El Cinturita

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Carlos Miguel Gutiérrez (cómo le encabronaba que le dijéramos Gutierritos), indio de a madre, se sentía hecho a mano porque era delgado y tenía una cintura muy definida, misma que aderezaba con un cinturón militar que llenaba de bastoncillos retráctiles (PTR), de esposas, de gas pimienta y de su Libro Vaquero; para entonces yo tenía un negocio, un kiosco de lotería en Soriana Saucito y si bien el baboso me veía llegar, todos los putos días, a abrir el changarro, el bato siempre me pedía identificación y mi clave de locatario.

Le tenía yo unas ganas de partirle la jeta; pero yo no podía porque me hubieran jodido el negocio.

El tipo era insoportable…

Gutierritos se sentía de las fuerzas especiales, un absurdo miembro de las S.S., así que fastidiaba a todos los clientes que iban saliendo de Soriana exigiéndoles el ticket y hasta revisándoles la bolsa a las señoras; se notaba a leguas que ese sujeto no había terminado ni la secundaria, pero se soñaba Nock Churris.

Por otro lado Jebediah Mbutho era un zulú largo, largo, largo, uno de mis clientes favoritos que siempre me compraba billetitos de lotería, su melate, y hasta me llevaba una botellita de licor. Como soy alcohólico y jamás me he comportado en ninguno de mis empleos ni de mis negocios varias veces cerramos el changarro para beber, siendo el caso que una vez otro guardia de seguridad, un cerdo con obesidad mórbida que se llamaba César, nos llamó al orden; pero como yo me llevaba bien con la jefa de los locales, mi amigovia, no me pudo quitar el negocito; pero eso es otra historia.

El gordinflón se la pellizcó.

Por ese entonces me regalaron un chaleco norteamericano, una chingadera color naranja con celdillas acolchonadas que ni de pedo me pensaba poner, no fuera yo a parecer un pinche texano, de esos que se rascan el trasero y hablan por la nariz, así que se lo regalé a Jhonny, quien se mostró muy agradecido; pero el Chumba recortó círculos color chocolate y se los pegó al chaleco y todos comenzaron a tomarle fotos a Jhonny, quien estuvo a punto de tener por mote “La Catarina”; Jhonny se arrancó esa madre y me lo arrojó a la cara.

Total que se lo regalé a Jebediah.

Jebediah era negro como mi suerte, como una sombra larga; pero la oscuridad de nuestras vidas se iluminaba con su blanca sonrisa.

A veces, cuando no había clientes, que era las más de las veces, me salía a la puerta a fumar un cigarrillo con él para hablar de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán (por aquellos días yo pensaba escribir un libro del Gran Capitán; pero lo abandoné y quemé todos mis borradores); también hablábamos de Shaka Zulu, de Vladimir Vlad Dracul, de Boadicea; entonces le preguntaba:

—Oye, Jebediah, ¿qué harías en el improbable caso de que te ganaras la lotería? Creo que es más probable que nos caiga un rayo antes que sacarnos el premio mayor.

—¡Isifo senhliziyo! (ataque al corazón). Me iría a los Estados Unidos y me cogería a una mexicana más blanca que tú, polvorón.

Jebediah proyectaba los puños hacia delante, con las palmas hacia arriba, y comenzaba a retraerlos, repetidamente, hacia la altura de su cintura, mientras hacía movimientos obscenos y se reía, con una risa chillona, casi femenina, al puro estilo de los negros.

Fue esa mañana cuando comenzaba a caer la nieve: Jebediah estaba alucinado pues jamás había visto nevar; lo mandé a traer cuatro órdenes del mismísimo puesto de don Chuy, de cabeza y de maciza, y una botellita de whisky; tras desayunar Jebediah se metió a la tienda, todo sonrisas, con su chaleco texano.

20 minutos después salió bien serio; pero El Cinturita algo se olía, así que le jaló el chaleco y de Jebediah llovían un montón de juguetes: barbies, storm trooper, y la chingada.

El general Gutiérrez le informó a Jebediah que estaba arrestado y que le iba a avisar a la policía.

Después todo ocurrió tan rápido: hubo un esgrima, un box entre Jebediah y El Cinturita: todos los chingadazos le entraban a la jeta del Cinturita quien trataba, desesperadamente, sacar alguno de sus bastones PTR, o las esposas, o el gas lacrimógeno, o el Libro Vaquero, o lo que chingados fuera.

El comandante Gutiérrez cayó al piso, a cuatro patas, y Mbutho aprovechó para aplicarle una patada en el nies (ni es el culo, ni es el…); pero también alcanzó a pegarle en los huevos; aprovechando la confusión de Gutierritos Jebediah le quitó el gas pimienta y se lo roció, en toda la cara, al temible guardia de seguridad.

Y el temible guardia de seguridad chillaba, como nena.

Recuerdo perfectamente ese día; fue cuando don Cayetano, el bato del departamento de frutas y verduras, se sacó la Lotería (si bien es un verso sin esfuerzo); no obstante de poco le sirvió porque todo se lo gastó en putas y en alcohol, en Las Vegas, y a los seis meses ya estaba trabajando, otra vez, en el departamento de frutas y verduras: definitivamente el que nace para jodido, haga lo que haga, de jodido se queda.

Pero me estoy extraviando: ante los chillidos del almirante Gutiérrez acudió una horda de guardias de seguridad, a cuál más gordinflón: Jebediah se subió al techo de un automóvil y comenzó a seguir una danza chamánica, zulú, mientras cantaba una canción de Britney Spears:

—Oops, I did it again!

Y ese santo varón gritaba:

—¡Mira, blanco! ¡Como el Gran Capitán! ¡Como don Gonzalo Fernández de Córdoba!

Era maravilloso contemplarlo; seguro, cuando se muera, se irá al Valhalla (suponiendo que acepten negros en el Valhalla).

Los gordinflones se juntaron, como hienas rodeaban a Jebediah; pero en eso el gran guerrero zulú pegó un brinco: los gordinflones se apartaron: Jebediah tomó dos o tres barbies que se le habían caído, corrió hacia el murete de piedra, que lo separaba como a tres metros de altura de la banqueta y, apoyándose con su mano izquierda, desapareció para siempre, como una sombra, como una sombra larga.

 

2 comentarios en “El Cinturita

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