En un mundo alternativo

en un mundo alternativo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Como serio estudioso de la física cuántica y viajero interdimensional os platico lo que le ocurrió al Batillo en un universo paralelo, cuando viajó por primera vez en un avión con el entonces alcalde de Chihuahua, Juan Blanco.

El Batillo no se estaba quieto, pedía que le trajeran más cacahuates y esa comida que sirven en los aviones, además de otra copita, y no dejaba de mirarle las nalgas a las azafatas: el Batillo estaba de fiesta.

Como se trataba de un vuelo nocturno finalmente los pasajeros, que eran casi todos políticos y reporteros que se dirigían a la ciudad de México para alguno de esos absurdos cónclaves, comenzaron a protestar:

–¡Shhh! ¡Batillo! ¡Ya cállese y deje dormir!

–¿Si vieron? Que me he pillado la botella cuando pasó el carrito.

La azafata, bien gacha, fue y le quitó las bolsitas de cacahuates, que eran su alegría, pero no hubo poder humano para arrebatarle la botella, a la que el Batillo se aferraba como si en ello se le fuera el alma, por lo que se pactó con él que se estuviera calladito y se apagaron las luces.

El Batillo iba del lado del pasillo, junto al presidente municipal.

En eso los vio, junto a la ventana: unos dibujos que mostraban un monito simpaticón desmontando la ventana de la nave, quizá para tomar fresco y como el Batillo comenzaba a sentirse abochornado decidió respirar, por lo que se aplicó a seguir las instrucciones.

El Batillo jaló una palanca, el avión comenzó a despresurizar y el asiento del alcalde se vio arrancado de cuajo, con todo y alcalde, que se encontraba amarrado al sillón.

El Batillo reaccionó con celeridad y trampó al presidente de la corbata, antes de que fuera reclamado por los cielos.

–¡Batillo! ¡Batillo! ¡No me sueltes, Batillo!

El Batillo se aferraba a la corbata, pero ésta se le fue resbalando hasta que ocurrió lo inevitable: el presidente municipal fue absorbido por la oscuridad del cielo.

–¡Batillo! ¡Batillo! ¡Batilloooooo!

Merced a un gran esfuerzo el Batillo consiguió cerrar la portezuela y, con una agilidad de pensamiento envidiable, bajó una maleta del compartimiento superior para disimular la ausencia del alcalde. Una lucecita se encendió en la puerta de la cabina y una de las azafatas, componiéndose el saco, salió encabronadísima.

–¿Ahora qué pasa? –preguntó.

–Je je je –dijo el Batillo, ensayando la más seductora de sus sonrisas—.Ya ve que me estoy portando bonito. ¿Sería mucho pedir un vasito de agua mineral con hielo?

La azafata, conmovida, respondió:

–Está bien, Batillo, ahorita mismo te lo traigo.

El Batillo suspiró: era toda una aventura eso de andar en los aviones.

 

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