Por: Elko Omar Vázquez Erosa
—La clase fue mediocre —pensó Antonio y prometió, por enésima vez, mejorar en lo sucesivo; ¿pero cómo explicar a esos trogloditas cuando le temblaban las manos? ¿Cómo revelarles los secretos de las ciencias exactas cuando el cuerpo gritaba por su dosis de alcohol?
—Tranquilo, tranquilo —se dijo a sí mismo al tiempo que se dirigía hacia su hogar. Una escala en la vinatería: se entretuvo dudando incapaz de decidirse a comprar una bolsa de cacahuates. El apremio del viejo gruñón que despachaba terminó por sugerirle una respuesta: —También los cacahuates.
Y luego el maldito tráfico. La mujer fea y pintarrajeada de atrás se quedó pegada a la bocina mientras despotricaba al estilo verdulero. Antonio le dedicó una elegante seña con el dedo medio y siguió su camino, pero la mujer le alcanzó para arrancar a la bocina la tonadilla de La Cucaracha.
¿La Cucaracha?..
¡No! La gorgona estaba insultando a su madrecita. Disyuntiva: enfrascarse en una discusión de mercado u olvidar a la mujerzuela. Optó por lo último y siguió adelante pero, después de haber recorrido unas pocas cuadras, se detuvo para retorcerse de dolor. La gorgona pasó a un lado haciendo sonar la bocina con esa tonadilla que, como ya hemos dicho, tan obsesivamente le sugería La Cucaracha.
Bajo un impulso Antonio tomó la botella y le dio un trago profundo y largo. Una punzada de dolor le arrancó hasta las lágrimas. Apretando los ojos encendió un cigarrillo mientras canturreaba:
…ya no puede caminar, porque le falta, porque le falta, marihuana que fumar.
Antonio se volvió súbitamente cuando un policía le indicó que no podía seguir estacionado en ese lugar, ya que pasaba mucho tráfico y bla, bla, bla; así que encendió el motor de su viejo automóvil…
—Sí, señor, sí, lo acaban de operar de una úlcera gastrointestinal… ¿Qué no se acuerda? No vacile… No sea chillón… No se haga tarugo… No, no puede tomar licor… No, ni una copita… Tampoco hablar por teléfono… Levante la patita. ¿Le duele?.. La manita… Mjh… Mjh… Sí, dicen que esa señora se aparece por Parral… Descanse —y que La Llorona.
En seguida vino la ansiedad. Antonio imaginaba a la muerte sosteniendo una copa perlada y hermosa, bella como un sueño recurrente de su niñez, un sueño que no pudo asir. En cambio le vinieron remembranzas perfectas de sus pesadillas, las noches en que podía ver puntos luminosos en el aire oscuro de su habitación; recordaba haber visto a un fantocci con una cámara cinematográfica proyectando dichas motas de luz —aún ahora no estaba seguro de que aquello hubiese sido un sueño— luego su cuarto se llenó de fantoccis y Antonio creció con el temor del infierno, un temor que jamás acabaría, ahí, en el fondo, en las sombras del subconsciente.
Trató de distraerse hablando con sus compañeros de cuarto, don Augusto y Panchito, pero se excedió con detalles fantásticos y presuntuosos de sus hazañas sexuales —un vicio que no se le había quitado desde la preparatoria— y fue el blanco de las burlas de don Augusto, secundadas por el indito que tanta facilidad tenía de exasperarlo, y las burlas se agravarían hasta ser dado de alta, debido a los sucesos que ocurrieron a continuación:
Comenzó a escuchar una música juvenil y diabólica y vio un despliegue de imágenes.
—¿Escucha? —le preguntó a don Augusto.
—¿Qué cosa?
—Abajo hay un bar donde unos jóvenes diabólicos se reúnen a oír música. El ruido de las charolas en que sirven el licor llega hasta nosotros por medio de las tuberías.
—No se oye nada —dijo don Augusto.
Tal vez insistió demasiado en ese detalle. Se salió del cuarto, bajó y pudo comprobar que su visión estaba ahí, en efecto: unos jóvenes vestidos con túnicas y capuchas rojas arrancaban a fuerza de cuerazos el ritmo a la batería, y sus manos parecían arañas en las guitarras y contrabajos eléctricos. Sí, y los meseros también vestían de rojo, pero eran muy educados y elegantes, como los mozos de un hotel de cinco estrellas. Incluso uno le ofreció una copa. Estaba a punto de llevársela a los labios cuando llegaron dos enfermeras —vestidas de rojo— que lo devolvieron a su cuarto. Antonio se puso muy necio, escapó de las enfermeras que trataban de inyectarlo y se dio a la fuga por los pasillos. Cuando creyó que las había perdido buscó el bar equivocando la habitación. Se encontró con un espectáculo horrible: un perro negro estaba sobre la cama de un paciente devorando los últimos vestigios del mismo.
Antonio echó a correr, los perros le seguían por los pasillos, las enfermeras vestidas de rojo trataban de inyectarlo con unas agujas espantosas e inmensas. La música —o eso que llaman música, pensó Antonio— subió de volumen y todo se volvió una vorágine escarlata en el hospital…
—Sí, señor, sí, usted tuvo un acceso de delirium tremens… No, no sea chillón… No se haga tarugo… No puede hablar por teléfono… Levante la patita. ¿Le duele?.. La manita… Mjh… Mjh… Sí, dicen que esa señora se aparece por Parral… Descanse —y que La Llorona.
Antonio recordó que una vez, cuando pequeño, su padre trató de cortarse una borrachera de quince días; fue cuando señaló, todo tembloroso, una botella: le dijo que era El Diablo. En aquellos tiempos se le antojaba como una metáfora terrible, pero sólo una metáfora. Hoy no sabía.
Aguantó con resignación los próximos días entre las burlas de don Augusto y Panchito y cuando salió prometió no volver a tomar nunca más. Dudamos que lo haya conseguido.

Pulsar imagen

