De ángeles y epitafios, una aproximación

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Entre los diversos oficios del poeta se encuentra, además de contar nubes, la angelología, y es que los poetas, según Ricardo Morales, poeta chihuahueñolango, esto es, de Ciudad Juárez, afirma tener ángeles cautivos, y cito:

Tengo ángeles cautivos en botellas de 1968… te los doy.

La edición de este librito es exquisita, como un pequeño misal hereje que recuerda los rezos de los cátaros.

Las viñetas, obra del maestro Cesáreo Aguilera, son expresionistas, como llamas que se retuercen, atormentadas, intentando alcanzar el cielo, al igual que las catedrales góticas; poseen un ligero toque del arte egipcio, y tonos ocre que no desmienten lo terreno.

Quizá porque los ángeles, y los dioses, son un trasunto del ser humano.

El nombre de ángel, todo mundo lo sabe, deriva del latín “ángelus” y del griego “angelo”. Para los griegos “angeros”: vendrían a ser psicopompos, aves nocturnas, cuervos blanqueados que fungen como un puente entre lo divino y lo terreno; también se les llama “daimones”, criaturas sobrenaturales, genios, puertas.

Dice Ángela Figuera Aymerich:

Señor, guarda tus ángeles contigo.
Son demasiado puros para mí. Me dan miedo.
No pesan. No vacilan. Tienen cuerpos sin hambre,
sin fiebre, sin lujuria. Pies que no dejan huella.
Labios sin sed que saben tu palabra.
Sus ojos que no lloran son atroces.
En sus cándidas manos
llevan cálices, palmas, incensarios, coronas,
pavorosas espadas con el filo candente.

Me dan miedo tus ángeles. Si yo encontrara alguno,
Si un día, al despertarme,
lo viera intacto y fúlgido a los pies de mi cama,
yo… carne castigada, llorosa podredumbre,
pecado repetido hacia la muerte,
tendría que clavarme las uñas en los ojos.

No obstante los ángeles, trasunto de los hombres, repito, también son las madres. Se dice que la primera palabra que dice un hombre cuando nace es “madre”, y también la última, como nos señala Enrique Lomas Urista en su prosa poética, “De ángeles y ternura”:

Los ángeles, adiestrados en defensas y batallas, pasan más de la mitad de la vida de sus protegidos tratando de aprender el arte de la ternura, impartido por extraños seres llamados madres.

El ángel participa a la vez de lo terreno y de lo celeste, como puente que es:

En la mitología nórdica hay un árbol en cuyas raíces un dragón roe las raíces y en el cielo un águila agita sus alas: hay una ardilla que se llama Ratatosk, misma que se dedica a llevar y a traer chismes entre el cielo y este infierno.

Es quizá el oficio de los ángeles y su equívoca enseñanza.

Pero los hombres, antes chispeantes e irreflexivos, vamos envejeciendo y decimos, como afirma Enrique Lomas Urista:

Cual vampiro, en el otoño de mi piel, mi ser esquiva los espejos. Ahora prefiero mi reflejo en el rostro de los otros, en el paisaje de lo que todavía queda de lo humano.

Y lo humano, condición que participa de lo animal y de lo divino se expresa, como Ana Rossetti:

Divagar,
por la doble avenida de tus piernas,
recorrer la ardiente miel pulida,
demorarme, y en el promiscuo borde,
donde el enigma embosca su portento,
contenerme.
El dedo titubea, no se atreve,
la tan frágil censura traspasando
—adherido triángulo que el elástico alisa

a saber qué le aguarda.
A comprobar, por fin, el sexo de los ángeles.

Pero los ángeles también son perros, guardianes, hieráticos dioses egipcios que intentan protegernos de nosotros mismos, y dice Lomas:

Es sabido que los ángeles lloran muy pocas veces durante la vida de sus protegidos, pero derraman dolor por sus ojos cuando mueren los perros, sus congéneres. 

Cierro estos breves comentarios con un bello texto poético de Enrique Lomas: 

Abrí las ventanas para dejar escapar una parvada de nubes, para sacudir la tristeza de ser uno de los huérfanos más longevos de este mundo y para percatarme que hoy llueven ángeles en todas las calles, pero no hay una gota de ti, madre. Hoy se reportan mil apariciones, pero ningún fantasma se parece a ti, madre. Desde que te fuiste maldigo el abrazo apresurado y el frío beso con que te despedí en ese andén plagado de adioses, de furiosos reencuentros, de certezas de muerte. Desde entonces te busco en todos los panteones, entre almas descarriadas que juran que no te han visto. Quizá ni siquiera estés muerta. Quizá soy yo el que navega por este río de gente y no encuentro un perro que me ayude a cruzar a tu lado.

Buscarte es excavarme, es hacer más hondo el hueco que dejaste. En vano busco las migas de recuerdo que has ido tirando en el camino y temo que con el tiempo ya no me reconozcas porque soy un hijo que casi tiene tu edad, madre. Quizás un día abraces a un niño envejecido, quizá aparezcas entre la lluvia de estos ángeles que caen y forman raudales, para tejerme un abrazo cálido, para curarme, por fin, de tu ausencia.

 

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