Velez

Velez

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Los parsis descienden de los antiguos persas que emigraron a la India en el siglo VII para escapar de la persecución religiosa a manos de los musulmanes, adoran a Ahura Mazda y consideran que al morir el hombre la descomposición de su cuerpo contamina la tierra si es sepultado, el agua si se le arroja al mar o a los ríos, al aire y al fuego si se le incinera, de ahí que construyan altas torres —las famosas torres del silencio— donde depositan los restos de sus seres queridos, que servirán de alimento a los buitres.

Estoy seguro que la “fragancia” que podría percibirse en la cámara superior de las torres del silencio sería el de un perfume exquisito comparado con el hedor indescriptible que emanaba del aliento de mi condiscípulo Vélez, cuyo nombre de pila no recuerdo.

Cuando estudiaba la secundaria una maestra decidió sentarnos por orden de lista y gracias a que me apellido “Vázquez” terminé sentado con Vélez. Yo gustoso me hubiera cambiado el apellido por Álvarez, Alvídrez, lo que fuera, pero ninguna de mis protestas sirvió y debí soportar, como todo un estoico (o más bien como un gul) ese hálito del sepulcro.

Hasta corría el chiste de que en cierta ocasión un ranchero, que poseía una piara, ofrecía diez mil pesos a la persona que resistiera diez minutos en el chiquero, pero como los marranos tenían diarrea el primer candidato (que era pepenador) aguantó un minuto, mientras el segundo (que trabajaba en los drenajes de Nueva York) huyó a los dos minutos y el tercero (un ladrón de tumbas) escapó a los tres minutos. Todo fue que llegara Vélez y le hablara cariñosamente a los cerdos para que estos escaparan, aterrorizados.

La situación era insoportable: Vélez tenía la costumbre de secretear con lo que ponía a prueba mi capacidad para contener la respiración, por lo que un día decidí comprar un paquete de pastillas Halls.

En el spot televisivo salía un señor bien chistoso, que vestía como en los años 20, paseando por las calles de Londres. El elegante caballero se tomaba una pastilla y el aliento se le refrescaba a tal punto que sacaba su paraguas y salía volando, igual que Mary Poppins.

Cuando Vélez se comió la primera pastilla fue como si una gota de Chanel nº. 5 cayera en un osario.

—Ofrécele otra —pensé y puse manos a la obra. Vélez se llevó a la boca la otra pastilla, con similares resultados.

—¿Te gustaron?

—Sí, están ricas, ¿tienes más?

Le di todo el paquete que masticó como si fueran caramelos de crema, con horribles resultados: su aliento se potenció con el mentol, llevando la vomitiva fragancia a todos los rincones del salón.

—¿Por qué huele tan gacho?

—Elko le está dando pastillas Halls a Vélez.

Todos me miraron con odio: de por sí jamás fui popular en la maldita Secundaria Estatal 3015, el diablo se la lleve y la convierta en burdel.

Quizá debí meter una mezcla de Cloralex y Maestro Limpio en una botella de refresco y ofrecérsela a Vélez, aunque dudo que hubiera obtenido mejores resultados.

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