Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Mi prima Laura nos miró con sus ojos azul acero: las hierbas húmedas me provocaban comezón en las piernas, a las que no alcanzaban a cubrir los viejos pantaloncillos cortos que traía encima; el arroyo entonaba una melodía suave, como el aleteo de las auras rondando a una vaca muerta.
A mi prima siempre le gustó inventar cuentos raros, y espantarnos con una horrorosa muñeca que tenía la vista fija y vidriosa, acechando desde un rincón de su cuarto.
—Aquí sacrificaban los apaches a los blancos —aseguraba al señalar un montículo de piedras, pero ese cuento era uno de mis favoritos ya que no me sentía blanco, sino apache, y cuando sus gestos adquirían ese brillo con una inteligencia diabólica, lo mejor era estar de su lado o bien, junto a mi hermano Carlos, su archienemigo.
El mito con que nos engañó ese día, según recuerdo fue la leyenda del arco iris, y la famosa olla rebosante de monedas de oro. Laura traía algunos viejos centavos que sacó de la galera del rancho, y sin que nos diéramos cuenta, iban apareciendo por ahí.
—Se les cayeron a los enanos cuando escondían sus riquezas —dijo ella.
—¡Ádio! —exclamó mi primo Tito, con una expresión de incredulidad.
Las horas pasaron y los tres seguíamos caminando, buscando llegar al final del arco iris, pero como el tesoro no aparecía mi primo, el eterno holgazán y realista, decidió ejercitar sus desnudos pies sin importarle las filosas piedras y las espinas. Laura tomó una calabacilla silvestre y se dispuso a castigar al desertor. El proyectil dio de lleno en la espalda de Tito, que sonó como un tambor rarámuri; luego, los chillidos perdiéndose entre la lejanía y los brincos. Laura le gritó un montón de palabrotas, el viento mecía sus cabellos amarillos como el jilote, la bruma legendaria de un sueño que no pudimos encontrar.


