El secreto de Tory’s Burger

(Especial de Noche de Brujas)

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

I

Cuentan las malas lenguas, y de esas hay muchas, que allá por el siglo XVIII vivía en la verde Erín un granjero cicatero, borracho y pendenciero de nombre Jack quien, debido a su gusto por la botella, era más asiduo a la taberna que a las labores propias del campo y a raíz de tales aficiones Jack generalmente se encontraba sin blanca.

—¡Oye, Bob! ¡Anota en mi cuenta otra botella de whisky! ¡Del escocés, y no de ese infame aguardiente de patatas que me llevas sirviendo toda la noche! —gruñó el buen Jack.

—¡Maldito sea si se me ocurre fiarme de ti! —respondió el tabernero, quien se encontraba muy al tanto de las costumbres, poco edificantes, de Jack.

—¡Voto a Satán! ¡Mi alma a cambio de una buena noche de copas!

De pronto las puertas de la taberna se abrieron y el gélido viento del otoño, acompañado por las hojas secas de los árboles, se hizo presente en el interior de la taberna mientras que en la entrada se recortaba la aristocrática figura de un hombre que llevaba una peluca empolvada, vestía levita, zapatos de tacón con broches de plata, medias, un florete colgando a media pierna; en fin, que era todo un señoritingo.

Cuando finalmente las lámparas de la taberna iluminaron el bello rostro del aristócrata sus blancas manos aureoladas con encajes echaron mano de una bolsita de seda para depositar una moneda de plata en la barra:

—Tabernero —dijo el desconocido, con una voz educada, pero aguardentosa, propia de los miembros de la nobleza más decadentes— haga usted el favor de servir en mi mesa su mejor whisky, y un buen estofado, mismo que habré de compartir con mi amigo Jack.

Jack no se hizo el remolón y estuvo bebiendo copiosamente con el extraño mientras jugaba a la baraja; cuando finalmente se sintió indispuesto por la prodigiosa cantidad de whisky ingerido quiso despedirse; pero el próspero caballero le hizo saber, mientras le clavaba una mirada ardiente, sobrenatural, que había llegado la hora de honrar su palabra.

—¿Pero de qué habla usted? —preguntó Jack.

Acabas de venderme tu alma a cambio de una noche de copas: como verás hemos vaciado mi bolsa y la juerga ha terminado.

—Pero ni siquiera tú podrás negarle la última copa a un buen irlandés; si en verdad eres quien dices ser podrías transformarte en una moneda de plata para apurar un último trago y estafar, de paso, al tabernero.

Como al Maligno le pareció divertida la idea accedió a la petición de Jack, quien rápidamente se apoderó de la moneda y la guardó en su bolsa, regalo de su fallecida esposa, donde estaba grabada una cruz, misma que impedía escapar al ángel extraviado.

Jack no lo liberó hasta sacarle montones de plata y hacerle jurar que jamás, hiciera lo que hiciera, reclamaría su alma.

Y fue así como Jack se dedicó a la alegre vida de los libertinos acaudalados hasta que, a pesar de su salud de hierro, llegó el día de su muerte.

El viejo Jack subió las escaleras de marfil que conducen al cielo; pero al llegar a sus puertas un ceñudo San Pedro le informó que, debido a su vida de calavera, no podía pasar. Muy compungido Jack se dirigió al infierno; pero Satanás, atado a su promesa, no le permitió la entrada.

—¿Y dónde habré de ir? —exclamó Jack.

—Vuelve por donde viniste —respondió El Demonio.

Jack comenzó a vagar por la oscuridad hasta que Satanás, no se sabe si a modo de burla, o porque todavía quedaba algo de misericordia en su negro corazón, le arrojó un ascua de los infiernos, que Jack se apresuró a utilizar como lámpara; para evitar perderse en la negrura Jack talló un nabo, donde depositó su ascua. Posteriormente, y con la migración de muchos irlandeses a los Estados Unidos de América, lo cambiaría por una calabaza: desde entonces se le conoce como Jack O´Lantern (Jack, el nieto de la linterna).

Todas las noches del 31 de octubre, cuando el velo que separa los mundos es más tenue, Jack encuentra un camino hacia el mundo de los vivos donde se dedica a realizar un montón de fechorías.

II

Pero no sólo el viejo Jack ha tenido tratos con seres sobrenaturales. Con mayor fortuna mi amigo Toribio consiguió atrapar a un duende e hizo su fortuna.

Por aquellos días Toribio no sabía ni guisar un huevo; hasta una triste chuleta se convertía entre sus manos en un trozo de carbón.

Vivía Tory en una vieja y destartalada casona que había rentado en el centro de la ciudad de Chihuahua donde su mujer le aseguraba que se perdían cosas, que las llaves del agua se abrían solas y que se escuchaba una risilla cascada, como de un ancianito; los amigos de Tory le recomendaron ir a ver al hermano Pedro, célebre curandero chihuahuense quien le dijo que en su casa había un duende y que podía atraparlo en una cajita de zapatos poniendo un poco de miel, leche y cerveza.

Ni tardo ni perezoso Tory hizo como le dijera el curandero; pero las ofrendas desaparecían y el duende entraba y salía a sus anchas de la caja de zapatos.

Enfadado Tory consiguió un costal, que dispuso como si se tratara de una pequeña caverna; puso los cebos en su interior, roció con harina alrededor del costal y tras armarse de paciencia se escondió tras un armario para atisbar a través de un agujerito.

Cuando ya sentía que se le acalambraban las piernas Tory vio que en la harina se iban formando unas pequeñas huellas, como de unas botitas vaqueras; las huellas desaparecieron en el costal y Tory, lo más sigilosamente que pudo, se acercó al costal, mismo que cerró y ató firmemente.

—¡Suéltame, desgraciado! —se escuchaba una voz cascada en el interior del costal.

—¿Cómo te llamas, duende?

—Jacinto —contestó el ser.

—¿No se supone que los duendes se llaman Rumpelstiltskin, Frodo o algo así?

—¡Soy un chaneque, majadero! Soy un espíritu elemental mexicano.

—¡Muy bien, chaneque! ¡Muéstrame dónde se encuentra tu tesoro!

El duende, perdón, el chaneque se soltó a reír y le explicó que él, Jacinto González Ixtlilxóchitl, no era un chaneque rico, sino que había sido deportado de los Estados Unidos por los duendes gringos, donde había estado trabajando como parrillero y que si era liberado con mucho gusto le pasaría varias recetas e incluso le concedería un don mágico a Toribio.

III

Tory’s Burger es un floreciente negocio de hamburguesas y de hot-dogs que se encuentra cerca de mi casa y a donde se dan cita multitudes de estudiantes, así como señoras encopetadas y tipos que parecen disfrazados del mago Mandrake ya que vienen de la ópera, o de alguna fiesta, y bajan de sus lujosos vehículos a comer las hamburguesas tocino-piña, las extra queso y las famosas tapa arterias (con doble porción de tocino); únicamente los más audaces se atreven a comer las hamburguesas infarto, con triple porción de tocino.

De gran popularidad son, asimismo, los hot-dogs, cuyo contenido se derrama de los panes, así como los chiles toreados y las papas fritas con queso o salsa cátsup.

Los olores inundan las noches de Chihuahua mientras Toribio lucha, a brazo partido, por satisfacer todas las órdenes.

Corre el dicho popular: ¡Si las Deli Burger te causaron adicción, las Tory’s Burger serán tu perdición!

Cuando Toribio y sus ayudantes ya no se dan abasto sacan una máquina aterradora que parece una prensa con dientes y en un dos por tres, a golpe limpio, las cebollas se transforman en cuadritos mientras que alguno de los muchachos pica a toda carrera un costal completo de tomates.

Además el chaneque le concedió un don a Toribio y si alguna vez le falta alguno de sus ayudantes él puede convertir, merced a una varita mágica, similar a la que poseía la madrina de la Cenicienta, a una lagartija del jardín o a un ratoncillo en un mozo bien plantado que sustituirá con éxito a alguno de los integrantes del equipo de Tory’s Burger.

 

 

 

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