Amanita muscaria

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Cuenta la leyenda que el dios Odín, o Wotan (es un dios que tiene doscientos nombres) posee un caballo de ocho patas que se llama Sleipner: Sleipner representa un catafalco cargado por cuatro deudos, por lo que las ocho patas del caballo están conformadas por las piernas de los mentados deudos.

Cuando el dios desciende a la tierra y los cascos de su caballo golpean el piso saltan chispas que se transforman en amanita muscaria.

Los hongos son seres mágicos que no pertenecen ni al reino animal ni al vegetal: los hongos se comunican entre ellos y forman colonias que construyen una especie de cerebro.

Dice otra leyenda, y hablando de cerebros, que Leonardo da Vinci enterraba cerebros humanos en macetas para que sirvieran de abono a la amina muscaria.

Pero estoy divagando: fue una mañana luminosa cuando Juan Campos me habló por teléfono: él estaba que no cabía de alegría porque había conseguido dos bolsitas con amanita muscaria y fue a por mí: nos dirigimos a Soriana a comprar cerveza y decidimos que nuestro destino era la peña del mandril, un cerro que está junto a una carretera desde el cuál se ven rocas de formas caprichosas que semejan mandriles, ranas y pulpos.

Nos sentamos a la orilla de un barranco: nuestros pies pendían como a sesenta metros: de haber caído nos esperaba una muerte segura.

Comenzamos a beber cerveza, a fumar y nos comimos los hongos.

Días antes habíamos tenido nuestra primera experiencia con la amanita: teníamos dos novias, que ya ni recuerdo cómo se llamaban: la rubia para Jhonny y la blanca de cabello castaño para mí; pero decían que cuando nos besaban se le dormía la lengua y los labios de tanta cocaína que esnifábamos y de tantas tachas que consumíamos, así que nos cortaron y nosotros conseguimos hongos.

Se acabó la cerveza y tuvimos qué caminar dos cuadras para ir a por más, ya intoxicados con la amanita.

De regreso, y una vez con la cerveza, vimos un árbol recién podado, creo que era una higuera: las ramas eran un montón de demonios, similares a murciélagos, que nos hacían carantoñas: nos dio tanta risa, una risa acompañada de lágrimas.

Jhonny cayó de rodillas y estampó las manos y la cara, mientras se carcajeaba inconteniblemente, contra el cristal de un automóvil donde estaban dos novios, jovencitos: ellos nos miraban espantados; el chico intentó encender el vehículo; pero no arrancó: se le había acabado la batería por estar escuchando música.

La risa era incontrolable: yo intentaba jalar a Jhonny porque el muchacho le había llamado a la policía con su teléfono celular.

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Caminamos abrazados y riendo como dementes: en eso llegó una patrulla; pero alcanzamos a meternos al departamento y si bien casi nos tiran la puerta, no les abrimos.

Pero volviendo a la peña del mandril pasaron 12 mil años comprimidos en dos horas: Jhonny y yo contemplábamos el paisaje: era como estar en Marte: algún grupo de alienígenas había tallado esas esculturas horrorosas y el silencio palpitaba.

—Oiga, mister Fields (Juan Campos). ¿Por qué seremos así?

—¿Cómo, mister Endo?

—Pues un par de viciosos, que nos acaban de cortar.

—Ignoro, mister Endo.

—Oiga, mister Pills (Juan Pastillas), han pasado como 12 mil años y esta cerveza está caliente, parece que la sacamos de las pirámides de Egipto y sabe, como diría Polo Polo, a un veinte egipcio.

Los dos nos reímos hasta llorar; pero el implacable paso del tiempo comprimido nos volvió a atrapar: si seguía fluyendo ese tiempo sobrenatural Chihuahua, que hace millones de años estuvo cubierto por un océano primigenio al que los científicos bautizaron como el mar de Tetis, como cualquiera puede comprobar en el desierto, donde hay fósiles de conchas, trilobites y otros organismos acuáticos, pues volvería a cubrir todo Chihuahua y nosotros nos íbamos a ahogar o bien, a reencarnar en un par de moluscos.

Siguieron pasando las eras.

—Oiga, mister Pills, debimos haber traído más cerveza, esta madre sabe a meados de vaca.

En eso Jhonny se buscó en su chamarra y sacó una maletita: abrió el zipper y refulgieron, como diamantes, los hielos y la latas rojas de las Tecate, de esas de tacón alto.

Nos soltamos a reír y lanzamos al abismo las latas calientes: una anciana horrible, desde el fondo de la sima, nos decía majaderías.

—No la mires, capaz sube y nos alcanza.

En eso vimos bien y no había ninguna anciana: era el tocón de un árbol reseco.

Pasaron como siete mil años más y de alguna forma nos terminamos las cervezas: una sed terrible, y mucha hambre, nos atacó; le hablamos a Chumba para que viniera a rescatarnos porque nadie podía conducir el vehículo.

Conseguimos bajar del cerro, pegados como rochacas, a las rocas; estuve una vez a punto de caerme; pero Jhonny alcanzó a tramparme del calzón, si bien me hizo calzón chino y la prenda se me clavó en el culo, dolorosamente.

Una vez abajo vimos llegar a Chumba, en una Blazer flotando por el cielo; venía con su novia Karla y traía cervezas y hamburguesas.

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