Por: Elko Omar Vázquez Erosa
El día fue abrumador para Enrique, los clientes no cesaron de gritar, pero al fin llegó la hora de volver a casa. En el camino rentó una película, compró unos cigarros y no se detuvo hasta alcanzar su meta.
Enrique abrió la puerta para encontrarse con que su esposa e hijos se habían transformado en puercos; era más de lo que podía soportar y estalló furioso.
—¿Qué? ¡Yo rajándome la espalda en la tienda y ustedes ya se lo tragaron todo! ¡Me dan asco!
Su familia siguió devorando la pasta y las albóndigas, derramando la salsa de tomate en su ropa y a todo lo largo y ancho del mantel. Su hija, Maribel, metió el hocico en la jarra de refresco y luego eructó escandalosamente. Enriquito, un lechón gordo y rosado, siguió masticando una mezcolanza del menú. El chasquido de la tragazón aumentó de volumen.
—¡Qué cuadro más repugnante! —protestó Enrique—. ¡Quisiera ver sus platos llenos!.. ¡pero de mierda!
Maribel derramó un litro de leche; su esposa, Anaelú, gruñía con ojos patéticos en espera de que Enrique le pasara la sal, ya que ella no podía tomarla con sus pezuñas.
—¿Qué van a decir los vecinos? —se preguntó Enrique, y luego corrió hasta su habitación, extrajo su pistola de la cómoda y se pegó un tiro. Y los vecinos no dijeron nada, pero compraron cerveza y tortillas; picaron cebolla, tomate y chile; agarraron a la familia de Enrique, y los hicieron chicharrón.
A la memoria de Kafka.

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