Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Mi tía nos llevó a la misa de las ocho de la mañana; como de costumbre, Tito y yo nos salimos para pasar el oficio en la puerta con los vagos del pueblo donde, para ser francos, no se oía nada. Finalmente Laura y mi tía salieron y se fueron de compras después de darnos dinero para comprar unos helados que comimos en la plaza y, luego de un rato, Laura volvió con las llaves de La Casa del Pueblo para guardar los bultos.
La Casa del Pueblo es un complejo en forma de herradura que comienza a mano izquierda en un edificio de dos pisos con techo de dos aguas y sigue con otros de techo plano para terminar en una habitación de chimenea. Me llamó la atención que del ala principal sólo conociera una planta, por lo que le pregunté a Laura qué había en ese espacio, y ella me habló del desván oculto detrás de una portezuela disimulada en el cielo de tablas, misma que buscamos tanteando con un palo hasta coronar de éxito nuestros esfuerzos. Tito, ágil como él sólo, se subió en los hombros de Laura —quién expresó comentarios poco amables para con su hermano durante el proceso— y entró al desván, cerrado desde años atrás.
—¿Qué ves? —preguntábamos.
—Cosas —respondió Tito.
—¿Pero qué cosas?
—Puras mugres llenas de polvo.
Ante la insuficiente descripción del misterioso lugar permitimos que Tito bajara.
Mi tía llegó con una de tantas viejecitas conocidas suyas, a la cual había invitado a comer y para regalarle no sé qué. Así nos devolvimos al rancho El Refugio no sin antes prometer que volveríamos con una escalera y con la camioneta para saquear el desván, sitio que nos llenaba de esperanzas como si recién hubiéramos encontrado la tumba de un faraón.
Durante el pedregoso camino de regreso, flanqueado por los verdes maizales que desfilaban con la celeridad impresa por Tito —a pesar de los coscorrones que mi tía le propinaba y de las santiguadas de la viejecita— Laura y yo, que nos habíamos ido en la caja de la camioneta, comentábamos los posibles hallazgos que se encontraban a un paso de nosotros. Imaginamos desempolvar las armaduras, los morriones, arcabuces y espadas de los primeros Vázquez que llegaron a América; las cuentas, los penachos, las lanzas, el arco y las flechas de un hipotético ancestro apache; los turbantes, las cimitarras y los libros prohibidos por el Santo Oficio que según decía Laura, era posible que hubieran traído del Medio Oriente los ancestros de los Loya, rama de la familia que creíamos árabe.
Una vez en el rancho pasamos el tiempo jugando hasta que fueron encendidas las lámparas de aceite.
Fue difícil dormir aquella noche escuchando el aullido de los coyotes y las extrañas leyendas que Laura sacaba de fuentes desconocidas, pero al fin nos entregamos al sueño.
Muy temprano nos levantamos por el desayuno y buscamos una escalera a pesar de las protestas de mi tío, quien juraba que sólo encontraríamos basura. Ansiosos nos dirigimos a La Casa del Pueblo, colocamos la escalera y subimos al desván. Unas palomas volaron de la ventanilla con barrotes por la que entraba un poco de luz. El polvo y las sombras silenciosas de los objetos comenzaron a llenarse del brillo de nuestras linternas: sillas antiguas, herramientas, hormas de zapato, juguetes descoloridos, revistas viejas y unos vasos de vidrio que no se rompieron cuando los lanzamos a la duela de la planta baja; yo encontré una cabeza de venado empotrada en una moldura de madera, la cual todavía conservo y que, en palabras de mi tío, a este animal lo había matado a cachetadas mi bisabuelo, hombre de fuerte reputación despótica y con algo de cacique.
Laura encontró unos frascos que contenían vísceras en formol y los fue bajando con un cuidado extremo que no merecieron los vasos. Estas vísceras explicaban su presencia en el desván porque el esposo de mi tía Zulema —un español famoso por pudrir sus quesos con vino y luego comérselos (gusanos saltarines incluidos) en tortillas de harina— había sido médico y vivió algunos años en La Casa del Pueblo.
Cargamos de sillas, herramientas y objetos varios la camioneta y partimos al rancho El Refugio.
Los próximos dos días Laura estuvo madurando un proyecto que nos pareció loable por constituir una iniciativa en favor de la cultura: establecer un museo. Rápidamente coordinamos nuestros esfuerzos. Tito le puso la lona a la carreta, yo me fui a buscar huesos de vaca y a imprimir conchas marinas en yeso; Laura fue a la galera del rancho de donde salió con una canasta rebosante de porquerías. Luego nos pusimos a hacer una serie de etiquetas explicativas como las siguientes:
Para los huesos de vaca: Restos del reptil volador del período jurásico del gen. Pterodactylus; un trozo de lija: Lengua disecada del felino maicarodo, mejor conocido como Dientes de Sable, que medraba en América durante la Edad de Hielo. Su áspera superficie se debe a que los félidos, como carnívoros que son, la usan para limpiar la estructura ósea de sus víctimas de toda presencia de carne; unos trozos de una maceta de barro: Vestigios de vasijas pertenecientes a los Indios-Pueblo que describe Cabeza de Vaca en sus viajes por estas tierras; un molcajete: Piedra de moler de la cultura rarámuri o tarahumara; una iguana medio seca y apestosa se ganó el título de Pequeño Dragón de Komodo, al que introdujo en un ataúd metálico, blanco y semicilíndrico que en sus tiempos fue parte de una alacena; las impresiones de conchas marinas en yeso: trilobites; y así sucesivamente, pasando por las vísceras hasta llegar a una caja llena con crías vivas de rata. En este punto Laura se detuvo a meditar unos segundos, hasta que se le iluminaron los ojos y procedió a escribir con sabihonda verborrea apoyada en sus libros: Últimos ejemplares vivientes de los múridos que, según algunas teorías, ocasionaron la extinción de los dinosaurios cuando estos roedores devoraban sus huevos.
Mi hermano Ricardo, quien se había mantenido ajeno a la causa, ayudó a organizar las cosas y, una o dos horas después de la comida, la inauguración de nuestro flamante museo fue anunciada con bombo y platillos y un ¡tra-lán! que profirió Laura en el colmo de su alegría.
La caravana de visitantes se componía de mis papás; de mis tíos; de don Che, el viejecito que ordeñaba las vacas; de su esposa Lupe, casi sorda y a la que tuvimos que explicar con altavoz no pocas veces y; de doña Chu, la nana de mi papá y de sus hermanos. Todos ellos fueron pasando de dos en dos y con los comentarios de ¡Qué bonito! nos crecíamos mucho. Mi tía descubrió la iguana y las vísceras y el resultado fue una súbita huida hacia afuera para volver el estómago; pero el escándalo no se hizo esperar cuando Chu encontró a las ratas en su caja, la que tomó en las manos y sacó de la carreta pese a nuestras sentidas protestas.
Laura no se dio cuenta en el momento pues le estaba explicando a Doña Lupe la importancia que el museo tendría en el desarrollo cultural de la comunidad; Ricardo bajó a dar la alarma y fue cuando vimos que Chu metía las crías de rata en un balde y las bañaba en diáfano. Laura corrió protagonizando una escena dramática en desesperado intento de evitar un múridocidio. La escena terminó por adquirir matices trágico-épicos cuando Laura, como un Savonarola femenino que señalase la impiedad, apuntó con el dedo índice a Chu —quien ya les había prendido fuego a las ratas— al tiempo que gritaba:
—¡Bruja!
Mi tío debió intervenir con una ligera palmada en la cabeza de Laura, quien rompió en llanto y fue a buscar abrigo en su habitación. Todavía escucho los berridos de Laura, elocuentes muestras de denuncia a ese espíritu de Contrarreforma que durante siglos ha caracterizado a nuestra cultura y que quizá explique, al menos en parte, la ausencia de un museo en el pueblo de Temósachi.

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