La casa de las ventanas encantadas

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Jaime despertó con la conciencia de haber conocido en su sueño a una mujer bella y misteriosa. Tenía su número telefónico presente en la memoria. Quizá de broma o debido a una esperanza inconfesable lo apuntó en una libreta que siempre yacía sobre el buró, para luego levantarse por el desayuno.

Toda la mañana se deleitó con agradables pensamientos que no pudo traducir en algún relato. Cerca de las doce del día acariciaba el teclado de su ordenador en espera de una idea que pudiera desarrollar, pero estaba tan distraído que debió desistir en sus débiles intentos y se puso a dar vueltas por la casa. Una hora después recordó el número telefónico de la chica que había conocido en su sueño y se decidió a probar suerte, un poco apenado por testigos invisibles que le hacían sonrojarse.

Alguien contestó del otro lado de la línea y la voz le resultó familiar —ella existía— ella le reconoció y quedaron de cenar juntos.

—Llegando al pueblo El Rosal preguntas por La Casa de las Ventanas…

Jaime se arregló con esmero, subió al auto y luego se detuvo en un restaurante para dar cuenta de una abundante comida… y para divagar. Cuando terminó siguió su camino con breves interrupciones como una pequeña escala a su vinatería favorita, a la florería más cercana y por unos chocolates. Enfiló hacia la carretera y a todo lo largo de la ruta extrañamente vacía se congració con la vida acompañando con su propia voz las notas que exudaba el tocacintas del vehículo.

Dos horas más tarde Jaime paró en una gasolinera con un techo de láminas desvencijadas y pidió al hombre del lugar que le llenara el tanque.

—¿Cuánto falta para El Rosal?

—Está como a media botella de tequila —respondió el hombre entre carcajadas que mostraban unos dientes manchados de tabaco. Jaime rió por solidaridad, aunque el chiste no le hizo la menor gracia.

Al poco rato las calles pintorescas de El Rosal estuvieron ante sus ojos. Una vez dentro del pueblo el automóvil comenzó a hacer un ruido extraño que después se vio acompañado por escandalosas volutas de humo que salían del cofre. Jaime apagó el motor, abrió la portezuela y estuvo unos minutos contemplando con expresión estúpida el inextricable diseño de válvulas, pistones y chips. Un niño pasó por ahí soplando un rehilete.

—Oye, chico. ¿La Casa de las Ventanas?..

El niño no respondió, se limitó a mostrarle una mansión espléndida que, en todo caso, debería llevar el mote de El Palacio de las Ventanas.

Jaime cerró bien el coche, cargó sus cosas e inició lentamente el ascenso de la pequeña colina en la que dominaba su objetivo. Ya ante la puerta le extrañó ver el descuido que no era tan evidente unos metros atrás. Se asomó por una ventana sólo para convencerse de que era imposible que el palacio estuviese habitado. De cualquier manera golpeó y, en seguida, un anciano de curioso uniforme militar le abrió.

—Disculpe, ¿la señorita de?..

El anciano le franqueó la entrada y al momento, Jaime descubrió un detalle desconcertante. Adentro la casa estaba en perfectas condiciones, llena con aureolas musicales que provenían de algún piano oculto.

El anciano subió por unas escaleras de caracol y Jaime tuvo la sensación de que él mismo, el pueblo, la casa y el viejo militar, pertenecían a un tiempo ido, a sombras y destellos del pasado. Quiso huir, acariciaba la auto sugerencia, cuando se vio en un salón lleno de exóticos personajes.

—¡Buenas tardes! —rugió un hombre que usaba monóculo, vestido con elegancia y de fuerte acento austriaco—. Barón de Humbretch…

El barón liberó de sus bultos a Jaime, quien trataba de ubicarse en la cordura. ¿No sería el prodigio de las ventanas un efecto artificioso hecho por algún miembro de esta comunidad tan peculiar?

—Disculpará usted, querido amigo, el revoloteo prosaico y los ademanes plebeyos y poco refinados de esta parvada de artistas mediocres e intelectualoides, pero las costumbres, como de usted no es desconocido, se han relajado.

—¡Barón! —exclamó un joven que tenía un rostro mordaz de judío sabelotodo—. Deje de abrumar a nuestro amigo con su retórica inagotable.

—Ente despreciable, destruyes los sublimes pensamientos que como fieros y vengadores cernícalos me acometen. El artista moderno carece de un saludable odi profanum vulgus a causa de las tendencias democráticas que chillan como ratas viejas. Es mi deber informarles que el hombre debe regresar a las buenas tradiciones de antaño que conducen a la diferenciación y a la perfección de la raza.

—Vanas ideas —repuso el judío.

—¡No! —estalló el barón—. Los dioses que ustedes inventan se les mueren en las manos. Es preciso regresar a los viejos cultos donde el aristócrata, llámese guerrero, artista o santo, se ve obligado a ser lo más parecido a los dioses.

—Hueros conceptos ¿Con qué derecho?

—Con su derecho de linaje o señal inexcusable que le es dada por el dios en turno. ¡Sangre probada por los siglos o por aptitudes extraordinarias!

—En mi experiencia personal…

Jaime notó que el barón y el judío se habían olvidado de él en su acartonado discurso, por lo que repasó el escenario. En un rincón se encontraba un escritor aporreando el teclado de una desvencijada máquina de escribir; a su lado un gordo escultor se interrumpía con frecuencia para comentar algo con el escriba; en medio de la sala un famélico pianista arrancaba las notas que Jaime ya había tenido oportunidad de oír; cerca de una ventana una mujer rubia de boina pintaba paisajes de corte impresionista. Pretendiendo dirigir todo desde un andamio, un cineasta gritaba esporádicamente con su altavoz:

—¡Corte! ¡Corte!

Jaime se acercó al escriba.

—Perdone, ¿la señorita de?..

—¡Un momento, por favor! —Se volvió hacia el del cincel—. ¡Armand! Escucha esto.

Armand dejó su trabajo y el escriba arrancó una hoja de la máquina, misma que procedió a leer en voz alta:

Ya salen las chicas del pueblo con sus vestidos multicolores, y su perfume se mezcla con el de la tarde, con el de las palomitas y el de los helados. Ahora alumbra, con su lucecilla vacilante, una lámpara de aceite. Los insectos giran en torno a ella. Una anciana murmura algo, el grito de un chiquillo se pierde en la lejanía, de eco en eco.

—¿De eco en eco? —protestó Armand—. Suena como a cinceladas. ¿Será que ambos nos hemos confundido de oficio?

—Disculpen —volvió Jaime a la carga.

—Mire usted, compañero —interrumpió el escriba—. Armand es mi primo y el ejemplo de la familia, lo cual se debe a que mi padre siempre decía: Sigue comiendo así y vas a quedar como tu primo Armand.

—¡Pedazo de imbécil! —gritó Armand.

Jaime fue donde la rubia.

—¿Te puedo quitar unos segundos?

—¡Corte! —tronó el cineasta interrumpiendo a Jaime (aunque en honor a la verdad, la pintora no parecía con intenciones de responder)—. ¿Cómo es posible que en una película de la Época Dorada de los dioses celtas esté un maldito pianista?

El pianista retiró las manos del teclado.

—¡Bestia! —lo regañó el cineasta—. ¡Toma una crotta! ¡Una crotta!

Jaime se subió al andamio del cineasta para arrebatarle el altavoz y pedir unos segundos de atención. Inesperadamente, lo consiguió:

—¡Vine a ver a la señorita de!..

Los presentes se miraron unos a otros, sin comprender.

—Esta mañana —prosiguió Jaime— me desperté con el recuerdo de un sueño en el que conocí a una muchacha que me dio su teléfono. Marqué el número y ella contestó, citándome en este lugar.

Los artistas se miraron unos a otros y se echaron a reír con tal impudicia y estupidez que resultaba en extremo chocante oírles y contemplarles.

—¡Con un demonio! —estalló Jaime—. ¡Estoy buscando a la señorita de!..

—¡Ah! —Respondieron al unísono.

El barón se adelantó hacia Jaime.

—¡Hombre! Por ahí hubiera empezado. Tenga la bondad de seguirnos.

Comenzaron a bajar las escaleras; unos hablaban de rosas y de viento que, según decían, estaban relacionadas con el nombre del pueblo; otros comentaban la técnica del crochet y del macramé. Finalmente se detuvieron ante una puerta que conducía a un sótano, en medio del cual estaba una ventana empotrada al ras del suelo. Jaime notó destellos verdes y fosforescentes que se percibían en las sombras a través de la ventana.

—Pase amigo, pase —invitó el judío y todos rieron calladamente.

Jaime estaba a punto de marcharse; entonces vio que la ventana o tragaluz mostraba una planta aún más baja llena de agua y ápodos, mismos que causaban la luminosidad.

—Con permiso —dijo el escultor al tiempo que abría la ventanilla.

—¡Señorita! —llamó el escriba—. ¡Le hablan!

Repentinamente, y después de un parpadeo, Jaime pudo admirar a la bella mujer que le había conducido hasta ese lugar, unida al agua por una membrana que Jaime creyó un vestido. Se acercó a ella y ambos se unieron en un beso, muy celebrado por cierto ya que los artistas bailotearon como mandriles, dando exageradas muestras de alegría.

Jaime abrió los ojos para ver que su dama había desaparecido. Sintió que se iba encogiendo, que sus miembros desaparecían, que los ojos se le saltaban para luego recubrirse con una ligera capa de piel; en seguida le salieron branquias y ya no pudo respirar, por lo que empezó a retorcerse en el suelo, hasta que la pintora tuvo la bondad de tomar de la cola a Jaime-ápodo y luego lanzarlo al agua.

Armand cerró la ventanilla y el grupo siguió hablando de los orígenes del pueblo, de su nombre relacionado con el viento y las rosas, así como de las técnicas del crochet y del macramé.

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