Solo un año mas

Por: Salvador Joel Ramos Flores

Sólo un año más

I

El camino parecía no tener un destino fijo; gigantescos árboles verdes se enfilaban a la orilla del camino junto con frondosos arbustos que simulaban susurros de los unos con los otros. Aunque viejo, el carruaje era elegante: hermosos interiores en piel negra, cortinas de satín y detalles metálicos dorados daban la impresión por dentro de ir en uno de los mejores de la época; avanzaba velozmente, pero a su tripulante le parecía demasiado lento; en aquel solitario camino rodeado de imponentes y antiquísimos árboles el viento jugaba con las copas de los árboles que daban el único movimiento de los alrededores: un camino tranquilo, lleno de sonidos de hojas que movía el viento y sombras que imprimían un ambiente de tranquilidad  y hermosura.

Un clima cálido y tibio era el que prevalecía en aquella tarde de junio; Frederick se preguntaba cómo estaba sir John; él era su tío, sin embargo siempre lo veía con sumo respeto y nunca llego a decirle “tío” con mucha familiaridad, así que siempre lo llamaba “sir John”; un viejo acaudalado que había logrado su riqueza y la de su familia al encontrar diamantes en una vieja mina. Esta mina había pasado de generación en generación hasta llegar a sus manos pues el fue el único hombre en turno de su linaje que pudo hacerse cargo de ella.

Sin duda alguna un verdadero golpe de suerte, pues de ser un simple minero dueño de un hoyo que parecía no tener más que dar se había transformado en un hombre rico casi de la noche a la mañana. No podía ser otra cosa más que un milagro, y en efecto desde ese momento la vida cambió radicalmente para el en aquel momento pobre y joven John y sus pequeñas hermanas, Margolet y Sophia. Él había tenido que cuidar de ellas desde su juventud pues sus padres murieron estrepitosamente en un accidente, siendo Sofía la madre del ahora joven Frederick. Sí, muchos años habían pasado ya de eso y sir John era un anciano aristócrata, respetado por toda la comunidad que lo conocía.

Frederick, un joven ansioso por explorar la vida y el mundo, no conocía el sufrimiento de la pobreza pues cuando nació la familia ya estaba encumbrada en una alta posición económica y social; sí señor, él era el único familiar hombre de sir John y a quien pensaba heredarle todo aquel imperio, pero para que le fuera posible administrarlo correctamente Frederick Roderick recibía la mejor educación que en Inglaterra se pudiera impartir y tal vez era la mejor del mundo y para permanecer en estas exclusivas escuelas sir John se encargaba de las cuentas que éstas generaban, y por lo tanto Frederick le tenía un gran respeto, como su benefactor y como la leyenda que el viejo representaba, así que lo menos que podía hacer era pasar los veranos con su tío y aprender lo más que pudiera y por supuesto descansar y divertirse como un joven de su jerarquía merecía.

—Estamos por llegar, joven Roderick —dijo el conductor del carruaje; en ese momento Frederick sintió una gran emoción, un  gran alivio. Empezaron a venir a él tantos recuerdos que tenía de esa vieja y enorme mansión; por fin llegaron: Anthony, el mayordomo, ya lo esperaba en las escaleras de la entrada, aguardando a ver a su joven amo a quien él tenía tanto aprecio, puesto que Anthony había visto a Frederick crecer desde que era un bebé.

Al fin el carruaje se detuvo ante las escaleras de la casa: finos pisos de mármol  negro italiano lucían hasta la fuente de piedra que se encontraba antes de las gigantescas puertas de aquella casona. Casi de un brinco alcanzó Frederick las escaleras y con igual rapidez fue a saludar a Anthony pues el muchacho también le tenía un gran afecto ya que Anthony había sido su amigo de juegos en su niñez, durante aquellos veranos en los que Frederick se divertía al salir al bosque y perseguir mariposas y bichos.

—¡Cómo está cambiado, joven amo! Parece usted ya todo un adulto.

Riéndose Frederick le contestó a Anthony:

—Ya pareces más viejo, sin duda; creo que no podrás jugar más conmigo.

—Así parece, joven amo —contestó el mayordomo mientras lo conducía a las puertas de la casa—. ¿Tuvo un buen viaje?

—Sí, algo cansado pero muy tranquilo, y mi tío, ¿cómo ha estado últimamente de salud? —preguntó Frederick.

—Perfectamente bien, joven, usted sabe que su tío es como uno de esos robles del bosque, ¡fuerte! —comentó el mayordomo.

—Sí, así es —afirmó el joven.

Y riendo los dos entraron a la casa para instalar a Frederick en su acostumbrada habitación para que descansara y esperara a su tío, quien llegaría al anochecer pues se encontraba en la cuidad arreglando negocios, que era la mayor pasión de sir John aparte de convivir con su sobrino.

Frederick comenzó a desempacar una vez que terminaron de llevarle su equipaje y se puso a guardar sus ropas en aquel pesado armario y no pudo evitar voltear a verse en el espejo: ya no era un niño, se veía y se volvía a ver para comprobar que no era una ilusión aquello que observaba: era ya un joven; de cabellos castaños, ojos café claros, tal y como eran los de su madre; por parte de su  padre había heredado una tez de piel blanca casi amarillenta, una complexión un tanto delgada sin llegar a la escualidez y una estatura mediana; sin duda que no era nada mal parecido pero no tenía mucho éxito con las jóvenes que lo rodeaban.

—No te preocupes, la indicada llegará en su debido momento —le decía su tío en tono de broma cuando lo veía decaído—; pero debes tener cuidado pues ellas son muy engañosas y suelen jugar con los sentimientos de un hombre, por eso te digo no le debes entregar a una mujer “ni todo tu amor, y por supuesto, tampoco todo el dinero”.

—Está bien, tío, lo tendré en cuenta —le contestaba Frederick a su tío; pero con un tono como queriendo decir que a él nunca le pasaría eso.

¿Eso de que?, sí, en efecto, eso de enamorarse; ¿y cómo podría haber sabido lo que el destino le tenía preparado?

Por fin cayó la noche y le avisaron que bajara a cenar pues su tío ya había llegado y traía visitas que quería que conociera; en fin, Frederick rápidamente se alistó para bajar, pero más que todo quería saludar a su tío y mostrarle lo bien que había terminado el año escolar. Se dirigió al comedor, mas al llegar no encontró a nadie, entonces entró a la cocina y saludó a todos y le preguntó a Miller dónde estaban las visitas y su tío.

—Me parece que están en la biblioteca, joven —contestó el cocinero Miller.

—Bien, iré a reunirme con ellos —dijo Frederick y se despidió para ir a la biblioteca. Sentía una gran emoción de ver a su tío después de tanto tiempo y en el transcurso a la biblioteca se preguntaba qué clase de viejos había llevado sir John; al entrar a la biblioteca se encontró entre tenues luces de velas con tres siluetas y en seguida una de ellas se paró y reconociéndola con gran seguridad fue y la abrazó con firmeza y le dijo:

—Querido sir John, he estado impaciente por saludarlo y estrecharlo.

—Yo también he extrañado tu compañía y sobre todo esos interminables juegos de ajedrez que tanto disfruto contigo —contestó el afectuoso tío—; pero permíteme presentarte a mis invitados, querido sobrino.

En ese momento se acercó la senil figura de un caballero que ya venía ofreciendo la mano a Frederick.

—Él es el conde de Railes y lo he invitado a quedarse pues trataremos asuntos sobre cierta gema que le interesa —exclamó el tío con gran alegría pues los negocios eran su modo de vida.

—Así es, joven Roderick —dijo el conde de Railes—. Por cierto, acércate Angelyna y saluda al heredero Frederick Roderick —dijo en tono gracioso el conde mientras soltaba algunas risas.

Se acercó la jovencita a saludar a Frederick y éste no prestaba mucha atención, hasta que ella le tendió la mano para que se la besara y completó el gesto con una pequeña reverencia que mostraba sus beneplácitos; sin embargo en ese momento, en ese preciso momento, Frederick quedó perplejo ante aquella divina y virginal  figura: realmente era un ángel para los ojos de Frederick. Se trataba de la joven más hermosa que jamás había visto antes: era una tierna criatura de complexión delgada con el rostro de un ángel, ¡vaya que era cierto!, tenía unos ojos del color de una par de esmeraldas, unos labios rojos como si fueran cerezas, unas lindas mejillas sonrojadas; sus cabellos, que llegaban hasta la cintura, eran dorados como los rayos del sol al despuntar el alba.

Frederick, ante aquella aparición divina, no tuvo mucho que decir, pero su corazón daba vuelcos dentro de él y comenzó a sentir aquella sensación que todo ser humano siente por lo menos una vez en su juventud: una revolución de mariposas en su estómago, aquellas mariposas que de pequeño quiso atrapar en ese momento tomaban revancha, y sentía que le revoloteaban cientos, no, no cientos, sino miles dentro de su estómago.

—Un placer, joven Frederick Roderick —dijo la encantadora criaturita.

—Ella es mi nieta, me parece que es un poco menor que usted, Frederick —comentó el conde.

—Tiene aproximadamente cerca de 17 años su nieta, ¿no es así, conde? —dijo sir John.

—Precisamente —contestó el conde de Railes.

—Pues no es muy joven respecto a la edad de mi sobrino: él cumplió 18 el mes pasado, ¿no es así, Frederick? —cuestionó sir John.

Frederick no podía decir nada, estaba inmutado por la presencia de Angelyna, así que sólo asintió a la pregunta con un ligero movimiento de cabeza

—Pues ahora que lo menciona, sir John, quiero hacerles la invitación a la fiesta que ofreceremos el próximo mes, con motivo de mi aniversario de bodas.

—Felicidades por eso, entonces —dijo sir John.

En ese momento apareció Miller y les informó que la cena estaba lista; sin embargo Frederick no podía dejar de mirar a Angelyna y la joven correspondía discretamente a sus miradas; toda la cena se voltearon a ver mientras escuchaban lo que comentaban el conde de Railes y sir John.

Al terminar la cena el conde ofreció seguir la plática con sir John y éste, alegre, aceptó, llamó a Anthony y le dijo que le mostrara a la señorita cuál era su habitación, pues ella y el conde pasarían un par de días con ellos. Cuando el mayordomo se disponía a cumplir la orden Frederick, sin perder un momento, se ofreció a acompañar a Anthony y a Angelyna hasta la habitación de ella; durante el transcurso ninguno supo que decir, sin embargo se volteaban a ver fijamente y parecía como si ya supieran todo el uno del otro: sólo se sonreían y seguían a Anthony.

—Que pase buenas noches, señorita —dijo el mayordomo, y antes de que pudiera pensar bien lo que iba a decir, Frederick invitó a Angelyna a dar un paseo:

—¿Le gustaría acompañarme mañana temprano por los alrededores de la mansión y el bosque?

—Claro que sí, sería magnifico.

II

A la mañana siguiente Frederick ya esperaba impaciente a Angelyna en el comedor; no mucho después bajaron ella y el conde a desayunar junto con sir John; una vez que terminaron Frederick le preguntó al conde si le permitía mostrarle a su nieta los alrededores de la mansión; éste dijo que le parecía muy buena idea pues la pobre de Angelyna no había convivido más que con adultos los últimos días y le haría bien despejarse un poco.

Antes de que salieran sir John llamó a Frederick y le comentó que él y el conde partirían a la ciudad y no regresarían hasta tarde, así que debía atender a la invitada y hacerse cargo de cualquier situación que se presentara.

—Sin embargo no te preocupes mucho, Anthony sabe qué hacer exactamente; si necesitan algo sólo indíquenselo a él.

Los ancianos se despidieron y se marcharon, por lo que Angelyna y Frederick quedaron solos.

—¿Desea partir ahora o prefiere descansar un poco antes, señorita? —preguntó Frederick.

—Pues partamos ahora puesto que el desayuno fue ligero —contestó Angelyna.

Los dos jóvenes comenzaron a caminar por los alrededores y a platicar un poco sobre ellos; ambos estaban nerviosos y no sabían qué decir: tartamudeaban un poco y trataban de evitar su inseguridad al hablar.

—¿Viaja mucho con su abuelo, señorita?

—Angelyna, llámame Angelyna y yo simplemente te llamaré Frederick, ¿te parece? Es mejor la familiaridad que tanta propiedad.

—Sí, hablando de esta manera parecemos un par de viejos como mi tío y tu abuelo.

El silencio invadió ese instante y Frederick pensó:

—¡Dios! ¡Qué tonto he sido con semejante comentario! Pensará que soy un irrespetuoso—; pero enseguida Angelyna estalló en carcajadas, Frederick se tranquilizó y comenzó a reír junto con ella.

Después de eso las charlas fueron más amenas y los jóvenes comenzaron a congeniar más y más; pero de cualquier forma los dos seguían sintiendo un poco de nerviosismo al mirarse uno al otro, y de vez en cuando los dos se quedaban viéndose fijamente a la cara y no decían nada para luego reír.

Llegó la tarde y los dos fueron a parar de nuevo a los jardines de la mansión.

—Pues aquí es donde he pasado todos mis veranos, Angelyna. ¿Qué opinas?

Y la joven contestó:

—Me parece que es un lugar maravilloso para haber crecido y me han encantado todos los sitios que me has mostrado, y no te preocupes, el bello jardín oculto en aquellas ruinas será desde ahora nuestro secreto: no se lo contaré a nadie.

—Muy bien, pues muchas gracias; por cierto ¿tienes hambre?

—¡Oh, sí!, muero de hambre —contestó Angelyna.

—¿Te parece si merendamos aquí afuera, en los jardines? —preguntó Frederick.

—Me parece perfecto, puesto que la tarde es muy bella y así podremos ver la puesta del sol.

Así lo hicieron y merendaron; en seguida los dos se pusieron a platicar y a bromear un poco, hasta llegar al punto en que jugaron aventándose algunas migajas de pan; terminaron por perseguirse uno al otro hasta que Angelyna repentinamente se tropezó y quedó tirada en el pasto; cuando vio esto Frederick inmediatamente corrió para ver si se encontraba bien: ella le dijo que no,  que se había torcido el tobillo por lo que no podía pararse, ni siquiera apoyar un poco el pie puesto que le causaba un gran dolor; en ese momento él le dijo que le revisaría el tobillo para comprobar que no se hubiese fracturado.

Parecía normal, así que la cargó hasta la mansión donde inmediatamente los sirvientes la llevaron a su cuarto y corrieron a buscar a un doctor.

Más tarde en la mansión el doctor comentaba:

—No hay problema, es sólo una torcedura; pero le recomiendo descansar y no forzar demasiado el pie; sin embargo en un par de días estará como nueva, señorita Angelyna.

En esos momentos llegaban sir John y el conde de Railes; cuando se les avisó del percance fueron de inmediato a las habitaciones de Angelyna, donde encontraron al doctor y a Frederick. Éste les informo que no había por qué preocuparse, así que pasado el susto decidieron dejar descansar a Angelyna; sir John y el conde salieron a despedir al doctor mientras Frederick se disculpaba con Angelyna.

—Fui un insensato, no debí llevar la situación para jugar de esa manera, olvidé que eres toda una dama; sin embargo me la pasé muy bien.

—Yo también —le contestó Angelyna—. Y a decir verdad creo que no cambiaria por nada estos momentos —enmudeció por unos instantes y prosiguió con una voz más suave—: creo que no me había divertido tanto hacía ya mucho tiempo —terminó diciendo la risueña pilluela.

—¿De verdad? —preguntó incrédulo Frederick y continuó—: yo tampoco, usualmente cuando vengo aquí me siento muy solo; si no fuera por mi tío y por Anthony este lugar me mataría de aburrimiento, pero hoy contigo he tenido un día inolvidable.

En ese momento lo interrumpió Angelyna.

—¿Podrías acercarte aquí a la cama? Quiero decirte algo muy importante.

Frederick se levantó de la silla y se sentó a un lado de Angelyna: sus miradas se entrelazaron: se miraban fijamente, de nuevo; lentamente sus cabezas se acercaban, y los labios de uno iban buscando los labios del otro. Estaban a punto de besarse, cuando escucharon las voces del conde y de sir John, que se acercaban por el pasillo e inmediatamente Frederick se levantó casi de una salto de la  cama; en eso los ancianos entraron y comentaron que ya era tarde, que había que descansar pues el conde y Angelyna partirían al amanecer y con el pequeño incidente sería mejor dejarla descansar, por lo que se despidieron y fueron todos a sus respectivas habitaciones; pero los dos jóvenes no podían dejar de pensar el uno en el otro.

Al día siguiente el conde y su nieta partieron muy temprano, así que los jóvenes no tuvieron oportunidad de hablar; pero quedaron de acuerdo en encontrarse en la fiesta que ofrecería el conde.

Así los días pasaron uno tras otro; para Frederick semejaban una dolorosa eternidad pues no podía dejar de pensar un solo instante en otra cosa que no fuera Angelyna: cavilaba sobre lo que le iba a decir, en cómo iría vestida, si ella pensaba de la misma forma en que él pensaba en ella; estas preguntas intrigaban a Frederick a cada momento, a cada instante.

Por fin la fecha se acercó y Frederick no podía disimular su impaciencia por verla de nuevo, así que se decidió a enviarle una carta; en ella él le decía que había disfrutado mucho su estancia en la mansión, y recordaba las cosas que habían comentado, y todos los momentos que vivieron; que casi no podía esperar por verla de nuevo y que tenía algo de extrema importancia que debía comunicarle.

Ella al recibir esta carta se emocionó mucho y aún más cuando le dio lectura. Recodaba los momentos en que estuvo con él en el “jardín secreto” de la mansión: a su memoria acudió cómo habían platicado y reído mientras se mecían en un par de columpios viejos; fueron momentos simplemente perfectos: estaba impaciente por verlo.

Llegó el día de la fiesta y todos comenzaron a llegar al castillo de los condes de Railes: era una noche perfecta, el cielo despejado, la luna llena. Corría una brisa fresca, y una mágica sensación flotaba en el aire; Frederick y su abuelo arribaron por fin al castillo. El joven volteaba hacia todos lados; pero no la veía por ningún sitio.

—Vayamos a felicitar a los condes —dijo sir John a Frederick.

—Por supuesto, tío.

Así que fueron a saludarlos y felicitarlos por su quincuagésimo aniversario de bodas; los condes, gratamente, los saludaron.

—Nos honran con su presencia.

—La condesa está muy feliz por el regalo, sir John; sin usted nunca hubiera podido haber conseguido una joya mejor que la que le regalé a mi esposa; muchas gracias —le comentó el conde, en voz baja, a sir John.

Se trataba de un juego de aretes y un collar de increíbles zafiros incrustados en delicadas piezas labradas en oro: una verdadera reliquia que alguna vez le perteneciera a la esposa de un poderoso zar.

—Por cierto, joven Frederick, me parece que mi nieta querrá bailar con usted —comentó con picardía el conde.

La fiesta comenzó y Frederick se desesperaba cada vez más pues no veía a Angelyna por ninguna parte; de repente la gente se apartó y a lo lejos apareció la figura de la bella joven que parecía también buscar a Frederick; inmediatamente sus miradas se encontraron y ambos sonrieron: él se acercó a saludarla.

—¡Luces cual estrella impresa en el firmamento de la eternidad! —le dijo Frederick a Angelyna mientras le besaba la mano para saludarla; ella graciosamente le contestó el saludo, inclinando un poco la cabeza.

La música comenzó a escucharse, así que Frederick invitó a la joven a bailar y ella aceptó gustosa.

Mientras bailaban los dos jóvenes conversaban; sin embargo no podían escucharse muy bien por el ruido de la música y la algarabía de la gente, así que decidieron continuar su charla para más tarde puesto que no querían dejar de bailar, ya que los dos se sentían muy cómodos en su mutua compañía.

La música se detuvo; pero los dos seguían bailando, como si aquella música que ellos escuchaban viniera de sus almas. La gente comenzó a ir al comedor para la cena; de repente se percataron de ello.

—Ahora podrás decirme eso tan importante que me mencionaste en tu carta, Frederick.

—Sí, de lo que te quería hablar era que yo… que yo… que yo te…

—Angelyna, apúrate que todos están pasando al comedor; tus abuelos están por decir unas palabras y tenemos que acompañarlos —interrumpió estrepitosamente la madre de Angelyna—. Ya podrán conversar más tarde tú y tu amigo; disculpe, joven, pero usted entiende, ¿verdad?

—Sí, por supuesto.

Y se retiraron al comedor. Frederick no tardó mucho en encontrar a su tío y reunirse con él: por suerte estaban a unas cuantas sillas de donde se sentaba ella, pues el conde estimaba mucho a sir John y era gran amigo de él, y por supuesto la familia del conde los rodeaba; esto le dio esperanzas a Frederick para poder hablar con ella más adelante.

Increíblemente nunca se presentó ese momento en toda la noche para que pudieran hablar y para que Frederick le dijera eso tan importante, puesto que sentía que cada momento que retenía las palabras con él le quemaban todo su ser: si no era porque la estaban presentando con algún joven lord era porque recibía los saludos de un marqués; si no era así a él le presentaban jóvenes hijas de importantes magnates terratenientes o algo por el estilo, por lo que no podía zafarse para ir a platicar con ella cuando estaba sola. En fin, no se presentaba la oportunidad y lo peor del caso es que tenían que marcharse al siguiente día porque su tío tenía asuntos importantes que atender, que no podía retrasar, y aunque él no lo sabía también la madre de Angelyna había hecho planes y su hija y ella partirían al día siguiente, por la mañana.

El momento no se presentó y al amanecer los jóvenes se buscaban el uno al otro, en aquel inmenso castillo. Frederick pensaba que nunca la encontraría, y a la hora del desayuno corrió hacia el comedor.

—Seguro la encontraré ahí —pensó. En efecto, ahí estaba ella, desayunando con su familia; también se encontraba su tío por lo que decidió sentarse con él y tratar de comer lo más rápido posible, sin llegar a romper las reglas de etiqueta básica para no parecer un mal educado; Angelyna hacia lo mismo. Mientras desayunaban Frederick le preguntó a su tío si era posible retrasar su partida, y éste le dijo que no, pero que podían esperar un par de horas más; Frederick intentó hablar con ella.

Los dos volteaban a verse con cara de gran consternación. Al fin pudieron levantarse de la mesa y hablar, por lo que corrieron al jardín de la entrada del castillo. Angelyna comenzó diciendo:

—No tenemos mucho tiempo pues mi madre y yo estamos por marcharnos en cualquier momento.

—Estoy en la misma situación, mi tío también quiere partir lo más pronto posible; pero no importa, disfrutemos de nuestra mutua compañía lo más que podamos.

—Me parece la mejor opción que tenemos, puesto que no podré verte hasta el próximo verano pues haremos un viaje a las costas del mediterráneo ya que mi madre quiere visitar a un primo de ella que se encuentra muy enfermo.

Continuaron hablando así por cerca de dos horas hasta que un criado le avisó a Angelyna que la estaba buscando su madre pues ya debían partir. En ese momento los dos cayeron en la cuenta de que el tiempo que les quedaba estaba agonizando, por lo que rápidamente ella le preguntó qué era eso tan importante que tenía que decirle.

—Dímelo ahora o tendremos que esperar todo un año para vernos de nuevo, y la verdad no podré esperar hasta el próximo verano para escuchar de tu voz lo que me tengas que decir.

—Pues lo que te he tratado de decirte es que yo… que yo  te a…

—¡Oh, Angelyna! ¡Con que aquí estabas! Es hora de partir, querida, nos espera un largo viaje; ¡Oh!, perdón, creo que desde anoche no hemos sido debidamente presentados, joven.

—Frederick Roderick, señora, mucho gusto.

—Ah, ¿tú eres el sobrino de sir John?

—En efecto, señora.

—Pues mucho gusto, yo soy lady Mary, la madre de Angelyna. Bueno, fue un gusto, espero poder verlo después. Querida, despídete de tu amigo, ya está listo nuestro carruaje.

—Es hora de decir adiós, Frederick.

—Sí, después continuaremos esta plática, Angelyna.

En ese momento se despidieron con un rápido y delicado beso en la boca y Angelyna salió corriendo al carruaje que la esperaba; mientras Frederick la observaba partir pensaba en esa simple frase que no pudo pronunciar en toda la noche.

—¡Yo te amo! ¡Angelyna! ¡Te amo!

Pero pensaba:

—Ni hablar, tendré que esperar un año más, sólo un año más.

 

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