Me refugié en los baños del parque y me metí a una de las cabinas de los inodoros.

Escuché unos pasos; por las rendijas de la cabina pude ver que se trataba de Laurentina:

—¡No te acerques! ¡Ya no tengo rostro! Si llegaras a besarme tú también te quedarías sin rostro.

—Déjate de tonterías —me dijo ella y de una patada abrió la puerta de la cabina. Siempre puedes cambiar de rostro— y salió del baño, lentamente.

Me miré al espejo: otra vez tenía mi cara. Seguí a Laurentina por el pasillo y llegué a lo que parecía ser el lobby de un hotel de lujo; subimos por un elevador hasta llegar a un SPA, donde la gente salía maquillada y luciendo trajes extraños con zapatones, sombreros multicolores; incluso algunos se desplazaban sobre zancos disimulados en enormes pantalones de payaso.

Los maquillistas nos disfrazaron de vikingos de opereta, a Laurentina y a mí, y pronto salimos del SPA —todo el grupo de freaks—, hacia un enorme salón lleno de mesas donde la gente cenaba, bebía vino y aplaudía.

Una mujer, al parecer de la alta sociedad, se acercó a Laurentina y a mí y nos pidió un autógrafo, además de felicitarnos por nuestros primeros triunfos; también nos prometió que cuando abandonáramos nuestra extravagancia a medias y nos volviéramos completamente locos cosecharíamos triunfos delirantes, allende nuestros sueños más salvajes.

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