Finalmente en Babilonia

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Desperté dentro del sueño: la luna antigua era más grande y más cercana, las calles, mal iluminadas con antorchas, permitían entrever sombras de gente lasciva que se emborrachaba y tenía sexo al son del harpa, la lira, el laúd y los tambores.

El aire seco del desierto traía un perfume de flores y un ligero toque a putrefacción de los cercanos canales de agua.

Yo me encontraba entre cojines, con un montón de dátiles, higos, y un pellejo lleno de vino, así que abrí el pellejo y comencé a beber: el vino era ácido.

Entonces me di cuenta que iba sobre una litera de manos que portaban cuatro esclavos mesopotámicos, sin barbas (los esclavos no llevan barbas) y les dije:

—¿A dónde me llevan?

—Vamos, oh amo, a la corte del príncipe Samsu.

—Deténganse, por favor, necesito orinar.

—Nosotros somos demonios, amo necio, y una vez que has dado las órdenes, éstas se tienen que cumplir a pesar tuyo y a pesar nuestro.

—Maldita sea —pensé— ese hechizo yo lo hice hace un año y no había funcionado.

Mis esclavos me leyeron la mente y me dijeron:

—Sí funcionó; pero no te acuerdas… éste es el recuerdo de un sueño que también es un recuerdo.

Si los demonios no me permitían parar a orinar tenía que hacerlo, de todos modos, así que me incorporé, lentamente, y abrí las piernas en tijera y me puse a orinar. ¿Qué iba a pensar la gente de Babilonia de mí?

—No van a pensar nada de ti, oh, amo estúpido, porque ya te dijimos que esto es un recuerdo: eres un recuerdo, un fantasma, que atraviesa una ciudad fantasma, una ciudad recuerdo.

¡Dios mío! Finalmente estaba en Babilonia, la ciudad legendaria del pecado. Una brisa del desierto comenzó a soplar y salpiqué a los demonios en la cara, con mis orines. Los escuché gruñir y maldecirme y supe que si me caía de la litera me iban a hacer pedazos.

Puse las palmas de las manos hacia abajo y lentamente, flexioné las piernas, hasta ponerme en cuclillas, como hacen las niñas cuando van a mear al campo, entre las flores.

—Si me caigo mis esclavos me van a destrozar —volví a pensar, lleno de terror, de pánico, de un miedo abrumador.

Ya de cuclillas me eché a un lado y caí de costado, sobre la litera.

—¿No me pusieron pollo frito, carne, nada de proteína, malditos?

—No, amo, hay higos.

Sentí rabia y comencé a tirarles los dátiles y los higos; pero jalé el pellejo de ese vino ácido y seguí bebiendo.

La luna antigua era más cercana, más grande.

Disponible en Amazon
Pulsar imagen

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.