Leannan-Sidhe

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Luego de la derrota amorosa que le costó un escándalo, un duelo y un proceso judicial, el exquisito poeta, sir Óscar Lindsey, se retiró a sus posesiones, en las tierras altas de Escocia.

Desde entonces el aristócrata se dedicó a vaciar la cava que su tío Wallace, el anterior amo de la ruinosa mansión, llenara con tanto cariño, y con una copa en la mano dividía su tiempo entre la ociosa contemplación del fuego y la lectura voraz de los libros.

Sir Óscar Lindsey no volvió a los salones londinenses a los que antes era tan afecto, y muy pronto llegó el día en que hasta sus amigos más cercanos dejaron de visitarlo, cansados de la invencible melancolía del artista, al que recordaban por su refinado y voluptuoso hedonismo.

Y no es que hubiera cambiado mucho: la tristeza otorga un extraño placer a los espíritus demoníacos. Óscar comenzaba a descubrir los goces de los crepúsculos lluviosos y de los húmedos rincones donde las arañas tejen sus trampas de plata, y se entregaba a su nueva pasión con el mismo o mayor ahínco del que había puesto en sus florilegios multicolores, cuando su alma se remontaba a los paisajes de la soñada Arcadia, y a las lujosas cortes de imaginarios países orientales.

Así fue como tomó por costumbre recorrer las boscosas inmediaciones de la casona, en las que no tardó en descubrir un antiguo y descuidado laberinto.

En la entrada había una puerta de roble protegida por una tranca que opuso alguna resistencia, pero el brandy y la curiosidad lograron imponerse.

Sir Óscar Lindsey vagó durante horas por las avenidas de cantera y setos hasta llegar a una plazuela donde la figura de una diosa de piedra se encontraba en medio de un círculo de árboles.

Óscar quedó encantado con su descubrimiento e incluyó entre sus hábitos recorrer el laberinto, donde se emborrachaba desde horas tempranas y volvía hasta el crepúsculo con pliegos de siniestros poemas que luego disponía para ediciones privadas que le dispensaron una renovada notoriedad; sin embargo este éxito no lo sacó de su excéntrica forma de vida y continuó evitando el trato con sus semejantes.

Un día en que el poeta paseaba por el complejo escuchó un murmullo que terminó guiándole hacia una de las callejas sin salida, donde no faltaba una fuentecilla a la que acudían los pájaros para beber, gracias a un ingenioso y resistente mecanismo.

Lo sorprendente es que vio a una mujer rubia, cuyo rostro le parecía vagamente familiar, que cantaba mientras cepillaba sus largos cabellos.

—Buenas tardes —atinó a decir, pero la muchacha se levantó rápidamente y logró burlar al divertido joven.

El fenómeno se repitió, con ligeras variantes, en diversas ocasiones: algunas veces, cuando fumaba un cigarrillo, sir Óscar Lindsey se sentía observado y al voltear sorprendía a la bella joven, quien invariablemente huía.

No se trataba de una campesina. Las ropas de la mujer eran lujosas y extrañas. En su sonrisa y hasta en el más mínimo de sus gestos podía adivinarse una nobleza que contrastaba con ese comportamiento de chiquilla malcriada.

El sir se propuso acorralar a la coqueta, y como sólo existía una entrada al laberinto decidió cerrarlo con un fuerte candado para evitar que ella volviera a escabullirse.

La dama no se hizo esperar demasiado: surgió detrás de la estatua de piedra y luego echó a correr mientras reía, para perderse en los vericuetos de la construcción. Óscar no pudo encontrarla, a pesar de que recorrió una y otra vez el laberinto, revisando detenidamente el candado y las altas paredes del conjunto.

Repitió el experimento, con todo y perros de caza, pero éstos se deshacían en ladridos que conducían a direcciones contrarias.

El temor se abrió espacio en el alma de sir Óscar, quien no hallaba una explicación a lo que estaba ocurriendo.

Cuando hubo regresado a la casa, sir Óscar luchó con el miedo al ridículo que le daba preguntar sobre el asunto al viejo Anton, el mayordomo, quien atendiera al desaparecido sir Wallace.

Había algo desagradable en los silenciosos sirvientes que siempre parecían ocultarle algo: lo miraban como a un intruso, y fue esta idea la que terminó por irritar a sir Óscar, por lo que llamó a su mayordomo y le soltó la pregunta sin ambajes.

—¿Quién es la mujer del laberinto?

El anciano dio inequívocas muestras de terror cuando su joven amo mencionó a la chica, pero en seguida recuperó su flema.

—¿La mujer?.. Aquí no hay más mujeres que las doncellas del servicio, señor.

Sir Óscar se sintió insultado por la respuesta y estalló:

—¡Mientes! Si quieres seguir en esta casa tienes que decírmelo.

—¡Señor! Sólo el antiguo amo sabía quién es ella. ¡Por el amor de Dios! ¡No la mire! ¡No escuche sus diabólicas melodías! Es un súcubo, una emanación de este lugar que durante tantos años dio la espalda al creador por culpa de las prohibidas artes que practicaba su tío —que Dios tenga piedad de su alma— en estas mismas habitaciones.

—¡Por Dios, Anton! Si bien es una muchacha misteriosa que de alguna manera consigue burlarme y desaparecer en el laberinto, yo me inclinaría…

—¡El laberinto! Ese maléfico lugar causó la desgracia de su tío quien, desde el día en que entró ahí, volvió con una expresión en el rostro que no volvió a abandonarle. ¡Escúcheme, por favor! Su tío, sir Wallace, recorrió los lugares más remotos de Inglaterra, Irlanda y Escocia, y frecuentó la compañía de peligrosos hechiceros españoles y franceses, tal como hicieran sus ancestros.

“Una sola vez lo acompañé al laberinto, donde pude ver la figura de piedra de una mujer. Pues bien, dicen que esa escultura fue tallada en un monolito que ya utilizaban los druidas para sus ceremonias en honor a Samhain, el señor de la muerte, quien no es otro más que Satanás”.

“Esa mujer no existe, es un demonio que sorprende a los solitarios, y si no pregúntele al viejo Burke, el contrabandista, quien la ha visto por los bosques oscuros donde moran los espíritus de Belial: si aprecia en algo su alma, aléjese de esas compañías que habitan, a decir de su tío, entre los resquicios de los mundos”.

—Gracias por el consejo, Anton, procuraré conseguir otras distracciones —contestó Óscar, ya que la perorata calvinista del viejo comenzaba a hastiarlo—, pero sé bueno y alcánzame otra botella de ese brandy que dejó mi tío, y un nuevo paquete de cigarrillos.

—Pero señor…

—Gracias, Anton.

Cuando el anciano sirviente cumplió con la orden del amo, éste se dirigió a la biblioteca, donde recordaba haber visto unos papeles escritos de puño y letra de su excéntrico pariente, así como varios libracos que formaban una nutrida colección de leyendas celtas.

Sí, el misterio debía estar relacionado con los celtas.

Y no es que el poeta se inclinara por una explicación sobrenatural del asunto, pero sabía que a partir del siglo XVIII había resurgido con fuerza, siempre a la sombra, la religión de los druidas, o por lo menos un intento de restablecer las antiguas órdenes sagradas.

Lo cierto es que las viejas creencias nunca se habían desvanecido por completo: seguían vivas en las tradiciones de los campesinos, en la literatura, en el alma fantasiosa de los isleños, y habían pasado a formar una de las distracciones de un puñado de nobles ociosos.

En caso de que Anton tuviera razón en el hecho de que la figura de piedra había sido esculpida sobre un menhir, era posible que se tratara de un culto al que habría pertenecido su tío y otros aristócratas excéntricos.

No descartaba la existencia de una puerta secreta en el laberinto, ni que la muchacha fuera una sacerdotisa o aprendiz tratando de llamar su atención o bien de asustarlo, a fin de que sus correligionarios pudieran continuar libremente con sus ritos.

Sir Óscar acercó la lámpara a los estantes de la biblioteca y, como si le estuviera esperando, un manoseado volumen encuadernado en piel de ternera saltó a su vista. Al hojearlo vio que se trataba de un manuscrito de la autoría de su difunto pariente y cuyo título rezaba: Sobre los resquicios de los mundos.

La portadilla mostraba una cierva que se perdía entre bosques sombríos mientras la seguía, mansamente, un joven de ricas vestiduras.

Luego de saltarse algunas citas en latín, pues no se sentía con ánimo para traducirlas, leyó unas líneas que decían:

…y coinciden los antiguos en que los verdaderos poetas son hombres que no se pertenecen a sí mismos pues en ocasiones adquieren la estatura de un héroe, mientras que en otras circunstancias se comportan como seres pusilánimes: locos raptados por las musas que vagan en la tierra, expulsados de otros mundos…

En seguida venía una lista de filósofos entre los que reconoció los nombres de Platón, Aristóteles y Hermes Trismegisto. Después de otra serie de citas en griego y en latín, el texto continuaba con la historia de Oisin u Osian, el mítico poeta irlandés.

La narración iniciaba cuando el bardo era invitado a cabalgar en el blanco corcel de un hada, quien lo conducía al reino de Sidhe. Una vez en las feéricas tierras el personaje se entregaba a los placeres del arte, la mesa y el amor, pero conforme pasaba el tiempo, que a Oisin le había parecido unas cuantas semanas, comenzó a extrañar a sus amigos, por lo que pidió al hada que le permitiera visitar su mundo, y ella accedió con la condición de que no bajara de su caballo.

Cuando Oisin hubo abandonado el reino de Sidhe se dio cuenta de que habían transcurrido siglos: los tiempos heroicos, a los que había pertenecido, ya eran parte de las consejas.

Lleno de tristeza, el poeta olvidó la promesa que había hecho a su amante y bajó de su montura para contemplar las ruinas de los palacios que conociera, pero al poner pie en tierra el tiempo lo alcanzó transformándolo en un anciano. El caballo volvió al horizonte de las hadas y Oisin debió vagar por un mundo extraño del que habían desaparecido los dioses y los grandes héroes para dar paso a la invasión de los romanos así como a la implantación del cristianismo.

De acuerdo a la leyenda el desdichado había narrado su historia a San Patricio, quien ordenó que se conservaran estos hechos increíbles para memoria de los venideros.

En otro capítulo el viejo Wallace analizaba el universo de los elementales y la naturaleza del reino de Sidhe, que al parecer era un limbo gobernado por los dioses y a donde acudían las almas de los muertos bienaventurados, además de ofrecer un refugio a los espíritus de los bosques, del aire y de las fuentes. En esta tierra, según se desprendía de las amarillentas páginas, se había exiliado la raza de Dannan, las antiguas divinidades celtas.

A fin de que los humanos pudieran entrar a ese universo debían observarse ciertas fechas y horas, especialmente el crepúsculo y los instantes previos a la aurora, cuando el cielo vacila entre el negro y un azul oscuro.

Más adelante sir Óscar se vio ante diagramas y símbolos evidentemente místicos, acompañados de caracteres oghámicos. Además había una lámina que retrataba el laberinto: en su interior se podía ver a una dama tomando un paseo con su cortejo de doncellas.

El último apartado, que a todas luces era un anexo pues más de la mitad de sus páginas se encontraban en pésimo estado, contenía un intrincado árbol genealógico, adornado a la usanza irlandesa de la Edad Media y cuyas raíces se perdían en tiempos fabulosos, antes de la llegada de los conquistadores romanos.

Si se daba crédito al documento, el linaje del poeta bebía de muchas fuentes: escoceses, irlandeses, ingleses e incluso celtíberos de la antigua Numancia: parecía la obra de un loco, el delirio de un megalómano.

Para explicar los orígenes de su familia el árbol sustituía en algunas partes los nombres de individuos por los de clanes, pues de otra forma se habría necesitado una biblioteca interminable.

*

Con los ojos ardiendo el noble se sirvió otra copa y apuró el contenido. Repitió la operación varias veces y luego se tumbó en un sillón, frente al fuego, donde encendió un cigarrillo, y entre ansiosas bocanadas se puso a cavilar sobre lo que había leído.

El culto, se dijo a sí mismo, obedecía a fines más ambiciosos que los de un club de aristócratas excéntricos. Tal vez hasta habían revivido algunas de las horribles prácticas de los druidas.

Una risa femenina sacó al poeta de sus pensamientos. Al levantar la vista vio a la chica, que lo miraba desde el dintel de la puerta de la biblioteca: su primer impuso fue perseguirla, pero al recordar sus muchos fracasos para conseguirlo, volvió a sentarse y suplicó:

—Por lo menos dime cómo te llamas…

—Leannan-Sidhe —respondió ella con una voz de cristal que hablaba de ensueños y mares remotos.

—¿Qué quieres de mí?..

Sin contestar, la mujer se acercó a uno de los amplios ventanales y desapareció detrás de la cortina. Sir Óscar fue tras ella para enfrentarse con un espectáculo inesperado:

A través del cristal y en un bosque más salvaje que el que conocía podían admirarse corros de muchachos y doncellas que usaban, a la luz de la luna, vestidos de colores lujuriosos, así como guirnaldas de flores, y cantaban melodías llenas de añoranza.

Aunque creía que una parte de su corazón estaba muerta por el contacto con las pasiones y los sinsabores, Óscar recordó su infancia, el abrazo de su madre, el beso de una dama linda perdida en sus memorias.

Se sintió desesperadamente joven y ardiente y pensó que la mayor parte de su vida había sido un lamentable desperdicio, y trató de alcanzar con sus dedos el tejido de los sueños, pero lo cegó una luz intensa y ya no supo nada de sí, pues se hundió en un abismo de negrura…

*

Alguien tocaba a la puerta…

Leannan-Sidhe —señora hada— había dicho ella…

La cabeza amenazaba con estallarle debido a la terrible resaca…

Alguien tocaba a la puerta… Óscar se levantó del suelo y trató de componerse un poco.

—¡Adelante!

El mayordomo entró con la correspondencia.

—Señor, tiene una carta.

—Gracias, Anton —dijo Óscar al tiempo que tomaba un sobre lacrado.

—¿Quiere desayunar?

—Manda traer algo ligero… y un poco de vino.

El criado asintió y se dispuso a cumplir las órdenes de su amo.

El sello tenía las armas de su amigo George Stevenson, joven elegante que se dedicaba en cuerpo y alma al difícil arte de no hacer nada, así como a ofrecer distinguidas tertulias donde se hablaba de todo lo que podía agradar a un diletante.

El poeta abrió la carta y leyó:

Mi querido Óscar:

Aunque estoy enterado de tus nuevas costumbres de anacoreta que no dejaron de sorprenderme— quise invitarte a pasar unos días en la propiedad de mi tío Andrew, la cual dista unas cuantas millas de tu casa de campo.

Mi prima Elizabeth es una de tus grandes admiradoras y se muere por conocerte (no me vayas a descubrir, pues como todas las mujeres a ella no le gustaría parecer demasiado ansiosa).

Recién llegué al campo buscando emularte, pero la extrema virtud de mi tío me tiene atado a un limbo de aburrimiento, por lo que un poco de charla me vendría bien.

Te espero mañana. No aceptaré una negativa.

George

P.D. Mi prima Elizabeth es preciosa y los vinos de mi tío, excelentes.

Al terminar de leer el texto Óscar sintió alivio: se había obsesionado con el laberinto y con las leyendas celtas, por lo que se encontraba al borde del colapso, y la carta de George le recordó que existía un mundo amable de alegría y despreocupación.

Decidió que iría a la cena para despejarse: sería interesante conversar de todo y nada.

El noble tomó su desayuno y bebió con moderación. Ordenó que tuvieran listo su carruaje para la cita, leyó un poco y se fue a la cama temprano.

Al día siguiente los fantasmas que lo acosaran se habían desvanecido. El sir reflexionó que no existían razones válidas para ser infeliz pues lo tenía todo: genio y salud; donaire, riqueza y linaje.

Como un niño que tuviera ante sus ojos el panorama de unas largas vacaciones, Óscar abordó su carruaje y se dirigió a la propiedad del tío de George.

En el camino pudo apreciar la belleza de los bosques de Escocia; la silueta de ruinosos castillos medievales; las casas, la ropa, el espíritu de los montañeses.

Finalmente apareció la suntuosa casona de los Stevenson. De factura italiana, la construcción ostentaba una escalinata resguardada por leones, que terminaba en un pórtico de mármol.

Soñando con ángeles, los amplios ventanales reflejaban un cielo aderezado de flamígeras nubes.

Dentro del marco de un jardín cuidado con esmero lo esperaban sus anfitriones, además de una tropa de criados vestidos con librea que se apresuraron a abrir la puerta de su carruaje para ayudarlo a bajar.

Había un rostro…

—¡Óscar! —exclamó George mientras abrazaba a su amigo—. Por momentos dudé que vendrías.

—¿Tan grave es mi fama de ermitaño? —preguntó el sir con una mueca burlona.

—Más de lo que imaginas… pero déjame presentarte con mi tío, lord Andrew.

—Un placer —dijo Óscar al estrechar la mano de lord Andrew.

Había un rostro…

—Bienvenido a nuestra casa —dijo lord Andrew—. Es un honor recibir a un poeta distinguido y a un caballero.

—El honor es mío, lord Andrew —contestó el invitado…

Había un rostro blanco, bello como la espuma del mar en una tarde soleada… un rostro enmarcado por la noche… unos ojos grises…

—Mi hija… Elizabeth.

Al besar esa mano sintió que su tristeza no era más que un surco en el mar… frágil onda en las aguas de un río.

—Encantada —respondió la dama, y el color se apoderó de su tez de alabastro.

—¡Pasa, Óscar, pasa! ¡Tenemos tanto de que hablar! —exclamó su amigo George mientras le tomaba del brazo. Se disculpó por ambos con su tío y con su prima y condujo al artista a un saloncito de fumar, donde lo puso al tanto de los escándalos y chismes de Londres.

—Espero que no te moleste el tema —dijo George sin poder aguantarse—, pero aún se habla de tu duelo con Trevor, quien asistió a su boda con una expresión de virtuoso ofendido y un brazo vendado… si me permites decirlo, creo que te salvaste de una buena, pues Sybil no hace más que reñirlo por sus opiniones de dandy, además de que mantiene una estricta contabilidad sobre las copas y cigarrillos que consume. Incluso lo obliga a asistir a las insípidas reuniones de un club de filántropos, donde entablan sesudas discusiones buscando la manera de ayudar a los palurdos.

—¡Por Dios! ¡Qué espanto!..

—Al pobre de Trevor sólo le falta meterse de político o periodista para volverse un clásico patán de clase media. Usa un horrible sombrero de copa y de rato en rato se atusa el bigote con la gracia de un líder sindical.

Los amigos soltaron la carcajada y siguieron hablando de personajes similares mientras fumaban lánguidamente sus perfumados cigarrillos y disfrutaban una copa de whisky.

Finalmente la doncella les anunció que la cena sería servida en unos minutos, por lo que acudieron a reunirse con lord Andrew y Elizabeth.

El gran espacio del comedor era presidido por una chimenea de diseño caprichoso; los ventanales abuhardillados, con vista a los jardines, irradiaban esa atmósfera sugerente, propia de las estancias señoriales; sobre la mesa de palo rosa se apreciaba un culto al detalle que evocaba en el comensal un estilo de vida propio del ensueño: fuentes de cristal, cubiertos de plata, flores y vinos afrutados.

El menú, sabiamente elegido, fue completado con la deliciosa charla de los anfitriones: lord Andrew habló con un estilo ameno de sus aventuras en la India, que le habían permitido incrementar la herencia paterna.

Elizabeth contó chispeantes anécdotas de sus viajes por Francia, Italia y otros países del medio día, con agudas observaciones de las costumbres y el arte, y no ocultó el entusiasmo que despertaba en ella la obra de sir Óscar, quien se sintió halagado por tener una admiradora tan refinada y hermosa.

La velada terminó en un saloncito, donde George acompañó con el piano los alegres cantos de su prima.

Los días se sucedieron unos a otros entre banquetes, largas conversaciones y paseos por el bosque, y en esas jornadas de completa armonía la amistad entre Óscar y Elizabeth se fue estrechando hasta que les resultó difícil disimular los nuevos sentimientos que habían nacido entre los dos.

Hablaban con un lenguaje de gestos y miradas que sólo ellos comprendían, y llegó el momento en que esos tenues contactos dejaron de ser suficientes, por lo que una tarde, aprovechando que lord Andrew y George inspeccionaban los campos, Óscar descubrió su corazón a la doncella:

—Elizabeth, estos días que he pasado a tu lado han sido los más felices de mi vida. Me he vuelto un adicto a tu presencia.

—Lisonjero —contestó Elizabeth tratando de mantener la compostura, pues adivinaba una declaración.

—Y… y no hay nada que yo no hiciera por alcanzar tu amor.

Ella enrojeció, bajó la mirada y se puso a juguetear con una pulsera. Temeroso de un rechazo, Óscar agregó:

—Perdona mi franqueza si te ofendí. Una sola palabra de tu parte y entonces…

—¡Óscar! Mi corazón te pertenece: fue tuyo desde el primer instante.

Sellaron el pacto con un beso que era apenas un roce, pero que prometía una felicidad indescriptible, fantástica, sin igual…

*

Óscar y Elizabeth formalizaron su noviazgo a la primera oportunidad y consiguieron la bendición de lord Andrew, quien no ocultó su contento ya que el poeta había conquistado la simpatía del viejo aventurero.

Por delicadeza Óscar abandonó la casa en la que había pasado tantos momentos de idilio, y cuando regresó a sus propiedades dio órdenes para que remodelaran su casa de Londres, pues esperaba contraer matrimonio una vez que hubiera transcurrido un tiempo razonable.

A partir de entonces el artista se dio con una nueva pasión a la creación literaria, que intercalaba con visitas a la dueña de su amor.

*

Transcurrieron los meses y, sin que supiera como, una sed innombrable, la misma que le había atormentado desde que tenía memoria, volvió a apoderarse de su alma, con más fuerza que nunca.

Era un deseo de imposible y lontananza, un deseo vago que se reflejaba en sus noches intranquilas y en sus largas incursiones de vagabundo por los alrededores de la casona.

Había creído que podría sustraerse a las voces del silencio, pero lo atormentaba un sueño recurrente donde escuchaba un canto de infinita belleza.

En ese sueño Óscar perseguía a través del bosque a una cierva que se perdía entre los árboles. Buscando una pista el noble llegaba a un río en cuyas aguas una barca de madera finamente labrada transportaba gallardos jóvenes y doncellas sin par, que vestidos de ricas telas cantaban, entregándose a la danza al son de harpas, tambores y flautas.

Y a unos pasos de esa nave, en la que podía paladearse toda suerte de vinos y manjares, revoloteaban preciosos caballos y aves de plumajes multicolor.

Si, la vieja obsesión había regresado, las persistentes melodías a cuyo conjuro se abrían las puertas de caprichosos universos que revelaban senderos infinitos.

Desde entonces no le abandonó el sueño, que se repetía noche tras noche. Sir Óscar Lindsey volvió a darse a la bebida y dejó de contestar las cartas de Elizabeth, que se fueron apilando en su escritorio, y en ese estado de ánimo que no podía explicarse a sí mismo retomó la costumbre de visitar el laberinto…

*

Las hojas fueron serpenteando alrededor de la estatua de esa diosa desconocida, que siempre lo acompañaba en sus tristes meditaciones de otoño, cuando recorría los silenciosos corredores del complejo donde desfilaban caravanas de espectros que a veces creía recordar en un sueño lejano, en una de las consejas que le narraban las criadas a la hora de dormir, en su niñez perdida.

Miró a lo lejos, hacia el trazo que dejaban los fantasmas del crepúsculo en su silenciosa cabalgata de ilusiones, cual frágiles copas de cristal.

Las hojas, vueltas carmín, siguieron remolineando mientras lo atormentaba el recuerdo de su sueño recurrente. ¿Realmente se trataba de un sueño? ¿O acaso las sombras de la poesía habían escapado de los libros y su mente para conducirlo a un mundo alucinante donde se entremezclaban las ondas de un arpa con sus deseos más ocultos y con las cuasi remembranzas que en algunas ocasiones lo sorprendían en medio de la tarde?

Se sirvió otra copa de vino y comenzó a deambular por los laberintos llenos de raíces que bajaban reptando por los muros de piedra.

Acaso la ninfa, mujer o demonio que habitaba su propiedad, se dignaría, finalmente, a dirigirle unas palabras.

El misterio se había vuelto insoportable, la belleza del entorno despedía una esencia casi demoníaca y, sin embargo, tan reconfortante.

Contempló su silueta principesca en los estanques y pudo ver en el fondo de sus ojos almendrados la naturaleza del suicida.

El viento chillaba en las copas de los árboles y poco a poco se fueron insertando en su memoria, trayéndole la imagen de palacios lejanos donde el vino y las canciones corrían sin cesar.

Pensó en sir Wallace: tantas habladurías que circulaban alrededor del extraño personaje, versado en ciencias desconocidas, cuyo sólo recuerdo hacía estremecer a los lugareños.

De pronto todo se desvaneció y no supo siquiera cómo es que respiraba, y la realidad pareció tornarse acuosa, y los objetos difuminarse, pero sólo fue por un momento… y debió seguir soportando el dolor de ser.

Se llevó la copa a los labios mientras buscaba en cada rincón el mágico perfume del supuesto súcubo, pero ella no se presentaba. Parecía que adivinase sus pensamientos, que buscara sorprenderlo cuando tenía la nariz entre los libros, o con la mente ocupada en su mundano pasado, al que no podía volver aunque a veces casi se lo proponía.

Entonces comprendió, repentina, inapelablemente, como sólo comprende el que sueña: desde su más tierna infancia su alma se desgarraba entre dos vidas. Y supo que en una tierra lejana más allá de los sueños se había desposado con un hada, pero su apego a la realidad —a eso que llamamos realidad— había borrado sus recuerdos.

Como si hubiera escuchado sus pensamientos apareció su esposa, y ambos sonrieron…

*

El viento se tornaba helado, los árboles habían perdido casi todas sus hojas. Contra la voluntad de su padre Elizabeth acudió, acompañada de su primo George, a las propiedades de Óscar.

George se apeó para ayudar a Elizabeth a bajar del carruaje. Ningún criado salió a recibirlos, pese a los fuertes aldabonazos que resonaron como en un mausoleo.

—Lo lamento, Elizabeth, pero parece que Óscar se ha olvidado de ti. No es justo que sufras esta injuria.

—Tú no entiendes —respondió Elizabeth.

—¿Entender qué?.. ¿Qué no te ama?

—Si ha dejado de amarme —dijo la doncella— es preciso que lo escuche de sus labios —y abrió la puerta para encontrarse con un total abandono que se revelaba en el polvo y en un intenso olor a encierro.

Una puerta rechinó en la planta superior y la silueta de un hombre se recortó en las escaleras: era el viejo Anton, que lucía un rostro demacrado y una barba de borracho.

—¡Anton! —exclamó George—, ¿qué ha ocurrido en este lugar?

—¡Todos se han ido! —dijo el mayordomo—. La servidumbre se negó a permanecer en esta casa maldita. ¡Muchos vimos ese cortejo de demonios! Esas lamias se llevaron al amo.

¿Pero qué dices, Anton? ¿Dónde está Óscar? ¡No me asustes! —suplicó Elizabeth.

El anciano soltó una carcajada de idiota, una risa que era al mismo tiempo un lamento.

—Si quiere encontrar al señor deberá condenar su alma, deberá buscarlo entre los resquicios de los mundos…

*

Nadie supo decir qué había sido de Óscar, pero en los alrededores de la casona se llegó a ver a un joven que recorría los bosques en compañía de una cierva blanca.

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