El loto

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

—El eje universal es una flor de loto, Rudrik —dijo Sviatoslav, el atemporal, y le acompañó a la orilla de un pétalo, y Rudrik vio espirales de fuego y estrellas donde las viejas divinidades…

—¿No me vas a decir? —preguntó Rudrik. Sviatoslav calló, y fueron a la orilla de otro pétalo para ser testigos del monótono ir y venir de animales cubiertos con escamas doradas que nadaban en el silencio eterno.

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En línea recta

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

No estamos dispuestos a escapar de este frío suelo de concreto, del cielo, alambrado en púas de acero.

Somos esclavos del cuerpo y a lo lejos, la ciudad llama a gritos con sus bares, con sus luces; somos la raza de los ángeles caídos, vivimos entre nubes y ensueños de alcohol, y las horas implacables continúan su curso sin detenerse un mísero instante, y las cadenas nos impiden ir hasta donde quisiéramos, hasta donde nunca, nunca llegaremos…

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La gorda

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

En un pueblo cuyo nombre no quiero recordar, con un amigo a quien no me permite la memoria —imágenes difusas como las de una borrachera—.

Tres mujeres se acercan: la primera es gorda como una vaca en un concurso de baile; la segunda no tiene peculiaridades; pero la tercera, con ese rostro de india bonita.

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Rodolfo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Las horas de agonía en el trabajo habían pasado, el camión se detuvo en la parada y bajé. Crucé la calle, compré una revista y me disponía a ejercitarme en la más bella de las artes —el ocio— cuando un individuo casi me atropella a vertiginosa velocidad con su motocicleta. Le iba a reclamar; pero él me saludó y yo lo reconocí.

—Oye —dijo—, me acabo de enterar de que están contratando en un negocio de actualidad y telecomunicaciones, y que van a pagar en dólares.

—¿De qué se trata? —No sé, me acabo de enterar, pero es de buena fuente.

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En el cementerio

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

—¿De veras lo crees? No le veo lo romántico.

—¿Nada? —Una sonrisa y el reto pendía en el aire. Pude sentir el escalofrío de su espalda; le temblaron las manos, bajó la mirada a la copa y dijo:

—Bueno… ¿por qué no? —Te va a gustar, es muy intenso. Tú y yo bajo la luz de la luna entre las tumbas. Nos sentiremos vivos y, te aseguro —sonreí— que ningún sepulcro se abre para dejar libres horrendas pesadillas.

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