El tigre más grande del mundo

Por Fernando Marco Sassone

Fernando M. Sassone

El curso de mi vida ha sido común, en mis sueños siempre vi tigres.

Jorge Luís Borges. El tigre azul.

Entre mis tantas anécdotas de vida, nunca podré dejar de contar la de la cacería del famoso tigre de Amur, o tigre siberiano, el felino más grande que jamás haya existido.

Treinta días de implacable búsqueda en la nieve, acechando a decenas de tigres y osos, buscando una pieza digna de mi bravura. No cualquier tigre estaba destinado a convertirse en mi presa. No se trataba únicamente de una cuestión deportiva, también mediaba una cuestión estética: Solo una bestia magnífica, la mayor de todas, podría convertirse en alfombra de mi living.

Muchas son las cosas que podría contar sobre aquella epopeya: los intentos de amotinamiento, la escasez de provisiones, el brote de cólera, las ampollas en los pies, el insoportable sabor de la comida sin sal, o la muerte de nuestro guía, quien fuera víctima de una enfurecida grulla que lo picoteó hasta la muerte por haber utilizado su nido como almohada en una de sus acostumbradas y secretas siestas. Pero no me entretendré con detalles y anécdotas menores.

El día señalado amanecí, como de costumbre, más temprano que mi equipo de cazadores tártaros, que siempre dormían a pata tendida hasta el alba. Madrugaba para encontrar en la soledad de la mañana, una atmósfera propicia a la meditación, disciplina fundamental e imprescindible para compenetrarme con mi misión.

A las cinco y media de la mañana relevé al guardia nocturno y, como cada día, en total soledad, me dispuse a comenzar mis ejercicios de meditación. Los ejercicios, nada ortodoxos, lo reconozco, incluían la preparación de un suculento desayuno criollo, consistente en un jarro de mate cocido y una tostada de dulce de batata y queso, desayuno que, por cierto, no estaba dispuesto a compartir con nadie, habida cuenta de que la yerba mate era un bien más que preciado en aquellas latitudes, que no podía reponerse en las exóticas tiendas siberianas, y de que, además, ninguno de los lugareños tenía un paladar capaz de valorar los simples pero imprescindibles sabores del Río de la Plata.

Los ejercicios de meditación se completaban con el entrenamiento de la degustación, una sutil y fina forma de entrenar el olfato, un sentido fundamental para mi empresa. La meditación terminaba con el entrenamiento del control y la disciplina. Pocos son los hombres capaces de controlar el impulso de ingerir más de una tostada de dulce de batata y queso. Yo era uno de esos elegidos. La regla era: Una sola tostada por desayuno. Sólo me permitía quebrar esa regla los días en que debido al frío imperante, comía dos o tres tostadas en una misma meditación. No se me puede culpar de que casi todas las mañanas fueran gélidas en la fría Siberia. De hecho, recuerdo claramente una mañana que no lo fue.

Pero volvamos a aquel día. Sin retardo, calenté el agua para el mate cocido y tosté tres rodajas de pan que pronto recibirían las generosas y deliciosas tajadas de dulce de batata y de queso. Ansiaba ese desayuno. Me serví el mate en mi jarrito de chapa enlosada color amarillo pálido con el borde repujado color verde (la estética y la tradición son fundamentales en este tipo de ceremonias) y me armé la primera tostada mientras pensaba en el glorioso animal que veníamos persiguiendo. Llevábamos dos días tras el rastro de un espécimen singularmente grande. Por el tamaño de sus huellas había podido calcular su peso en no menos de trescientos cincuenta kilos.

Lo imaginaba corriendo hacia mí, en cámara lenta, con toda su ferocidad. Yo, tomaba mi rifle y apuntaba entre sus ojos, esperando el momento indicado para disparar. Nuestras miradas se conectaban y se establecía una conexión única, íntima, como la que solo una presa y su cazador conocen. La fiera se intuía vencida pero, incapaz de torcer su destino, saltaba hacia mí en un momento eterno. Yo, con la calma que solo un experimentado y sabio cazador puede tener, hacía una pausa para permitir que la tensión alcance su clímax, y solo entonces, un instante antes de que el tigre pudiera alcanzarme, jalaba del gatillo. La bala acertaba en la bestia, que caía muerta en mis brazos. ¡Ah! ¡Qué hazaña! ¡El mundo entero hablaría de mi proeza!

Alucinaba con estas fantasías y otras improbables alternativas cuando escuché un crujido de ramas entre los arbustos. Giré mi cabeza y vi a un tigre inimaginablemente grande. Yo, absolutamente desprevenido, sentado en un tronco, en medio de mis fantásticas cavilaciones. Mi rifle, descansando, inalcanzable, ¡maldita sea!, contra un árbol vecino. En mi mano derecha, el jarrito con mate cocido, en la izquierda, la tostada cargada con dulce de batata y queso. La fiera se acercaba lenta y plácidamente, mirándome a los ojos. El terror, u otra inexplicable fuerza, me imposibilitaban cualquier tipo de movimiento.

Es bien sabido que la mirada de un tigre y su particular ronroneo de baja frecuencia tienen el efecto de paralizar a sus presas. Es también sabido que si la presa interrumpe ese contacto visual, el tigre consuma su ataque. Me esforcé para ingeniar un plan de acción pero mi mente se negaba funcionar. Me preparé entonces para hacer lo que mi instinto más elemental y básico me dictaba, esto era, tirarle la tostada a los ojos y emprender una fuga desesperada. Sopesé la acción que estaba por emprender y no pude más que aceptar mi fin.

No miento cuando afirmo que, al igual que tantos otros hombres que han estado al borde de la muerte, vi, en una fracción de segundo, pasar ante mí toda mi vida, como en una película.

Era una película clase B en la que yo aparecía como una mezcla del Tarzán de la serie de televisión (el interpretado por Ron Ely), y Daktari. Hecha esta última relación, se cortó la proyección de mi vida y súbitamente vinieron a mi mente dos de los divertidos personajes de la serie Daktari: Clarence (el león bizco), y el inefable Toto (el pequeño y travieso chimpancé). Con estos estúpidos pensamientos desperdicié los últimos segundos de que disponía para reaccionar o para terminar mi vida con alguna reflexión suprema.

El tigre estaba ya a escasos dos metros y continuaba acercándose lenta e inexorablemente. Me mordí los labios y cerré los ojos buscando una idea milagrosa que me redima, pero reaparecieron Clarence y Toto, dueños y señores de mis neuronas en el momento más trascendental de mi vida. ¡Tenía que actuar!, ¡ese no podía ser mi fin! Me encomendé al Altísimo y dispuse todos mis músculos para una acción heroica, es decir, la tostada a los ojos y la fuga desesperada… pero ya todo era inútil, el tigre estaba a medio metro. Nuevamente cerré mis ojos implorando que no apareciese ese estúpido mono, Toto y el virolo león. Y los vi una vez más, se alejaban corriendo por sus vidas, aterrorizados por el mismo tigre que acabaría con la mía.

Al fin con la mente en blanco, quedé inmóvil, aceptando mi destino.

Escuché un corto rugido y sentí un frío húmedo que recorrió mi mano izquierda. Al abrir los ojos alcancé a ver la lengua del tigre zampándome la tostada de dulce de batata y queso. Fue lo último que vi antes de desmayarme.

Cuando media hora más tarde se despertaron los cazadores tártaros, me encontraron tirado al lado de la fogata. Lo primero que vieron estos curtidos y experimentados hombres fueron las enormes huellas del tigre alrededor mío. Mientras algunos intentaban reanimarme, otros analizaron y debatieron entre ellos el caso sin lograr comprender cómo podía encontrarme con vida sin un rasguño siquiera.

Movidos por la incertidumbre más que por la preocupación, a costa de repetidos y bruscos cachetazos lograron reanimarme. Vuelto en mí, fui indagado sobre lo sucedido y, viendo decenas de pares de ojos fijos y expectantes sobre mí, me decidí a contarles lo sucedido.

Antes que nada les expliqué que, encontrándome privado de mi rifle y con la fiera acechándome, había decidido entablar la más peligrosa de las contiendas, la lucha de voluntades. Un enfrentamiento en el que la criatura inferior se somete y subyuga a la superior.

De modo que había bastado exponer mi entereza, mi coraje y mi fuerza interior para amedrentar al tigre que, reconociendo mi superioridad, se retiró vencido. Lógicamente, terminada la lucha y extenuado por el inmenso esfuerzo físico y mental, me había desvanecido.

En el fondo, no creo haber faltado a la verdad; todo depende de cómo se analice el asunto.

A partir de ese momento pasé a ser una especie de semidiós para aquellos pobres diablos, que me llevaron a su aldea y me tuvieron un mes y medio festejando la hazaña entre licores, aguardiente, burdos banquetes y fascinadas féminas que se me entregaban esperando concebir un hijo mío con la fuerza del majestuoso tigre.

Aquel había sido el momento más trascendental de mi vida, cuando habiendo visto a la muerte de frente, vencí. Fue sin duda mi “veni, vidi, vici”

Con el paso de los años, como suele suceder en estos casos, los hechos se fueron engrandeciendo con el color y los bemoles que gusta de agregar el populacho, y con los distintos folklores locales, llegando a adquirir tintes de leyenda, al punto de que hoy en día hasta se llega a dudar de la veracidad de la historia. Pero, mis queridos amigos, lo narrado no es más que la pura verdad, no podría mentir.

En cuanto al final de la historia… entre festejos y festines en la aldea tártara, no tardé en darme cuenta de que mi situación era la de un cautivo, un cautivo en jaula de oro, pero un cautivo al fin.

Fue así como, en el día cuarenta y cinco de mi estadía, terminada la noche de juerga y cuando ya todos dormían el sueño de Baco, logré escabullirme entre las sombras, alejándome definitivamente de la aldea.

Llevaba tan solo una alforja de mano con algunos alimentos y una cantimplora con agua. No quise mirar atrás. Me imaginé envejecido entre pieles, caballos, fuegos y asado de cordero, lleno de días y de hijos. Apuré el paso y me perdí entre las primeras luces del alba.

Los años han pasado y nunca dejé de practicar la caza deportiva, aunque, desde entonces, jamás salgo de expedición sin una buena provisión de dulce de batata y queso.


Fernando M. Sassone

Sobre el autor

Fernando Marco Sassone Argentino, nacido en Buenos Aires, en 1969 Es autor de cuentos y crónicas de corte dramático o existencialista, así como el género humorístico. Cultiva una escritura concisa y despojada, por momentos emotiva, que incita a la reflexión. Ha escrito ensayos sobre teoría fotográfica (“Lenguaje fotográfico y autor”, “La sintaxis fotográfica”, “La distorsión, elemento fundacional del arte fotográfico”), y reseñas sobre fotografía, cine, literatura y arquitectura. Su obra fotográfica incluye reportajes y ensayos como “Impresiones de Bolivia”, “Isleños”, “Argentina al Norte”, “Microgarden”, “Infancias”, “Identidad Robada” y “Retratos comunes”.

Links:

www.singularidad.org

www.blog.singularidad.org

 

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