Por: Elko Omar Vázquez Erosa
El señor Novelo contempló el mar que ocasionalmente sacrificaba alguna de sus olas golpeándola contra los riscos de la playa. Los vapores del ajenjo seguían ahí, por lo que las sombras de la tarde fueron adquiriendo matices fantásticos. Un vientecillo agitaba sus oscuros cabellos.
—Señor…
El terrateniente se volvió despacio en respuesta al débil llamado de su sirviente.
—La señora de Villalba…
—Hazla pasar.
Novelo contempló su figura en el espejo, ensayando unos ademanes afrancesados, repasando con deleite las ilícitas historias que le unían con Brenda, la señora de Villalba, quien a los pocos minutos entró en la habitación.
—¿Algo de beber?
Ella asintió para luego acomodarse en uno de los sofás de su amante.
—¿Y qué te trae por aquí? ¿No has podido resistir a mis encantos?
Brenda llevaba la máscara de un miedo profundo y ancestral, un miedo de félida sin alimento para sus cachorros.
—Me temo que no es eso lo que me trae, querido. Mañana parto para España.
La sonrisa de Novelo cayó al piso para quebrarse junto al vaso que escapó de sus manos.
—Desde hace tiempo —dijo ella— lo veía venir, pero tú no me hiciste caso y siempre lo tomaste a broma.
Novelo encendió un cigarrillo.
—¿Es lo que pienso?..
Brenda se limitó a darle un beso, prolongado y angustioso, y a reiterarle su invitación para huir a la Madre Patria. Luego se marchó, dejando al terrateniente sumido en su estupor, en la compañía de sus fantasmas.
Otra vez el exilio. Una raza de señores abrumada por multitudes revolucionarias. ¿A dónde ir? Estaba cansado de ser el león perseguido por un ejército de alimañas.
La solución le llegó inesperada, como un brillo nunca antes considerado: el pensamiento, único refugio del aristócrata; la soledad, única barrera capaz de proporcionarle ese jardín fuera del hacinamiento ruidoso, burlesco y ordinario —fuera de considerar como igual a cualquier imbécil—.
—¡Ignacio!
No, no creía en el mañana, y el pasado se le antojó como un cisne resplandeciente… como un cisne resplandeciente.
—¿Señor?
—¡Ensíllame un caballo!
No, sólo veía más y más jovenzuelos desagradables, de mediana y corrompida inteligencia gritando desde las aulas y los periódicos, exhortando a las masas a limar las diferencias, pero él no podía arrancárselas del pecho. Los últimos destellos del día se marchaban con sus últimas ilusiones. Novelo montó el caballo que le esperaba, se acomodó el sombrero, encendió un cigarrillo para acompañar una larga y postrera mirada al paraíso; luego picó espuelas con rumbo a los pantanos, y siguió el cortejo de los reyes y los dioses que deambulaban el polvo del olvido.

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