Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Las horas de agonía en el trabajo habían pasado, el camión se detuvo en la parada y bajé. Crucé la calle, compré una revista y me disponía a ejercitarme en la más bella de las artes —el ocio— cuando un individuo casi me atropella a vertiginosa velocidad con su motocicleta. Le iba a reclamar; pero él me saludó y yo lo reconocí.
—Oye —dijo—, me acabo de enterar de que están contratando en un negocio de actualidad y telecomunicaciones, y que van a pagar en dólares.
—¿De qué se trata? —No sé, me acabo de enterar, pero es de buena fuente.
—¿Cuándo?
—Ahorita, a las ocho. Es en la calle bla, bla, bla… Yo te llevaría, sólo que voy por una amiga.
Rodolfo, que así se llama el miserable, arrancó su motocicleta y me dejó dudando. ¿Y si me perdía de algún acontecimiento grandioso? ¿Sería el nuevo descubrimiento en las redes de telecomunicación e informática? ¿Existiría la posibilidad de proyección dentro de mi carrera? Pensamientos audaces comenzaron a desfilar por mi cabeza, confié una sonrisa de complicidad a una de las muchachas que pasaban por ahí, eché mano de mi último billete y me encaminé hacia el filo de la acera para detener un taxi.
Después de varias direcciones fallidas vi a muchas personas reuniéndose para entrar a una casa; al mismo tiempo llegaba Rodolfo con una tipa que tenía mejor lejos que cerca y que me contó su historia con la mayor brevedad posible: antes estudiaba, se cansó y se puso a trabajar, el mes pasado se compró ropa y esperaba irse con una amiga a un concierto de rock en El Paso, Texas.
Rodolfo, con todas las ganas del mundo saludaba a viejos conocidos, quienes le mostraban papelitos haciendo grande alboroto como para que todos vieran lo mucho que se querían. Hubo momentos en los que dudé de mí mismo y me pregunté si no estaba en una reunión de los Testigos de Jehová o de alguna otra secta extraña de los Estados Unidos.
Entramos a la casa, Rodolfo me pidió que me sentara pues a continuación comenzaría el expositor, y luego se encaminó al baño con las más negras intenciones.
Solo, sin conocer a nadie, me dediqué a realizar una investigación para ver de qué se trataba el tema de actualidad y telecomunicaciones. Antes de que pudieran ponerme al tanto llegó Rodolfo con una sonrisa de amor filial y presentó el expositor a la concurrencia. La voz masculina del expositor tronó como Huracán, el dios maya.
—¡Ay! ¡Qué bueno que vinieron! ¡A la bio, a la bao, tra-la-rá!..
El expositor comenzó a explicarnos que le encantaba hacer ello (que a continuación explicaría) y que ya no hacía otra cosa. El asunto se trataba de embaucar a algunos incautos sacándoles 100 dólares, con lo que regalaban minutos de una compañía telefónica norteamericana. Esos minutos, recomendaba, podían ser utilizados para reclutar a otros incautos formando cadenas y, una vez que un incauto juntaba a otros incautos en grupos de seis, se le iban sumando puntos, mismos que posteriormente redundaban en algún cheque por una fuerte cantidad de dólares. A continuación procedió a mostrar su último cheque por 250 dólares y a decir que si queríamos, a nuestros incautos los podíamos embarcar llevándolos a alguna dirección de la lista verde donde un expositor explicaría todo ese relajo de las cadenitas de seis y de los bonos y de los minutos extra ya que, a decir verdad, resultaba tan complicado que temo que mi explicación no sea suficiente.
Rodolfo se me acercó aconsejándome con todo el descaro su truco barato de decir a mis incautos que iban a pagar en dólares, que yo no sabía muy bien de qué se trataba y que era de buena fuente. Con una resignación filosófica llamé a casa para que vinieran por mí, no sin antes prometerle a Rodolfo (para deshacerme de él) que acudiría a la siguiente tertulia y firmaría el pagaré por los 100 dólares. Una vez en el camino, Rodolfo se nos emparejó en un semáforo a mi hermano y a mí. Venía con la chava de mejor lejos que cerca. Rodolfo dobló su brazo cerrando el puño y proyectando el codo hacia atrás mientras guiñaba un ojo y decía: Yes!, arrancó haciendo chillar la motocicleta y desapareció. Espero que sea para siempre.

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