Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Estudiaba en el bachillerato, había unos niños terribles que hacían desperfectos y Karla (ya toda una profesional del terror) y yo decidimos asustarlos. Mi cuarto estaba en el patio trasero: me había apoderado de las antiguas oficinas de papá e invité a los niños a invocar a un demonio con el Necronomicón. Los niños me desafiaron a intentarlo.
Saqué el Necronomicon e invoqué a los demonios:
—¡Ia Ia, Cthulhu fthgan!
Apagué las luces, al otro lado de la puerta del baño (que les había mostrado previamente a esos mocosos insufribles) golpeaba una entidad surgida del abismo.
Comenzaron a chillar, arrojaron un balón, querían huir y yo no encontraba el apagador. De alguna forma conseguí prender la luz. Tomé unas ramas (previamente preparadas para tal efecto) salmodié en latín y les dije que había corrido a los demonios.
Pero salió un listillo:
—Ujté ej puro pájaro nalgón. Apuejto que hay alguien en el banio.
Como siempre he odiado a los incrédulos abrí la puerta del baño: estaba vacío. Los niños corrieron, aterrorizados, a gritar que yo tenía un pacto con el diablo.
Karla se había metido, subrepticiamente, por la ventanita del baño, para luego escapar por el mismo acceso.
Debo decir que he cumplido con los preceptos pedagógicos de mi abuela: Karla es una muchacha baquetona que a veces me dice:
—Alonso (su esposo) se pone nervioso con unas películas bien chafas. A ver cuándo nos vamos a ver una película de terror, de esas tan sabrosas.
Y es que Karla es una avezada navegante de los ríos Flegetonte, Estigia y Aqueronte, que solo le teme a The Cure y a los Alien, de Giger, pero eso es comprensible: únicamente a los monstruos como yo les gusta The Cure y los Alien en los claustrofóbicos pasillos, fríos y metálicos, de una nave espacial construida con sórdida chatarra.

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