Con alma de hierro

(Algunos apuntes desordenados sobre el origen de la espada)

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

con alma de hierro

I

Sin lugar a dudas Aníbal Barca hubiera derrotado a los romanos, pero genio sublime como era le tocó nacer entre cartagineses, un populacho de mercachifles de lo más odioso.

Su padre, Amílcar Barca, quien fue derrotado por los romanos, le hizo jurar ante el altar de los dioses que los odiaría por siempre, y Aníbal los venció en cientos de batallas, cruzó los Alpes con elefantes y caballos y puso a Roma en jaque, pero corto de presupuesto pidió recursos a los mediocres políticos de su país (desde entonces ya existían las facciones políticas y esas cochinadas) y no le mandaron nada porque se peleaban por el dinero para sus intereses a corto plazo (como hace la abrumadora mayoría de los políticos), así que fue pura justicia poética que unos años más tarde su ciudad quedara reducida a cenizas y sus familias a la esclavitud.

Dicen que en medio de la batalla le lanzaron la cabeza de uno de sus hermanos y, ya tuerto y muy cansado, Aníbal exclamó:

—Cartago está perdida.

La escultura nos lo muestra como un bello varón, un Apolo semita de barba recortada que, sin saberlo, permitiría el triunfo posterior de los romanos.

II

Antes de continuar con la falcata (antecesor directo del gladium) y de la espada con alma de hierro, es de justicia recordar algunos antecedentes:

Los celtas (de quienes descendemos en parte y a mucha honra) usaban unas espadas largas y encantadoras (cultura Hallstática) con una especie de antenas de insecto en el pomo; los egipcios, una espada-hacha maravillosa; los hititas, pueblo encantador como pocos y pariente de los cimerios (estos últimos el pueblo de Conan el bárbaro, según la ficción de Robert E. Howard, si bien el Conan histórico, “El de las mil batallas”, era gallego) encontraron que cuando hundían sus espadas recién sacadas de la forja en sus aterrorizados prisioneros sus hojas se volvían más fuertes.

Posteriormente se supo que bastaba hundir las armas en agua con pieles de animales por aquello del carbono y los herreros perdieron un poco de estilo y dramatismo a la hora de fabricar tan divino instrumento apenas inferior a la pluma, esto último siempre y cuando no se lo digas a Conan en alguna taberna de Hiboria.

III

Volviendo con Aníbal, el mejor general de la historia, diremos de él que se alió con los iberos (nuestros antepasados), hombres pequeños de estatura en relación al resto de los otros europeos, mismos que inventaron la falcata, una espada corta.

Debió ser maravilloso ver cómo un gigante de barbas rojas abanicaba el aire con un mandoble de metro y medio mientras los iberos, hombres pequeñitos, cortaban y cortaban, sajaban y sajaban, mataban y mataban.

Aníbal pactó con esas tribus, se casó con una apasionada ibera (yo no cambio a las iberas por nada) y casi conquistó al mundo.

IV

En este momento conviene servirnos una copa de merlot y detenernos para reflexionar sobre la katana o sable japonés.

Contra lo que piensa el vulgo la katana no es el mejor acero del mundo (lo es el de Toledo, sobre el que volveremos líneas abajo); no obstante merece toda nuestra admiración.

El genio del Japón pudo crear esa joya a pesar de contar con un hierro inferior: los antiguos maestros vaciaban su hierro de tercera categoría sobre una vaina de barro y luego de fabricar una barra la golpeaban, la golpeaban, y así mil veces.

El cine nos presenta a los samurái como los mejores espadachines del mundo, lo que resulta dudoso toda vez que la katana era un símbolo de rango y arma de último recurso: los guerreros japoneses eran más bien lanceros, arqueros y esas cosas.

Además el kendo, de guardia torpe y frontal, no se compara al esgrima hispano-francés, gracioso y de guardia lateral.

De hecho existen ejemplos históricos: los samurái y los ninja no pudieron con los portugueses e incluso los galaico-portugueses se enfrentaron con ellos en diversas ocasiones y rompieron sus hermosas katanas con el acero de Toledo y, claro, tenía que haber chapuza, con las armas de fuego.

V

Consciente de que saldrán muchos ninjas y samuráis enfadados por tan personales opiniones, a quienes no pienso enfrentar porque uso lentes y me regaña mi mamá si ando en eso de los pleitos, procedemos a explicar lo que es el acero de Toledo, con alma de hierro.

Todo comenzó con los musulmanes, quienes a pesar de su fama de esplendor en realidad no han aportado más que hermosos caballos y poemas. Lo demás es sangre, machismo y plagio de otras culturas de las que aprovecharon todo y finalmente apagaron, como un virus.

Amargados porque no podían beber desarrollaron el acero de Damasco, unos preciosos alfanjes de color negro con vetas plateadas que semejaban un mármol encantado, y con esas armas se sentían la trompa del tren mucho antes, debo decir, de que se inventara el tren (que ciertamente no inventaron ellos).

Las espadas occidentales se quebraban y nadie podía detenerlos, y vaya usted a saber qué hacían con los vencidos, así que le tocó a los eslavos en el norte (recordamos con mucho cariño a Vladimir Vlad Dracul, “El Empalador”) y a los españoles en el sur defender a Europa, como tal vez tendrán que volver a hacer.

En el caso de los españoles lo cierto es que sus espadas se quebraban ante los alfanjes de Damasco y los iberos exclamaban:

—¡Rediez! ¡Que ze noz quiebran laz ezpadaz! ¡Que noz han robao a la Pilarica!

Así que los muy mañosos, como habían creado el alfanje, papá del gladium y arma clave de los ejércitos romanos, crearon el acero de Toledo, con alma de hierro.

Se trataba de una varilla de hierro cubierta de acero, que se martilleaba una y otra vez.

Fue la espada de los reyes, la espada que expulsó a los bárbaros mahometanos, a los iconoclastas, a los que queman libros, destruyen ciudades antiguas, proponen destruir las pirámides de Egipto y que ya una vez desnarigaron a cañonazos a la esfinge de Gizeh (aunque le echen la culpa a los franceses, que dudo fueran tan animales).

Y es que Europa, y sus descendientes, tenemos alma de hierro.

Y no nos asustan sus bombas.

No nos asusta su barbarie del desierto.

Su cobardía desde las sombras.

Su desprecio a la mujer —que es diosa, y aquí muy venerada, por lo menos entre los poetas—.

El alma de Europa es politeísta, ha domesticado al cristianismo y domesticará al Islam…

O habrá de erradicarlo.

Morrigan, la triple diosa, dixit.

 

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