En el cementerio

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

—¿De veras lo crees? No le veo lo romántico.

—¿Nada? —Una sonrisa y el reto pendía en el aire. Pude sentir el escalofrío de su espalda; le temblaron las manos, bajó la mirada a la copa y dijo:

—Bueno… ¿por qué no? —Te va a gustar, es muy intenso. Tú y yo bajo la luz de la luna entre las tumbas. Nos sentiremos vivos y, te aseguro —sonreí— que ningún sepulcro se abre para dejar libres horrendas pesadillas.

Seguimos bebiendo. Ella hacía travesuras con los pies, bajo la mesa; ella era el murmullo de un sueño que por fin ubicaba, que por fin aceptó…

Imaginen la escena: las luces del automóvil revelan los insectos de la oscuridad, la verja herrumbrosa termina por ceder con una serenata de estridencias. Ella me toma del brazo y —no me van a creer— con eso tiene para percibir todo el frío de mi alma perversa; luego, un grito, una persecución desesperada, un vestido hecho jirones; y al final no corrió más, sino que expiró y en mis labios, el líquido carmesí brillaba a la luz de la luna.

—Muy terrorífico de su parte, señor López; creo que a usted se le votó la canica. Le repito: ¿Dónde está la señorita Anaya?

Disponible en Amazon
Pulsar imagen

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.