Por: Elko Omar Vázquez Erosa
En un pueblo cuyo nombre no quiero recordar, con un amigo a quien no me permite la memoria —imágenes difusas como las de una borrachera—.
Tres mujeres se acercan: la primera es gorda como una vaca en un concurso de baile; la segunda no tiene peculiaridades; pero la tercera, con ese rostro de india bonita.
Cambiamos a nuestra mejor pose, comienza el abordaje y la información: la india bonita se llama Lorena, las otras, lo olvidé. Y luego la risa y las bromas, Lorena se escabulle fácilmente y se va del brazo con mi amigo, y la flaca les sirve de mal tercio. Me quedo con la gorda, quien no comprende mis indirectas.
—¿Traes cigarros? —pregunta la bola de manteca y yo me busco en el saco una cajetilla arrugada.
Necesito pensar, escapar de la pesadilla de redondas formas que se contonea a mi lado. Una vez frente a mi apartamento ella se invita y pasa, aun cuando le explico imaginarios asuntos pendientes. Adentro, ella se mueve de arriba a abajo, revisa todos y cada uno de los rincones y vuelve con dos cervezas del refrigerador. A los pocos minutos me siento mareado y extraño. Ella se acerca, despacio, con la gracia de un hipopótamo.
—¿Qué le echaste a la cerveza? —protesto y ella se me va encima para llenarme de besos, ahogándome con su busto inmenso.
—¡No! —grité. Era ridículo, ya veía los encabezados en los periódicos, así con tantas mayúsculas:
Joven Estudiante Violado por Mujer de Gigantescas Proporciones
A mitad del forcejeo tomé un objeto duro y la golpeé. Cayó ante mi alivio —estaba muerta—. La metí a una bolsa negra de plástico y a rastras, entre grandes esfuerzos y no pocos pujidos la llevé al sótano; luego la escondí en una lavadora descompuesta. ¡El horno!, pero, ¿y si la casera se enteraba? El humo sería visible por todo el pueblo.
Salgo de ahí, la noche cae, en el ensueño de la droga todo parece irreal, como si el mundo estuviese formado de artificios. Cruzo la calle, ladran los perros y siento que los nervios me revientan. Toco a la puerta de una vieja residencia y nadie abre, así que entro. La pestilencia de un licor barato llena la atmósfera y las volutas del cigarro van a enredarse con las notas del heavy metal.
—Raúl, ayúdame a cargar unas cosas —y Raúl me pregunta el porqué de mi palidez.
Caminamos, sabía yo muy bien lo que esperaba, hecha nudo en la vieja lavadora. Penetramos como ladrones al sótano, deslizándonos por las escaleras. Le indico la dirección y no me atrevo a seguir mirando. Raúl abre la portezuela de la lavadora.
—La maté.
—¡N’ombre! —se burló.
—¡Vamos a quemarla! ¡El horno! ¡El horno!
Raúl no contesta, y se la sube a los hombros con una facilidad increíble, como si fuera un héroe griego.
Caminamos por las calles; las otras mujeres vienen hacia nosotros.
—¡Cuidado! Ahí están sus amigas —le dije.
Continuamos hasta pasar por unas obras en construcción:
—¿Y si la enterramos aquí? —pregunta Raúl.
—Luego la pueden encontrar los trabajadores; sería mucho pedo, mejor busquemos otra parte. Las constelaciones refulgen sobre nuestras cabezas como la cuchilla del verdugo —mis momentos culpables— y esa búsqueda que nunca parece terminar.

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