Por: Elko Omar Vázquez Erosa
El sol, eterno, persistente; y una capa de arena interminable ante sus ojos. No sabe cuándo tomó el último sorbo de agua —esperará un momento más apremiante— y sus zapatos destrozados por las rocas que ya dejó atrás dan fe de la distancia.
—Va la otra mano.
—¿Cuánto?
Voces que lo torturan, recuerdos que quisiera olvidar, y se jura a sí mismo lejos del estigma. Y luego los insultos y los disparos en la memoria, y la locura del desierto le desgarra la piel.
—Te lo dije, imbécil, pero no quisiste escucharme…
Pedro cae de rodillas, sin lágrimas, y el esqueleto de un animal le recuerda un verso:
De la cual no escaparás…
Ilusiones, figuras que van y vienen con el aire; un viejo se acerca, sonríe y le tiende la mano.
—Dame agua, Pedro.
El viejo sonríe de extraña manera mientras mira codicioso la cantimplora de Pedro, quien se niega. El recién llegado extrae de las bolsas de su pantalón unas cartas; Pedro tarda en aceptar.
—Y tú, ¿qué apuestas?
—Oro —responde el viejo. Y Pedro se ríe, pero el anciano saca sus pepitas y le pinta las maravillas que duermen bajo el oro si logra salir del desierto; ataca a su orgullo de jugador con una simple y burda pregunta: ¿Tienes miedo?
Pedro acepta.
Los jugadores se reparten las cartas y la fiebre se desliza por la frente de Pedro.
—Tercia de ases —dijo por fin el anciano—. Va la otra mano, Pedro.
—No tengo nada con que apostar.
—Tienes tu alma… Pedro vuelve a perder; el viento proyecta con violencia las arenas en su rostro; y siente la lengua como una hoja seca, y las llagas de sus pies, y la ilusión perdida; y sigue ese camino que no lleva a ninguna parte.

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