Por: Elko Omar Vázquez Erosa
No estamos dispuestos a escapar de este frío suelo de concreto, del cielo, alambrado en púas de acero.
Somos esclavos del cuerpo y a lo lejos, la ciudad llama a gritos con sus bares, con sus luces; somos la raza de los ángeles caídos, vivimos entre nubes y ensueños de alcohol, y las horas implacables continúan su curso sin detenerse un mísero instante, y las cadenas nos impiden ir hasta donde quisiéramos, hasta donde nunca, nunca llegaremos…
—Doctor, ¿hay alguna esperanza? —El galeno se esfuerza por dibujar una mueca de dolor, pero es de fastidio.
—No quiero engañarla, señora, hay pocas esperanzas. Su hijo está muy mal; pero créame que se hará todo lo posible.
Mi madre llora, la escucho, y no puedo moverme para consolarla. Después de unos minutos una enfermera cierra la ventanilla, corre la cortina y me veo rodeado por esta blanca oscuridad, ¡y tú no estás aquí!, y tengo que prescindir de tu sonrisa una vez más.
Mi madre sale de la habitación, la enfermera se queda sola y me toma el pulso; luego, el maldito chillido y esa línea quebrada, luminosa.
A mi memoria llega el recuerdo de una carretera, degustando contigo el placer, siempre en línea recta. Ya sé a dónde lleva ese camino; pero prefiero cerrar los ojos a lo inexorable. —¡Bip!.. ¡Bip!.. ¡Bip!.. ¡Bi! ¡Biiiiii!..

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