¡Encerrados!

Por: Maribel R. y Elko Omar Vázquez Erosa

¡Encerrados!

Julián y Matías bebían en la taberna de Morís, un pueblecito gallego. Hablando de la cosecha, la pesca, la reparación de cercos y otros menesteres que interesan a los hombres de campo la conversación derivó hacia la nutrida colección de anécdotas de los pintorescos personajes que habitaban la aldea.

—¿Te acuerdas de Pedro Quiroga? —preguntó Julián.

—¡Claro! El chico Quiroga, un buen muchacho. Recuerdo que siempre saludaba a todo mundo con muy buen humor, sólo que tenía esa enfermedad nerviosa que le provocaba ataques epilépticos y episodios de locura, dicen que algunos muy graciosos.

—El mismo. Resulta que en cierta ocasión el tío estaba cabreado con su papá porque éste le debía un dinero que le había depositado para pagar su parte del cementerio. El padre de Pedro se llevaba fatal con su mamá, ya que la señora Quiroga no hacía otra cosa que insultarlo.

“Los viejos Quiroga estaban discutiendo en su habitación ese tema cuando Pedro los encerró con llave aprovechando que se encontraban muy acalorados y tuvo la peregrina idea de poner el tocadiscos a todo volumen con música de los años cincuenta, cuando sus padres habían iniciado su romance, y los dejó allí durante horas”.

—Abre a porta fillo do demo! —gritaba la vieja— Mal nacido! Non quero que o noxento do teu pai me toque!

—Cala bruxa, mala pécora! —le hacía segunda el viejo— Lagarta! Que mal che fixen eu? Xa quixeras ti que te tocara!

—Socorro! —continuaba desgañitándose la mujer— Acudide aquí! Este meu fillo tolo vainos matar!

—Uf, no me lo puedo creer —comentó Matías con su compadre y Julián siguió narrando:

—Pedro tomó una botella de licor que tenía guardada en la alacena y muy quitado de pena se puso a beber mientras que sus padres golpeaban la puerta y lanzaban gritos de auxilio que podían escucharse medio kilómetro a la redonda.

“Ante la infernal sinfonía de gritos y música anticuada, que semejaba la atmósfera de una película de terror, dos vecinos acudieron presurosos y armados con azadones y llamaron a la puerta; Pedro les abrió y les invitó una copa”.

—¿Pero qué ocurre, Pedro, por qué tanto escándalo?

Pedro, muy risueño, contestó:

—Papá y mamá no hacen más que discutir todo el tiempo: hace mucho que no bailan ni tienen su intimidad, así que me pareció muy buena idea dejarlos en su cuarto, con música de sus mocedades, para dar ocasión a un reencuentro amoroso.

—Lo cierto es que Pedro —agregó Julián— era muy buen tipo, muy sociable y buen amigo; pero de vez en cuando no tomaba su medicación y tenían que ingresarlo en el centro de locos. Él era consciente de eso y tenía muy buenos amigos allí; incluso en ocasiones él mismo llamaba a un taxi y se ingresaba en el centro cuando notaba que empezaba a estar mal.

 

 

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