La búsqueda

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

La piel fue mi primera obsesión. Recuerdo las fiestas y los banquetes como las imágenes de un cantar cuyos hechos nunca hubieran sido míos. Después vino la poesía y los libros, y todos me llamaron loco. Después te fuiste…

Leonor, apenas queda algo de los ayeres desdibujados por el desierto, por las lágrimas y los lamentos que sin tregua fustigan la memoria. Parece que la lluvia conoce el final, y de entre las ondas que forma la espuela en los charcos turbios, acuden las visiones de reyes y señores al frente de ejércitos bañados en esplendor. Yo mismo dejé mis tierras y seguí la cruz por promesas de pecados derretidos en Tierra Santa, ¿o fue por gloria? Yo mismo vendí parte de mis títulos —parte de los huesos de mis ancestros— para cubrir de hierro a los hombres que hoy duele evocar.

La lluvia no se detiene y conduce al pasado, a los cadáveres insepultos que causaron la peste, y luego irrumpen los gritos y las peleas entre los caudillos que semejaban águilas destrozándose por jirones de carne.

Leonor, he luchado con los fieros paganos del desierto, con los negros crueles del África y con la arena ardiente, y la sangre de los enemigos de Cristo lavó mis culpas: el infierno es irrisorio —tanta es la distancia que puse entre mi alma y él—.

Leonor, la guerra me salvó del Maldito, pero no consigo salvarme de mí mismo. Hace mucho que partí —lo sabes— y a veces tengo la sensación de que hoy debería haber encontrado algo más que lluvia y frío: tal vez el perfume de tu pelo, tal vez una verdad que me incomoda.

Es difícil admitirlo: No recuerdo lo que buscaba…

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