El cráneo de oro

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

El asesinato del rey Alboin, por Charles Landseer.

El asesinato del rey Alboin, por Charles Landseer.

Nota del editor de la revista científica “Arqueología Gótica”. Olso, Noruega, 1974. No. 147: Apuntes supuestamente encontrados entre los papeles del copista medieval Sven Hansen y atribuidos al escaldo Hrothgar Gunnarson por los teóricos de la conspiración. El conjunto parece contener fragmentos reales de una serie de cantos hasta ahora perdidos del autor de la Saga de Bor (los menos), adulterados groseramente con burdas falsificaciones modernas.

En el caso del siguiente fragmento se trata de una reelaboración de la historia del rey Lombardo Alboin (563-572) y de su esposa Rosamunda, anterior a la era vikinga. Aunque no imposible, es improbable que Gunnarson conociera dicho episodio.

I

Caminaba por los páramos helados en mi eterno vagar por la penumbra buscando material para mis cantos, o qué se yo. El viento arreciaba y la nieve inmisericorde golpeaba mi rostro a pesar del embozo.

Sólo me acompañaba mi cayado, un poco de hidromiel congelado y un mendrugo de pan; entonces lo vi, al pie de una colina de la que bajaban las gruesas raíces de un árbol al parecer gigantesco, pero la oscuridad del cielo me impidió determinar su tamaño: se trataba de un claro de roca negra, rodeado por toscas construcciones que databan de la era de los gigantes y me dije que a pesar del peligro que representaba para mí entrar a las tumbas abovedadas de los antiguos e incurrir en la ira de sus fantasmas nada podía ser peor que la tormenta.

Caminé entre los restos sin cúpula de los sepulcros inmemoriales, que semejaban los colmillos y las muelas cariadas de un dragón abatido. Busqué entre los pliegues de la colina y, luego de unos instantes que me parecieron una eternidad encontré la entrada, cubierta de arbustos y líquenes secos: la enorme piedra que la sellaba había sido ligeramente removida, ignoro si por antiguos ladrones de tumbas o por un terremoto.

Con grandes trabajos y no pocas magulladuras conseguí escurrirme hacia el interior del monumento funerario, donde me encontré en un largo y oscuro corredor.

Me tallé las manos hasta que mis dedos recuperaron parte de su sensibilidad, saqué mi daga, corté una rama gruesa de uno los arbustos y me las arreglé para fabricar una antorcha con harapos y líquenes, misma que encendí poco después, y procedí a adentrarme en el corredor.

A lo lejos vi una luz parpadeante y pensé que se trataría de otras personas que se habrían refugiado de la cruel tormenta, por lo que continué mi camino hasta llegar al final del corredor, que terminaba en una especie de sala donde vi a tres ancianas que hilaban a la luz de las antorchas y cuya sola presencia me llenaba de pavor, lo que me impidió huir.

—Pasa, hombre, que no mordemos; sólo somos tres ancianas hilanderas.

Las viejas rieron cascadamente; pero una de ellas retiró una piedra de uno de los muros y me ofreció queso, pan e hidromiel.

Un poco repuestas mis fuerzas me armé de valor y les pregunté:

—¿Qué hacen tres hermanas en estas soledades? ¿Cómo se llaman?

—Tú nos conoces y sabes a qué nos dedicamos. Somos las nornas a quienes los griegos llamaron Moiras y los romanos Parcas. Urd, “lo que ha ocurrido”; Verdandi, “lo que ocurre ahora” y; Skaldi, “lo que es necesario que ocurra”.

Las nornas hilaban intrincados diseños y, cada tanto tiempo, cortaban los hilos con unas tijeras afiladas: eran los destinos de los hombres y los dioses.

—Has viajado muy lejos, hombre, ni siquiera sabes en qué regiones de Yggdrasil te encuentras.

—¿Y qué lugar es éste?

—¿Y en qué otro lugar han de encontrarse las Nornas sino en las raíces del fresno? Pero no temas, escaldo, toma asiento, sírvete más hidromiel y come lo que desees: hace mucho tiempo te esperábamos para hablar contigo.

Me serví más hidromiel, que me animaron a mezclar con el agua de la fuente de Urdar, con la que las madres riegan las raíces del fresno para que éste no se seque y se pudra con todos los mundos que contiene.

El hidromiel y el agua abrieron mi visión y pude contemplar hechos antiguos, gestas que ocurrían en ese mismo momento en sitios lejanos y cosas que es necesario que ocurran, todas ellas íntimamente entrelazadas.

Dejad que os cuente acerca de los años olvidados, acerca de los espectros tenues desdibujados en el tiempo…

Os contaré de Alboin, rey de los lombardos, un pueblo emparentado con el nuestro, y de su esposa, la princesa Rosamunda, tal como las Nornas me lo contaron a mí.

II

—El rey apesta, a través de sus mantos de púrpura y de sus bárbaras joyas, a pesar del incienso de la Iglesia y de los aceites preciosos… el rey apesta —dijo monseñor Lucciani mientras las plañideras soñaban con héroes y reyes de antiguas canciones—. La cristiandad lo llora o digamos mejor que hace como que lo llora, pero sus dioses paganos forman cendales en las colinas hechos de niebla, olvido y lluvia —agregó para luego escupir, disimuladamente.

Monseñor Caturelli comentó en voz baja:

—Esos perros góticos han convertido en un muladar a Roma.

Las hilanderas reían. Nos encontrábamos agazapados entre las sombras, entre los cirios que goteaban, confundidos entre los dolientes; una de ellas me dijo:

—Rosamunda y Helmigis están por ser coronados; pero el duque Kleph ha formado una facción que se les opone: todos saben que el baño de sangre no ha hecho más que comenzar.

Salgamos de este sitio: deja que te muestre.

Alboin y Rosamunda, por Escuela de Rubens.

Alboin y Rosamunda, por Escuela de Rubens.

III

Hermann alzó la copa de plata llena de vino y, con los ojos ardientes tomó su hacha de guerra con la mano siniestra para encajarla en la enorme mesa de banquetes mientras vociferaba:

—¡Por Godan! ¡En verdad os digo que grandes tesoros aguardan a los héroes tras la batalla!

Hermann se tambaleó al tiempo que le daba otro trago a su copa. Los chorros de vino escarlata mojaron sus labios, empaparon su barba y gotearon hasta el suelo.

El guerrero arrojó su copa hacia un rincón, tomó una jarra llena del purpúreo líquido y, luego de vaciarla, continuó:

—¡Por la lanza de Alboin!

—¡Por la lanza! —gritaron los guerreros.

—¡Por su espada teñida de sangre!

—¡Por su espada! —corearon los guerreros.

—¡Por la entrepierna de su padre, el gran rey Alduino!

—¡Por la entrepierna de Alduino! —contestaron los salvajes lombardos mientras devoraban las reses troceadas, bebían cerveza y exquisitos vinos y manoseaban a las mujeres conquistadas.

Los músicos tocaban el tambor, soplaban la flauta, tañían el harpa y mujeres de distintas razas danzaban, lúbricamente.

Alboin el grande, el guerrero, el astuto. Alboin el de la barba gris se levantó de su trono (una silla romana enfundada en pieles) y, desafiando al vértigo, consiguió estabilizar su corpachón al tiempo que pedía silencio con una de sus manazas, pero luego de oscilar un poco se derrumbó en su silla, lanzó un resoplido y una apestosa y ruidosa ventosidad que arrancó las carcajadas a los presentes, quienes lo ensalzaron al tiempo que golpeaban la mesa:

—¡Alboin! ¡Alboin! ¡Alboin!

—¡Por el miembro de Alduino! —gritó Hermann y todos lo corearon:

Hermann se subió a la mesa blandiendo una jarra de cerveza y pisoteando los manjares:

—Hermanos, estamos reunidos en la victoria a la sombra de Alboin, rey de los lombardos.

Los músicos callaron: un silencio respetuoso inundó la sala de los banquetes.

—El rey Alboin, en alianza con nuestros amigos los ávaros, ha derrotado a Cunimundo, rey de los gépidos, y entre las joyas maravillosas del botín reclama a la princesa Rosamunda —gruñó el ebrio guerrero mientras lanzaba la jarra a uno de sus esclavos, quien se apresuró a dar una orden y la princesa Rosamunda, que se agitaba como una lobezna, fue arrojada al regazo del rey:

—¡Alboin y Rosamunda! —gritaron los thanes, los señores de la guerra.

Alboin acarició los rubios cabellos de Rosamunda y se levantó de su bárbaro trono para decir:

—Hermann, hermano por mi padre, un brazo de hierro ha sido el tuyo en la rojiza niebla de la batalla. He conquistado a la hija de un rey: que sea tuya la hija de un gran señor.

Alboin hizo un ademán con su mano izquierda y la guardia condujo ante Hermann a la bella Priscilla, toda ella revestida de seda y de perfumes: sus negros y ensortijados cabellos cubrían sus albos hombros. Hermann se cayó de la mesa ante el regocijo general, luego se levantó y dijo:

—¡Digno de tu grandeza es el premio que me concedes, señor —y tomó una copa de plata, misma que esgrimió ante los ojos de la muchacha, quien se apresuró a tomar una jarra para escanciar el vino a su nuevo amo.

Los enrojecidos ojos de Hermann, a través de unos párpados hinchados, recorrieron con lujuria las suaves formas de la muchacha.

—¿Te place? —preguntó Alboin mientras arrastraba a la princesa Rosamunda.

—Me place —respondió Hermann.

Alboin se dirigió a sus hombres de confianza con un guiño:

—¡Traed la copa de mis esponsales!

Los hombres rieron y le trajeron una caja finamente labrada y en cuyo interior forrado de terciopelo rojo se veía una calavera sin la mandíbula inferior y sin la bóveda craneal y que había sido recubierta de oro.

—¿Y qué es esto? —se atrevió a preguntar Rosamunda.

—Hermosa mía: es la copa de nuestros esponsales, es el cráneo de tu padre, Cunimundo, quien de ésta forma podrá sancionar nuestra unión.

—¡Perro maldito! —se resistió Rosamunda; pero Alboin la tomó de su larga y rubia cabellera con la mano izquierda y con la diestra alzó la terrible copa, que al punto le llenaron de vino, al que dio un sorbo, para luego obligar a la princesa a beber.

Alboin se dirigió a sus habitaciones con su presa en hombros, pero trastabilló y fue a dar al suelo con todo y la ilustre princesa, quien se dio un buen golpe en la cabeza cuando resbaló en el suelo de mármol para detenerse, abruptamente, contra uno de los muros del palacio. Las risotadas no se hicieron esperar. Los guardias levantaron al rey y a la princesa Rosamunda.

—Hijos míos… —balbució el rey, colgó la cabeza como un pollo y sus hombres se lo llevaron, junto a la princesa, a las habitaciones principales.

Todo era risas y jolgorio.

—¡Por Alboin! —gritó Hermann.

—¡Por Alboin! —contestaron los guerreros.

IV

Rosamunda fue arrojada al lecho junto a su nuevo esposo quien, luego de palpar sus senos, se hundió en un sueño de borracho, lleno de flemas y ronquidos.

Los guardias se quedaron mirándolos. Ella hizo como que dormía: finalmente se retiraron a abusar de sus esclavas.

Poco después Alboin roncaba: la cera virgen de los candelabros cobraba formas grotescas entre los dioses manes de la despojada familia patricia.

Y a la luz de las velas Rosamunda se levantó de su lecho de angustia y de espinas.

Descalza recorrió los pasillos que la llevaban a ese sitio donde los thanes, esos seres odiosos, celebraban su desgracia.

Rosamunda corrió el velo color celeste —apenas lo corrió— el velo que la separaba del salón de los banquetes.

Hermann se jactaba de las atroces victorias al lado de su jefe. Los guerreros, borrachos, lo aclamaban como al hermano bastardo del rey.

La noble Priscilla escanció la copa del enorme señor de la guerra, quien la miró por un instante, para luego tomarla con sus nervudas manos rojizas, llenas de pecas.

La espalda de Priscilla chocó contra la mesa. Recordó, por un instante, al gentil Sila, quien tanto alabara su belleza, su donaire, sus gentiles modos.

El bárbaro le arrancó los vestidos, jaló los pies de Priscilla hasta sus rojos hombros y procedió a penetrarla mientras todos reían, reían, reían sin piedad.

Priscila cerró los ojos y se refugió en imágenes de su infancia cuando, en los jardines de su padre, corría alegremente con su aro, o cuando jugaba con sus primos a la mosca de bronce. Generalmente era a Claudio a quien vendaban los ojos, y Claudio gritaba:

—¡Yo cazaré a la mosca de bronce!

—¡Tú la cazarás; pero no la atraparás! —gritaban los primos y corrían zumbando y revoloteando alrededor de la mosca, hasta que alguno de los más audaces era capturado.

También recordaba las tardes apacibles jugando con su pequeño deliciae o mascota: un hermoso conejo blanco que comía hierbas junto a la fuente…

V

Priscilla despertó de sus ensoñaciones para mirar el rostro barbudo de Hermann, quien le ordenó que se diera la vuelta para montarla; Rosamunda, a pesar de que estaba llena de terror recordó sus orígenes reales.

Y la furia dominó al terror:

—¡Hermann! ¡Maldito cerdo! ¡En el nombre de los Aesir y los Vanir yo te maldigo!

Hermann apenas la miró y volvió a poner su atención en Priscilla, quien se encontraba a cuatro patas. La patricia romana lloraba de pura humillación, de atroz abandono.

Los guerreros reían.

—¡Hermann! —gritó Rosamunda, con una voz desconocida, surgida de abismos insondables que los mismos dioses temían:

—¡Yo te maldigo en el nombre de las Nornas! ¡A ti y a tu rey!

Un viento helado agitó la luz de las antorchas: era el viento de las Madres, el aliento de las Nornas.

Los guerreros callaron: era el soplo del destino, era la voz de los espacios infinitos. Ni siquiera los que decían creer en el nuevo dios se atrevieron ante tan blasfemo juramento.

Y los dioses huyeron como ardillas, y los santos, y los ángeles todos, y la nueva religión era un lamento.

Rosamunda se acercó ante un alucinado Hermann, posó los rosados dedos de su linda mano en la frente del energúmeno y éste se desvaneció.

Rosamunda tomó de la mano a Priscila y ambas fueron devoradas por la cortina azul celeste que conducía a las habitaciones de Alboin…

VI

—Luego de la muerte de Hermann —continuaron las Nornas— el rey miraba a Rosamunda con terror; pero la blanca piel de su esposa, sus cabellos de un límpido oro y sus ojos lapislázuli lo embriagaban. Además Rosamunda comenzó a comportarse en forma zalamera con él, y Alboin se dijo que su hermano bastardo había fallecido a causa de los excesos.

“Alboin desconfiaba de los ávaros, esos demonios de ojos rasgados, así que decidió fingir que se convertía al cristianismo arriano para ganarse la lealtad de otros pueblos y al frente de sus huestes, que se nutrían de lombardos, gépidos, sajones, bávaros, búlgaros e incluso ávaros, abandonó Panonia durante la primavera del año 568, para llevar las guerras góticas al norte de Italia.”

“Tras cruzar los Alpes el rey inició una serie de combates y al año siguiente se apoderó de Friuli, donde estableció el primer ducado lombardo a cargo de su sobrino Gisulfo; partió en seguida con sus hombres y tras cruentas batallas el rey se hizo del control del valle del Po y de los Alpes, así como del centro de la Península Italiana: a donde quiera que iba lo acompañaba un río de sangre y un manto de cadáveres; únicamente las ciudades de Roma, Rávena, Milán y Pavía podían resistirse; no obstante ese mismo año Milán cayó derrotada.”

“El rey ordenó un largo y terrible asedio y, al pasar tres años, Pavía capitulaba. Mientras tanto nosotras tejíamos los destinos: la princesa nos había invocado y al rey le esperaba un cruel final.”

“Imagina la soledad de la reina; pero gracias a Priscilla, su esclava, y a su astucia, lentamente fue gestando su venganza y sedujo a Helmigis.”

“Fue un 28 de junio del año 572 cuando, en la cúspide de su gloria el rey Alboin, agotado por los excesos, decidió dormir una siesta.”

—¡Vamos, mujer! Este vino romano ha conseguido agotarme.

—Mi señor ha guerreado y presidido banquetes sin detenerse durante largos años. Es bueno que descanse un poco para que pueda continuar cosechando hazañas, mismas que serán registradas en runas de oro.

“El rey se despidió de sus comensales y Rosamunda, abrazada de Alboin, le dijo a su esclava:”

—Priscilla, trae dos copas de oro, como le gustan a mi señor, y pídele a Helmigis que te alcance un ánfora de vino porque dudo que al rey de los lombardos le guste entregarse al sueño antes de beber unos sorbos en sus habitaciones, además de que estará sediento cuando despierte.

“Alboin le dio una palmada en el trasero a su mujer, soltó una carcajada y exclamó:”

—¡Ja! ¡Tú sí que conoces a tu marido, Rosamunda!

“Una vez en su lecho el rey de los lombardos consiguió trasegar seis o siete copas más y el sueño comenzó a vencerlo.”

—Déjame que te ayude a desnudarte, esposo mío.

“Rosamunda le quitó las botas y desabrochó el cinto que ceñía la espada y le quitó el manto; pero el rey, por una antigua costumbre retuvo el arma cerca de sí.”

Poco después Alboin cayó en un sopor alcohólico. Sigilosamente Rosamunda retiró la espada, abrió la puerta, cuyas bisagras había untado con aceite, y entregó el arma a Helmigis, quien cerró tras de sí.”

—¡Despierta, Alboin, rey de los lombardos!

“Alboin abrió los ojos inmediatamente para enfrentarse a la mirada de su mujer: eran los ojos helados del destino; pero reaccionó rápidamente y buscó su espada a tientas, inútilmente, pues Helmigis la empuñaba. Intentó defenderse con un estrado, pero éste se hizo pedazos ante el filo de su propia espada. Al saberse indefenso gritó de espanto y cayó en medio de una sinfonía de sangre y alaridos”.

“Alboin, rey de los lombardos, terminó sus días en el horror.”

 

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