Acerca de las razones por las que ya no se puede follar en la oficina y por qué los judíos, otra vez, se tienen toda la culpa

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Hace unos minutos encontrábame yo follando muy a gusto con la licenciada Guzmán: la tenía a cuatro patas y la tomaba del cabello (usa cola de caballo) cuando, de pronto, la cámara comenzó a chillar.

Para esto se suponía que esa pinche cámara, marca Steren (esa tecnología chafa israelita, más barata que la china) nada más miraba hacia un lado; pero no, resulta que se puede mover con un celular, y hasta micrófono y bocina tiene.

—¡Elko! ¿Qué estás haciendo?

Al principio sonaba como un zumbido de mosco, como un lejano discurso de algún mercachifle que vendiera cosas viejas, a bordo de una camioneta; pero la licenciada Guzmán y yo, paralizados, y en tan comprometida posición (ella a cuatro patas, yo tomándola del cabello) comenzamos a poner atención.

—No, linda, ha de ser el tipo ese que está vendiendo cosas por el barrio: esa cámara judía es de las más baratas, ¿cómo chingados se te ocurre que va a tener micrófono? Además el licenciado ahorita está en Escandinavia.

—¡Elko! ¿Me escuchas? —chilló ese chisme y la licenciada Guzmán salió corriendo, a esconderse en la planta alta (no sabe que arriba también hay cámaras).

Parecía un cómic de Kalimán: esa pinche chingadera judía, baratísima, me estaba hablando.

—¿Me habla, licenciado?

—¡Sí, Elko! ¿Hubo cobranza?

Pinche viejo miserable cuenta calderilla.

Me compuse rápidamente y mientras me ponía los calzones le dije al licenciado que únicamente habían ido a dejar mil 500 pesos.

—Perfecto, Elko, ahí te encargo el despacho.

Haced el chingado favor.

Suspiré de alivio: quizá el licenciado no había visto nada, ya se sabe lo chafas que son esas putas cámaras judías.

—Me saludas a la licenciada Guzmán —dijo el licenciado, que Odín lo maldiga.

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