Tia Ileana en la Sierra Tarahumara

tia ileana en la sierra tarahumara

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Cuando mi tía, Ileana Erosa, viajera incansable, Marco Polo de la familia, vino desde Puebla a visitarnos mis padres aún tenían video clubes y, entre su clientela se encontraba doña Lolis Domínguez, una señora que intentaba venderles unas casas a precios irrisorios.

Dicha mujer trató de ganarse a mis padres y le ofreció un viaje a mi tía a las Barrancas del Cobre, en la Sierra Tarahumara, con todos los gastos pagados.

Como se trataba de una invitación que mi tía no solía rechazar partió muy feliz a la aventura de viajar en tren, admirando los bosques sombríos de coníferas, además de detenerse en cada estación para comprar artesanías tarahumaras: vasijas de barro, violines de madera, representaciones en miniatura de los indios, trajes típicos incluidos, y demás parafernalia.

Muy contenta bajó en las Barrancas del Cobre e hizo que uno de los mozos le cargara la maleta. Subió las escalinatas del hermoso hotel en forma de castillo y pidió su habitación; pero el maître, un enano horroroso con orejas de coliflor y que carecía de barbilla le informó que no, que no la tenían registrada.

—¿Pero cómo? Si la señora Domínguez me dijo que tenía todos los gastos pagados.

—Lo siento, pero no conocemos a ninguna señora Domínguez.

—¿Y a qué hora parte el próximo tren de regreso a Chihuahua?

—Mañana, a las dos de la tarde.

—¿Y yo qué voy a hacer? Esto me parece muy irregular.

Finalmente, y luego de deliberar exhaustivamente, el maître aceptó que mi tía pasara la noche en el hotel, porque tampoco era cosa de echarla al frío y a los coyotes.

Tía Ileana revisó en su bolso para descubrir que sólo le quedaban unas cuantas monedas, por lo que ni siquiera podía pagarse una comida.

De pronto alguien llamó a la puerta: se trataba del guía de viajeros que la invitaba a una fogata con el resto de los paseantes.

Los ojos de mi tía, quien aceptó la invitación inmediatamente, se iluminaron. En su imaginación se representaba un cochinillo asado en la hoguera, cortesía de sus alegres compañeros de viaje.

Para su mala fortuna el resto de los turistas ya había cenado y únicamente circulaban bebidas espirituosas —ni siquiera unos tristes cacahuates—; no obstante tía Ileana, viajera avezada, decidió tomárselo con filosofía y aceptó algunas copitas, que se le subieron rápidamente ya que no traía nada en el estómago, fuera de unos dulces de menta que había encontrado en el fondo de su bolsa.

Entre las luces parpadeantes de la hoguera tía Ileana vio que el guía de turistas, quien se había prendado de sus encantos, la miraba fijamente, por lo que ella se disculpó y juzgó prudente retirarse a sus habitaciones.

El guía la siguió, ya algo bebido, e insistió, con ojos de borrego a medio degollar, que continuara en la velada.

—¡Soy una mujer casada! —respondió mi tía, dignamente, y le cerró la puerta en las narices al desconsolado Romeo.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas tía Ileana empujó un enorme ropero de cedro para apuntalar la puerta de su cuarto, no fuera que al tipo se le ocurriera propasarse, amparado por las sombras de la noche.

Mi tía se asomó por la ventana de su cuarto: alrededor únicamente se veían las siluetas de los pinos, mientras el viento se quejaba, lúgubremente, enredándose en las ramas de los árboles, y con el lejano aullido de los coyotes.

—¡Dios mío! —se lamentó mi tía Ileana—. ¡Esto parece la novela de Drácula!

Estimando que cualquier precaución era poca tía Ileana decidió desmontar uno de los bastones que sostenía el lavamanos del baño para blandirlo, a modo de garrote, llegado el caso, y se recostó vestida sobre la cama, donde pasó la noche en un inquieto duermevela.

Cuando las luces del amanecer iluminaron su habitación mi tía consiguió regresar el pesado ropero a su lugar y bajó al comedor, donde un delicioso aroma a café y al surtido menú la asaltaba, sin misericordia.

—¡Señora! ¡Acompáñenos por favor! ¿Qué va a pedir? —la llamaron unos compañeros de viaje, que devoraban con sumo placer unos huevos con tocino, chilaquiles, taquitos de barbacoa, jugo de naranja, café y pastelillos.

—¿Qué va a pedir?

Mi tía miró los precios y, reuniendo unas pocas monedas que le quedaban, se decidió por un café, que valía lo que tres platillos en la ciudad de Chihuahua.

La amarga bebida le dio fuerzas para resistir la resaca y acompañar al resto de los turistas en un paseo por los alrededores, donde hasta eso se tomó varias fotos con las Barrancas del Cobre por trasfondo.

Finalmente llegó el tren, que mi tía abordó apresuradamente para encontrarse con que le había tocado por compañero de viaje un enorme ranchero que tenía un rostro amplio, de bebé feliz, y que aderezaba su sonrisa con un luminoso diente de oro.

El ranchero sacó su torta y le ofreció a mi tía, quien estuvo a punto de aceptar, pero al ver las uñas llenas de tierra del rico labrador se lo pensó mejor y sacó de su bolso un chicle que le quedaba, mismo que la ayudó a engañar el hambre.

—Así que viene de Puebla, señora. Debe ser una ciudad encantadora, llena de mujeres bonitas como usted.

Ante el galanteo del ranchero mi tía decidió sacar la foto de mi tío Miguel en uniforme militar, a quien ascendió inmediatamente a general brigadier a fin de que el norteño se anduviera con tiento.

Al llegar a Chihuahua vio que nadie acudía a buscarla. Por aquel entonces los celulares eran cosa de ricos empresarios y ministros de estado.

La estación del tren se le antojaba sombría, llena de rufianes.

Tía Ileana encontró una última moneda para llamar por teléfono en una caseta pública, pero no faltó el miserable que se la arrebatara, luego de forcejear con ella.

Al borde de la histeria mi tía Ileana se decidió a parar un taxi y llegó a casa donde yo me encontraba viendo una película.

—¡Elko! ¡Préstame para el taxi!

Rebuscando entre los pliegues de los sillones, en los pantalones y en los cajones conseguimos reunir la suma necesaria para pagar la tarifa, ya que mis padres se encontraban en sus negocios y yo me había gastado todo mi dinero.

Tía Ileana corrió al refrigerador, que se encontraba prácticamente vacío ya que mis padres, como estaban muy ocupados, tenían por costumbre comprar la cena preparada, pero encontró unos aguacates renegridos y unas tortillas rancias, que a ella le supieron a gloria.

Asustado le hablé a mi madre para que acudiera en su auxilio, ya que mi tía lloraba y reía mientras daba cuenta del aguacate.

Al día siguiente y luego de hablar con mi papá doña Lolis llamó para pedir disculpas, argumentando que se trataba de un malentendido, y para invitar a mi tía a Mazatlán, con todos los gastos pagados.

Mi tía estaba animadísima, pero la mirada desaprobadora de mi madre le impidió aceptar la invitación.

 

 

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