Una bebida con hielo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

El cigarro, persistente: la misma marca que fumábamos y que me condujo a los recuerdos. Esa ventana de flores con el verano explotándome en el rostro, y en el ondeo lejano de la alberca, las impúdicas visiones de la noche.

Era uno de esos momentos que hoy son habituales, porque en medio de la conversación y de las fiestas, el silencio —los fantasmas, los viejos litorales que un día rompieron el espejo para regalarnos un limbo—. Y luego los rumores de la música, la extensión de los sentidos propiciada por un brillo de cristales rotos en el cielo.

Recordé a un viejo cuyo tema de plática era, mientras bebía mucho, que a Dios se le cayeron las estrellas como frágiles copas, que ya no existían y sólo nos quedaba el reflejo: una caja de cenizas y un ingenio teatral.

El cigarro, persistente, y todas las frases suspendidas en el aire y que después de la noche nos avergonzaban…

Desde el tumulto ruidoso, una figura desprendida del entorno corta una flor que al momento deja caer para pisarla, como si fuera un cigarrillo. Sostiene un vaso en el que chocan los hielos unos contra otros.

—¿Traes una respuesta? —le pregunté.

Ella no sabe qué hacer con su vida, pero es seguro que no me quiere ahí.

—Te traje un refresco —ofreció. Los hielos volvieron a tintinear. Me llevé el vaso a los labios y un espeso líquido de sabor metálico me resbaló por la garganta.

—¿Qué es esto?

—Sangre —respondió—, tu sangre.

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