Por: Elko Omar Vázquez Erosa
William S. Burroughs despertó con una resaca terrible. Unos días, o una eternidad atrás, había vendido una de sus pistolas para procurarse algo de droga, que finalmente se había terminado, por lo que su amante en turno, un magrebí más enganchado a la heroína que él mismo —si es que eso era posible— lo había abandonado. Continuar leyendo

