Entre signos de agua

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Signos de agua

(Publicado originalmente el 27 de diciembre de 2015 en el blog de mi maestro, Jesús Chávez Marín: estilomapula.blogspot.mx)

Signos de agua es un libro que se compone de dos poemarios: En el nombre del agua, de Norma Luz González Rodríguez y Palabras silentes, de Alfonso Chávez Salcido.

En el nombre del agua, Norma Luz González Rodríguez:

La ausencia del agua, que fertiliza los sueños y algunas veces representa la esperanza en el versátil imaginario de Norma, se convierte en enormes extensiones de tierra cuarteada donde los amantes se buscan y ocasionalmente se encuentran para luego separarse, como ocurre en “Desierto para dos”:

“Tornas a la tierra cuarteada,
con los ojos ásperos
desmoronándose en polvo
¿por qué no quisiste ser tierra húmeda
donde atrapar raíces?”

La falta de agua, según Norma, es incapacidad de amar y resequedad del alma. Así, en el poema “En busca de humedad” leemos:

“Pobre,
padeces necrofilia
—temor a la respiración ajena—.”

“Si no quieres mis latidos
me los quedo yo.”

El agua que no llega es desencuentro y se niega a calmar la sed, tal como vemos en “Sumergir las redes”:

“Sumerjo las redes,
para recogerlas desiertas
o arrancar de otros la exhalación;
nutrirme del ciclo vida-muerte.”

En cambio estar lleno de agua es desbordarse de alegría, pleno de sangre… cuyo pariente es el vino. Echar un barco de papel a los torrentes furiosos que llevan a lo desconocido, a la exploración del otro y al descubrimiento de uno mismo. Y cito de “Día de San Juan”:

“Vestido de blanco,
está mi cuerpo desnudo
frente a quien moja la tela,
volviéndola traslúcida.”

“El día indicado por el calendario
para la fiesta del agua,
juego a bañarme con otros niños
que con la humedad
van dejando de serlo.”

Y no solo es explosión de alegría, globos que revientan, líquida metralla, sino a veces brisa, caricia fugitiva de ternura, intimidad. Norma nos dice en “Paracaídas al mar”:

“No hay recetas para ir a la cama.
Mi mejor plan es
un paracaídas hecho de otros brazos,
rumbo al fondo de mi propio mar.”

Pero el agua es mujer y también es caprichosa, como consta en “Navegante”:

“No creyó que hablase con la mar
aquel lenguaje de mujeres,
que impredecibles se alejan
cubiertas de lluvia.”

O, de acuerdo con “Momentos en balde”, el agua es como el capricho de algún seductorcillo que se ha decidido a utilizar en contra de la mujer sus propias armas:

“Cierro mis ansias con llave,
es preciso esperar.
Hay un instante exacto
en que vienen la poesía, la lluvia y tú:”

“cuando se les humedece la gana.”

El agua no siempre es agua, y es que a las salamandras, espíritus del fuego, les gusta disfrazarse de ella, quizá porque en los desiertos y en los infiernos, y en diversas orquestas, hay criaturas envidiosas que sienten curiosidad por ser tan populares como, con perdón de ustedes por el espantoso término periodístico, el líquido elemento. Esto lo sabemos por “Espejismo” y otros textos prohibidos por el Santo Oficio:

“Una imagen acuosa
levita en el aire.
Música de un concierto.”

No obstante hay demonios que se redimen y prefieren dejar el mito para volverse bichos endémicos aunque pasen, para la gente superficial, por seres políticamente correctos que dejaron de fumar para abrazar el agua. De “Salamandra” citamos:

“Perdió los pulmones
fumando fogatas.
Las consumía inundada de lluvia
mojada en lumbre.”

Si damos crédito a “Maremoto en Asia” el agua también contiene la desgracia, visiones apocalípticas y el gusto de las lágrimas:

“Sobre Asia
se vertió el mar Índigo.
aún más salobre se desborda
el océano en mis párpados.”

Dijimos… o dije yo… o alguien lo dijo por mí, que la poesía de Norma es versátil, un imaginario musical en el que coexiste el desierto y la primigenia selva tropical; la tundra (al agua le da por congelarse) y el bosque; el mar y los estuarios.

A veces es Chihuahua –citado hasta el hartazgo– a veces Oaxaca… Oaxaca, que se asoma en poemas como “Manantial” y “Árbol del Tule”. Cito íntegro este último poema por su delicioso parentesco con los cuentos de hadas, y porque no tiene nada que envidiar a los mitos germánicos ni a los vaporosos murmullos de los persas:

“El ahuehuete con raíces de lagarto
traspasa dos mil años de insomnio,
Anciano aguador que bebe del tiempo
mientras recoge sombras.”

Si hacemos caso a “Confluencias” el agua también es tormenta, liberación y posibilidades infinitas, pero Norma, como una verdadera poeta intuye, en “La conquista a un mar”, que:

“En el mar blanco,
cada página una ola,
que se baña en tinta.”

“Mojados mis dedos
entre líneas
levantan un caracol.
Pergamino coniforme de secretos líquidos.”

Y es que las páginas de un libro también fluyen como el agua y desembocan en el océano infinito de la imaginación.

Palabras silentes Alfonso Chávez Salcido

Mientras que En el nombre del agua, de Norma Luz González Rodríguez, es como una serie de arroyuelos furiosos que se abren paso por pendientes pedregosas, ansiosas por llegar al mar o de volver a los orígenes, Palabras silentes, de Alfonso Chávez Salcido, es como un río profundo y tranquilo.

La poesía de Chávez Salcido semeja una suave llovizna plena de melancolía, con olor a tierra mojada, que bendice con sus gotas las calles de Chihuahua.

“Signos del agua” es el poema que da nombre a este libro y en él se reflexiona sobre el quehacer literario, como seguirá haciendo el autor en poemas como Encrucijada, Diluvio íntimo, Los silencios no son ausencias, Palabras silentes (que da nombre al segundo poemario), y otros.

Para Chávez Salcido la lluvia es dulce, un pretexto para la ensoñación y la nostalgia, para la ocupación vouyerista de mirar por la ventana. En su poema “Lluvia” el maestro nos dice:

“Intento traducir lo que dice la lluvia, cuando graba en el concreto su mensaje anegado.”

“Letras húmedas y penetrantes que aturden los oídos resecos.
La niebla tañe un laúd de inundación, queriendo
ahogar con frases largas, lamentos y sueños, las caras borrosas en las ventanas.”

En “Nada” averiguamos que el agua también es tiempo que fluye y que no podemos retener, ya que se escapa por entre los dedos de las manos:

“Nada de lo que tenemos es nuestro
pertenece                 no sé              a las cosas de la realidad
Igual a un árbol
lago
un mar”

“Podemos tocarlas              sentir su cercanía”

“Luego debemos dejarlas              para que otros las vivan
con tristes ojos de melancólica visión.”

Chávez Salcido no es un poeta bucólico, su inspiración viene de las calles, que menciona en muchos de sus poemas, como en “Calle”

“La calle nunca calla
se despereza constantemente
aplastando soledades
los momentos de siempre
igual que ayer o mañana
hábitos que pesan en los cuerpos
todo en su sitio
el mismo lugar
idénticos pasos mecánicos que recorren la ciudad
canto al desamor     imágenes de rostros en concreto
domesticación de libertad,
mansedumbre.”

Poeta hegeliano (si se nos permite el “terminucho”), a Chávez Salcido le gusta enumerar los contrarios. Así, en “Conjugación en primeras personas”, leemos:

“yo      te miro en la penumbra
tú        te pierdes en el frío salón
yo        persigo tus silencios
tú        abres una sonrisa como flor”

La memoria de los poetas bebe de los orígenes. Chávez Salcido imagina el Mar de Tetis que alguna vez cubrió a Chihuahua:

“Chihuahua”

“Palabra de agua
nómada
perdida en el primigenio mar de Tetis,
memoria antigua
en las playas del océano imaginado.”

“Ríos de lágrimas cobrizas
sembradas en el viento.
Pinos y mezquites que cantan a las noches frías.”

“Vocales dulces mezcladas con espinas,
suelo arrugado,
permanente espera
de que el aire traiga la tormenta.”

“El sol se va todas las tardes
vestido de oro,
la noche se recuesta en su almohada
de nubes.”

“Enciende su lámpara de luna
y cantan los grillos
en la noche invernal
con alas rotas
para explotar estrellas
y alumbrar la oscuridad.”

El agua son los ojos de la amada, sitio fértil para el alma del poeta, como consta en el poema “Hábitat II”:

“Puedo vivir en tu mirada
con la eternidad en las pupilas
donde surgen los anhelos
en torrente”

El libro cierra con el poema “Quimera”, en el mismo tono memorioso y apacible:

“Una voz acaricia la tarde.
Se abre la ventana del recuerdo,
sueño elegido.
En la casa con flores y espinas
se oculta el follaje gris de la soledad.
La luz se enciende.
Las paredes revientan con humedad salina
y acordes de nocturno
Sonidos de tiempo ido,
¿cómo volver al camino sin pisar la memoria con el pie desnudo?,
¿qué tan real eres para verte bajo la luz de un farol callejero cualquier noche?”

Ambos autores consiguen crear dos poemarios que se entrelazan en sus concepciones y crean una unidad. Se trata de un libro altamente recomendable para leer una tarde lluviosa, de preferencia en un granero con techo de zinc donde azoten las gotas furiosas.

 

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