La cascada

Por: Maribel R. y Elko Omar Vázquez Erosa

Elko2 003

Isabel estaba contentísima porque su prima Manuela, recién llegada de Austria, había ido a visitarla con motivo de las vacaciones de verano.

–¡Tía! ¿Podemos ir a bañarnos a la cascada?

–¡Válgame Dios! ¿No será peligroso? –contestó la tía Dolores.

–No, de ninguna manera, pues claro que es peligroso y además están todos los “garotos” del pueblo, ni pensarlo –dijo la madre de Isabel.

Isabel y Manuela fingieron tristeza delante de sus madres, pero más tarde pusieron sus trajes de baño en sus respectivas mochilas y se marcharon a escondidas.

En el camino los niños, que comenzaban a despertar a la adolescencia, se pusieron a molestarlas:

–¡Heidi! ¡Heidi! ¡Preséntanos a esa belleza que te acompaña! –le gritaban a Isabel, quien recibía ese apodo por tener la piel muy blanca y las mejillas chapeteadas.

–¡Eso! ¡Preséntanosla!, y no le tapes el sol, enana fea.

–Prima, parece que tienes un éxito arrollador con los muchachos –dijo Isabel, y Manuela se pasó una mano por sus oscuros cabellos.

–Ahora verán esos patanes –contestó Isabel, sacó un tirachinas de su mochila, recogió una piedrecilla del suelo y apuntó a los impertinentes, que comenzaron a darse a la fuga.

–¡Heidi trae un tirachinas!

Isabel soltó el tiro y alcanzó a uno de los muchachos en pleno trasero, quien se puso a dar de berridos mientras sus compañeros se carcajeaban.

–¡Isabel! ¡Cómo eres bárbara! De veras que en Galicia los niños siguen siendo unos salvajes. Allá en Austria…

Manuela comenzó una pesada disertación acerca de las bondades de las muy civilizadas tierras teutonas.

–¿Y qué hacen para divertirse en Austria? –preguntó Isabel.

–En Austria la gente es muy ordenada, van a la ópera, al cine y…

–Y se la pasan comiendo chocolates, los niños se peinan con brillantina, todos relamidos y…

–¿Qué hacen aquí? –se molestó Manuela.

–¿Le has dado de fumar a un sapo? –intervino Isabel–: se inflan y explotan.

–¡Puaj!

Ambas primas dejaron de discutir al escuchar el murmullo de la cascada, al sentir la fresca brisa en el rostro y ver la blanca espuma que se formaba en las rocas.

Rápidamente comenzaron a desvestirse detrás de unos arbustos: de pronto escucharon:

–¡Heidi es mujer! ¡Heidi es mujer! ¡Y tiene prima guapa!

Isabel sacó su tirachinas y los niños optaron por emprender la graciosa huida.

De común acuerdo Isabel y Manuela decidieron trasladarse a la otra orilla del río y se pusieron sus trajes de baño para luego esconder su mochila con los cambios de ropa: entraron al agua donde estuvieron nadando placenteramente.

–¡Isabel! –gritó unos minutos más tarde Manuela mientras señalaba a lo lejos con cara de pánico.

–¿Qué pasa?

–¡Se llevaron mi ropa!

Los vengativos niños se llevaron la mochila de Manuela dando de gritos mientras subían a lo alto de la cascada.

–¡Detente! ¡Devuélveme la mochila! ¡Pedazo de gusano sin cerebro, te vas a enterar! –gritó furiosa Isabel y seguida por su prima comenzó a perseguir a los niños.

Una vez en lo alto de la cascada los niños comenzaron a hacer ademán de tirar las ropas, balanceando la mochila ante el vacío. Aunque en realidad no pensaban hacerles la maldad la mochila estaba abierta y las ropas cayeron a la cascada: por un instante Manuela miró con espanto cómo sus preciadas ropas volaban por los aires para luego caer en la corriente, que las arrastró con celeridad.

Manuela quedó pálida:

–Mi mamá me va a regañar y no puedo regresar en traje de baño al pueblo, me encerrarán de por vida.

Isabel intentó calmar a su prima, que lloraba como un bebé. Isabel se vistió y le dijo que la esperara porque iría a su casa a por ropa.

Isabel llegó a su casa sin que nadie la viera y entró por la ventana de su cuarto (que previamente habían dejado entreabierta). Se metió de puntillas y se dispuso a coger la ropa del armario. La puerta del cuarto se abrió repentinamente para mostrar a su tía Dolores con una mascarilla, algodones entre los dedos de los pies (ya que acababa de pintarse las uñas) una bata de seda color celeste y un atizador que empuñaba en la mano derecha.

–¿Qué haces aquí tú sola, Isabel? ¿Dónde está Manuela?

Isabel tragó el chicle con el susto: no sabía qué decir.

–Es que… se mojó un poco y…

–¿Fuisteis a la cascada, cabritas? ¡Vete a buscarla ahora mismo y que se olvide de volver a Galicia!, y contigo hablaré luego.

No se sabe a quién haría más daño eso de no volver a Galicia, si a Manuela o a Isabel, pero ese día se hartaron de llorar y el resto del verano se portaron como angelitos.

 

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